CAPITLO 32

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La apuesta más alta

Catriel

Ignoro la vibración de mi celular que anuncia una llamada entrante. Detesto que interrumpan el tiempo que paso con mi hija, aún así, de reojo, miro quién me llama. El nombre de mi hermana aparece en la pantalla. No le presto atención y sigo observando a mi hija disfrutar de su desayuno favorito; avena con frutos rojos y una tostada con queso azul. Disfruta de cada bocado con tranquilidad, sin saber el torbellino que tengo en la cabeza.

Papá me observa. Lo sé, lo siento. Está esperando el momento para decir algo, pero yo sigo concentrado en mi hija, fingiendo que no me doy cuenta. No tengo ganas de hablar, no cuando mi cabeza no deja de dar vueltas desde ayer que salí de la casa de Zahara.

Lo he estado pensando. No sé en qué momento pasó... en realidad si lo se, pensé: ¿Y si le pido que sea mi novia? No es que necesitemos etiquetas, pero la idea se instaló en mi cabeza y desde entonces no me ha dejado en paz. Claro que, si lo hago, entonces también tengo que hablarle de Mélodie. Y no solo eso. Si Zahara entra oficialmente en mi vida, tarde o temprano también tendrá que hacerlo en la de mi hija. Y ahí está el verdadero problema. ¿Cómo hago eso? ¿Cómo le hablo a una sobre la otra?

Ese pensamiento me da dolor de cabeza. O más bien, lo empeora, porque ya traía uno desde antes. Diciembre acaba de empezar. El tercer mes desde que dejé Francia. Tres meses y no tengo nada nuevo compuesto. He escrito frases sueltas, algunas melodías sin dirección, pero nada lo suficientemente sólido para presentar. Es la primera vez en años que me pasa esto, como si mi creatividad estuviera atrapada entre todo lo demás.

Aunque, en realidad, no es del todo cierto. Mi inspiración sí está presente. La siento en cada pensamiento sobre Zahara, en cada instante en que su imagen cruza mi mente. Desde que admití lo que siento por ella, algo en mí cambió. Me siento más libre, menos restringido por mis propios muros. Durante años, el amor me pareció una trampa, algo que solo traía resentimiento y abandono. Pero ahora... ahora no se siente así.

Zahara es mi musa. Me hace querer escribir, querer componer. No es solo deseo o atracción, es más que eso. Es esa chispa que prende cada acorde en mi cabeza, que hace que las palabras fluyan con sentido. Y eso...me asusta. Porque si le pido que sea mi novia, si la dejo entrar más de lo que ya lo ha hecho, entonces tendré que enfrentarme a lo que vengo evitando: hablarle de Mélodie.

El celular vibra otra vez. Respiro hondo y lo dejó sonar. No sé qué quiere Viviane, tampoco me interesa. Desde que dejó de meterse en mi vida, he estado mejor. Sin sus comentarios, sin su veneno.

Papá carraspea, dejando claro que quiere hablar. Sigo sin mirarlo. Sé que si lo hago, me soltará lo que sea que tiene en mente y honestamente, no tengo energía para eso ahora.

No cuando mi cabeza ya está lo suficientemente jodida con mis pensamientos sin dirección.

Esta vez el celular vibra con la llegada de un mensaje, lo levantó brevemente para ver quién me escribe y es la mujer de mis pensamientos. Antes de abrir el mensaje, le digo a Mélodie que vaya por un cepillo y moños para peinarla. En cuarenta y cinco minutos entra al colegio y quiero llevarla, no hemos pasado tiempo juntos como me gustaría.

"Buen día 😊.

Quería preguntarte si hoy vas a la discográfica."

"Buen día, preciosa.

¿Por qué quieres saber?

¿Necesitas un beso de buenos días?

CURVAS SIN MIEDOSDonde viven las historias. Descúbrelo ahora