Capitulo XXXVIII

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—Es un honor que me haya llamado, capitana. Espero ser de ayuda —dijo un tripulante pelirrojo y pecoso.

Al parecer, era un nuevo tripulante solo para mí. Recordaba vagamente haberlo visto cuando zarpamos del Quinto Reino, pero todos los demás parecían conocerlo muy bien. Sin embargo, según lo que Louis me acababa de contar, este flacucho parado a unos metros de mí era uno de los últimos reclutas que escogimos en Diamont, y estaba segura de que lo había escogido Jesper; de eso no había duda.

Todos parecían confiar en él. Quizás se habían vuelto cercanos en el tiempo que estuve en el castillo. Aun así, no podía permitirme solo fiarme de su palabra, así que, antes de que entrara en mi camarote, activé mi mascara visión. Solo por seguridad.

—Antes de decirte cualquier cosa, quiero hacerte algunas preguntas, y no trates de mentirme, lo sabré —dije con voz firme, dando pequeños toques a mi máscara.

—Sí, capitana. —asintió rapidamente.

—Primero, ¿a qué te dedicabas antes de que te reclutaran?

—Hacía poesía en las calles, algunas veces cantaba o tocaba la flauta. Subí con ella al barco, aún la tengo.

Su voz era suave, pero no lucía temeroso o inseguro.

Mi máscara de visión me permitía ver más allá, detectaba lo que estaba mirando y me decía si era cierto o falso, si algo era real o ficticio y si alguien mentía o no. Tomé unos segundos para analizarlo, para determinar si la máscara escaneaba algo irregular.

—¿Por qué aceptaste unirte a nosotros?

—No tenía dónde ir. Desde que tengo memoria siempre estuve solo, rodeado de personas, pero solo al final del día.

—¿Sabes sobre runas o hablas algún otro idioma?

—No, capitana, no sé hablar otro idioma.

Decía la verdad. Hice una mueca por mi decepción.

—Pero si ayuda, sé algo de historia, he leído mucho... al menos la entrada a la biblioteca de mi reino era gratis y conocer al bibliotecario me ayudaba también. —masajeó su cuello.

—¿Entonces tu fachada como profesor de literatura solo es eso? ¿Una fachada?

—Creo que sí —asintió dudoso—. Aunque ayudaba a niños algunas veces a leer o escribir, a niños huérfanos como yo.

Hasta ahora todo era real, y no iba a descubrir si podría leer el mapa si no se los mostraba, así que solo faltaba una pregunta más.

—¿Quién eres?

—Me llamo Henry...

—No tu nombre —lo interrumpí—. ¿Quién eres? ¿Qué es lo que quieres? ¿Por qué no dudaste en venir con nosotros? ¿Reconociste la marca?

—Yo... —a Henry le comenzó a temblarle la voz.

Louis quería acercarse a él, pero con una seña le dije que tenía prohibido moverse, y a regañadientes permaneció en su lugar.

—No, no, no dudes, solo responde.

Hubo un silencio.

—¡Responde! —grité golpeando la mesa.

—No lo sé, no sé quién soy, no quiero fama ni fortuna, solo ser aceptado. No dudé en venir porque era el primer lugar donde me querían, el primer lugar en el que me llamaron, donde no tuve que rogar para que me recibieran, sino que me escogieron. A mí. Y por supuesto que reconocí la marca, nadie sabrá su rostro, pero todo el mundo conoce lo que significa Red Storm, todos conocen esto —me enseñó el tatuaje en su brazo—. Y no trabajo para nadie, no tenía en quién confiar, jamás un socio, jamás un aliado, nunca un amigo. Solo era yo y mis hojas de papel.

Robo a la CoronaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora