33

5 1 0
                                        

—¿¡En serio quieres destruir todo lo que hicimos juntos por alguien que ya no está con nosotros!?

—¿Qué dices? Es tu hermano, Michiko—sus ojos estaban enrojecidos.

—Exacto. Es mi hermano, no el tuyo ¡Deja de hacer como si te importara más que a mí! —observó aquellos ojos enrojecidos mientras lo agarraba de la camiseta con fuerza—. Dime, ¿qué pasó con eso de no abandonar a nadie? Estás abandonando a nuestra amiga, la verdad no entiendo qué te sucede.

—Todo era divertido hasta que me di cuenta que mientras ella esté aquí corremos peligro...

—¿Y por eso abandonarás a tu amiga? ¿Por eso te la agarras con ella? ¿Por qué no puedes hacerlo con nadie más? Agárratelas conmigo, cobarde.

—...

—¿Qué? ¿No puedes? Soy débil físicamente, pero aguanto más heridas emocionales que la idiota cabellos de fuego—ahora a ella le caían lágrimas.

—No eres una piedra. —Intentó abrazarla, pero la chica de cabellos celestes lo alejó.

—Perdónala.

—¿Por qué tan empecinada con eso...?

—Perdónala... Sabes que no tiene la culpa...

Pasaron minutos, se veían a la cara y ninguno decía nada, cambiaban sus ojos que cada vez estaban más húmedos. Hasta que al fin, con lágrimas en los ojos, Arata empezó a emitir palabras desgarradoras.

—... Se lo pediré, le pediré perdón de rodillas. Sé que no es culpable, pero el miedo de que alguien más muera no me lo quita nadie... quiero solo confiar en que nos salvará, pero no es Dios, ¿por qué no es Dios? Algunas veces me gustaría sentirme totalmente seguro, pero ya no puedo hacerlo...

Arata y Michiko cayeron al suelo juntos, sin tocarse, pero acompañándose, dejando salir su dolor, sus miedos, abandonando su rencor.

Luego de estar un tiempo con el castaño se dirigió a los entrenamientos de boxeo para sacar algunas gotas de dolor que retenía su cuerpo. Transcurrió tiempo hasta que llegó a su casa, posteriormente agarró un plato que se encontraba en el refrigerador con tres porciones de pizza y comió sola en aquella casa otro día más, ya que su madre se encontraba desaparecida desde antes de la muerte de su hermano, por lo que no se había enterado. Devoró aquellas porciones, mientras su mente no dejaba de pensar. Al terminar, lavó y ordenó.

—Hermano, ¿lo estoy haciendo bien? Tú eras el que solucionaba todo, tú eras mi héroe, quién nos mantenía unidos. Ahora me tendré que ocupar por ti, aunque mi manera de hacerlo no sea la mejor—dijo mirando la habitación vacía del ya difunto policía, mientras sus lágrimas caían sin parar y resbalaban por sus mejillas.

OTRO MUNDODonde viven las historias. Descúbrelo ahora