Rodeada de afecto
Zahara
Abro los ojos lentamente, la habitación está envuelta en la penumbra, iluminada apenas por los últimos rayos del sol que se filtran entre las cortinas. Los tonos anaranjados y rosados del atardecer tiñen las paredes.
Me lleva algunos segundos ubicarme. El peso de las mantas sobre mi cuerpo y la suave almohada bajo mi cabeza me resultan extrañas al principio. Mi respiración se acelera en un pestañeo, pero me tranquilizo cuando reconozco mi habitación. Mi habitación en la casa de papá... ¿Cómo llegué aquí?
Giro el rostro y lo veo, Catriel está sentado a mi lado, con la mirada fija en su celular. Su cabello cae ligeramente sobre su frente y la línea de su mandíbula se tensa cada vez que desliza el dedo por la pantalla. Es una imagen tan ajena a la que estoy acostumbrada a ver de él, parece preocupado, como si estuviera revisando algo importante.
Una parte de mí quiere permanecer en silencio, fingir que sigo dormida y simplemente observarlo. Disfrutar de la sensación de protección que su sola presencia me da. Pero la otra parte de mí, carga con la vergüenza del ataque de pánico de la mañana, me obligó a aclarar mi garganta, rompiendo el silencio y llamando su atención.
—¿Qué hora es? —mi voz sale ronca.
Catriel enseguida voltea a mirarme, mira brevemente la pantalla de su celular y luego lo apaga.
—Van a hacer las siete de la tarde.
Me sorprendo, dormí bastante y más me sorprendo al ver que Catriel sigue acá. ¿No tenía que grabar en el estudio? ¿Se quedó? Mi corazón aumenta su ritmo ante la revelación de que no me dejo sola, trato de sonreírle, aunque más bien hago una mueca.
Él me mira con interés.
—¿Sucede algo?
Me incorporo en la cama, imito su posición, apoyó mi espalda en la pared y luego muevo el rostro para verlo.
—Estás acá.
Se humecta los labios y asiente lentamente.
—¿Debía estar en otro lado?
Su respuesta es tan típica de él, sonrió, esta vez una sonrisa de verdad. Respiro hondo y deslizo mi mano sobre las sábanas hasta llegar a su mano, entrelazo nuestros dedos y le doy un suave apretón.
—Gracias por quedarte. —carraspeo, siento la garganta seca. Creo que necesito tomar un vaso de agua—Y lo siento por lo que tuviste que ver. —bajo el rostro—No quería tener un episodio delante tuyo, pero la situación me superó.
Me devuelve el apretón.
—No deberías disculparte, preciosa.
—Honestamente, me siento un poco avergonzada.
De pronto siento sus dedos debajo de mi barbilla, levanta mi mentón. Se movió de su lugar, ahora se encuentra delante mío.
—Tampoco deberías avergonzarte, preciosa. Es una reacción natural. Leí que, cuando el miedo es demasiado intenso, el cuerpo entra en alerta y la respiración se acelera, lo que puede hacerte sentir como si te estuvieras asfixiando. Es parte del ataque de pánico.
Lo miro.
—¿Tú también tuviste uno?
Niega ligeramente, suelta mi barbilla y pasa una paso por su cabello, despeinado aún más.
—Busque información de ello en internet, mientras tú dormías.
Mi labio inferior forman un puchero. En las películas y los libros siempre hablan de mariposas en el estómago. Lo describen como una sensación dulce que se asienta en el vientre bajo, un cosquilleo que sube lentamente, erizando la piel y calentando las mejillas. Antes pensaba que había sentido eso por Tristán. Cada vez que me miraba y me decía que era suya, creía que pertenecerle significaba ser amada para siempre, como en un cuento de hadas donde todo termina en felicidad eterna. Pero me equivoqué. Nadie te ama hasta la eternidad. Te hieren hasta el punto de romperte y esas mariposas no eran más que el retorcijón amargo de unas palabras bonitas que nunca fueron reales.
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CURVAS SIN MIEDOS
RomantizmDicen que las casualidades no existen, que es el destino el que juega sus cartas. Pero para Zahara y Catriel, sus encuentros parecen ser una mezcla de ambas cosas. Zahara, una modelo plus size que busca redescubrirse, está cansada de la monotonía y...
