CAPITULO 30

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Lo que no puedo ignorar

Catriel

El temblor de su cuerpo atraviesa el mío como un eco interminable. Zahara no está bien y yo tampoco sé como estarlo. No con ella colapsando en mis brazos, sus manos se aferran a mi camisa como si soltarme fuera hundirla en el abismo en el que se encuentra.

No pensé que sostener a alguien pudiera doler tanto. No por el peso, porque Zahara es ligera entre mis brazos, sino por la sensación de que mi abrazo no es suficiente. Me aferro a ella como si eso pudiera borrar el miedo que tiembla en su cuerpo, como si pudiera protegerla de algo que todavía no entiendo del todo.

Las miradas curiosas de las alumnas de la academia nos rodean, algunas atrevidas sacan sus celulares para filmar. Las cámaras apuntan hacia nosotros, capturando el caos del momento. Zahara no necesita esto ahora, definitivamente no.

La secretaria se acerca y en un murmullo lleno de empatía, nos hace entrar en uno de los salones vacíos. Zahara se deja llevar como una muñeca rota, sus sollozos siguen mojando mi camisa, pero no me importa en lo absoluto.

Sin prestar atención a mi alrededor y sin saber muy bien cómo actuar, apoyo mi espalda en una pared y me deslizo hasta quedar sentado en el suelo, Zahara se apoya completamente en mi hombro al dejarnos caer. Se refugia en mi pecho y paso mi brazo alrededor de su cintura para estrecharla contra mí.

Nunca he sido bueno manejando situaciones como esta. Jamás había tenido a alguien tan cerca enfrentando algo así y por más que busco una respuesta, mi mente se queda en blanco.

Me imagino a Melodie en su lugar, pequeña, indefensa. ¿Qué haría yo para calmarla? Pero esto no es lo mismo. Zahara no necesita que le susurre que todo estará bien como hago con mi hija cuando tiene una pesadilla. Lo único que puedo hacer ahora es estar aquí. Sostenerla mientras el peso de esta tormenta se desata y esperar a que pase.

La sensación de inutilidad me asfixia. Paso una mano por mi cabello, frustrado, odiando lo poco que puedo ofrecerle. Sigo abrazándola, ajustando mi agarre cada vez que su cuerpo se sacude con un sollozo. Quiero decirle que todo está bien, que lo que sea que la esté hundiendo lo enfrentaremos juntos. Pero no me atrevo a romper el silencio. No todavía.

La puerta se abre abruptamente, haciendo eco en el salón y Azahar entra con el cabello desordenado y gotas de sudor resbalan por su frente... Parece que corrió hasta aquí. Sus ojos recorren el lugar hasta encontrarnos en el suelo. En segundos, está junto a nosotros, arrodillado, con una mezcla de preocupación y urgencia en su rostro.

—Zahara... —la llama suavemente, pero ella sigue refugiada contra mi pecho, aferrándose a mí como si fuera su ancla.

Azahar palmea su traje, sacando un pequeño frasco de pastillas que deja una en su palma. Su expresión cambia, como si encontrara en ese objeto una solución inmediata.

—¿Qué es eso? —rompo el silencio, mi tono es bajo pero tenso.

—Un miorrelajante. —dice sin dudar.

Lo miro, incrédulo.

—¿Planeas drogarla? —preguntó, entrecerrando los ojos.

Sacude la cabeza, su ceño fruncido por la incomodidad.

—Es para que se calme. —su voz baja un poco más, como si no quisiera que ella lo escuchara.

Agarra mi brazo, el que sostiene a Zahara, intentando acercar la pastilla. La abrazó más fuerte, girando ligeramente para apartarla de él. La protejo de una solución que me parece incorrecta.

CURVAS SIN MIEDOSDonde viven las historias. Descúbrelo ahora