CAPÍTULO 8

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SECRETOS EN LA SUPERFICIE

Zahara

Me abrazo a mí misma mientras camino apresuradamente por el pasillo lleno de oficinas. Las lágrimas amenazan con deslizarse por mi rostro, pero me obligo a mantener la compostura. Capturó mi labio inferior entre mis dientes, en un intento de controlar el temblor.

Escucho los pasos de Azahar detrás de mí y percibo su preocupación. Sin embargo, esta vez no es como las anteriores ocasiones en las que con un simple abrazo perdono a mi hermano. La humillación que me hizo pasar frente al cantante es tanta que deseo esconderme bajo las sábanas por la vergüenza que me embarga.

¿Qué pensará de mí?, ¿Que soy una niña a la que no dejan tener pareja o algo por el estilo? Ni siquiera pude apreciar al cantante, porque Azahar estaba más preocupado en lanzarle miradas que dejaron en claro que, para él, yo seguía siendo una niña pequeña, la cual debe proteger.

Me detengo frente a la oficina de papá y sin tocar, abro la puerta abruptamente, provocando que papá se levante rápidamente de su escritorio, alarmado. Su mirada rebota entre mi hermano y yo, su semblante se arruga con preocupación.

—¿Qué sucede, chicos? —pregunta, notando la tensión en el aire.

Azahar abre la boca para hablar, pero lo interrumpo antes de que pueda decir algo más.

—¡Papá! —exclamó con las emociones a flor de piel.

Sin pensarlo dos veces, me lanzó a sus brazos, buscando su consuelo. Él me rodea con sus fuertes brazos y me aprieta con ternura, como lo ha hecho desde que era una niña. Mis sollozos son lo único que se escucha, papá acaricia mi espalda e intuyo que debe estar mirando a mi hermano a la espera de una explicación.

—Sirena mía, ¿qué pasa? —trata de buscar una respuesta.

Niego contra su pecho, no sé cómo explicarle a papá el sentimiento que me recorre. Capaz puede ser una estupidez, pero para mí, es una vergüenza que Azahar me haya regañado en público solo porque estaba hablando con el cantante.

¡Ni siquiera le estaba coqueteando!

—Azahar, hijo, podrías decirme qué sucede.

Mi hermano suspira y comienza a explicarle la situación, pero al escuchar como tergiversa los hechos de cómo me protegió de un promiscuo que me estaba invitando a salir, salgo de los brazos de papá para confrontarlo.

—¡Eso es mentira! No me estabas protegiendo, me estabas humillando frente a él.

—¡Te estaba protegiendo! —levanta el tono de voz.

—Chicos, vamos a calmarnos un poco, sí. Respiremos. —papá se interpone entre los dos.

—¡No necesito que me protejas! Se cuidarme sola. —igualo su voz.

A él se le escapa una pequeña risa irónica mientras que niega con su cabeza.

—¿Te tengo que recordar lo que sucedió la última vez que se suponía que estabas cuidándote?

Un jadeo escapa de mis labios, los latidos de mi corazón aumentan y la vergüenza es reemplazada por el miedo.

—No lo menciones. —musito en un hilo de voz.

No le importa porque abre sus labios, sacando a la luz mi peor secreto.

—Si tengo que recordarte la vez que te drogaron para que no confíes nuevamente, lo haré.

Mis pensamientos se dirigen al pasado y debo apretar los ojos para suprimir el recuerdo dañino que refuerza mi llanto.

—¡Azahar!

CURVAS SIN MIEDOSDonde viven las historias. Descúbrelo ahora