42

3 1 0
                                        

—Me hubieras matado cuando tenías la oportunidad. — Rachel seguía afectada por sus recuerdos, no obstante, se iba reincorporando de a poco.

—Sigo teniendo oportunidades. Yo no ataco por la espalda. —Sacó su espada de su bolsillo y se preparó para atacar. Se veía idéntica a la Ishi que vivió en el otro mundo la mayoría de su vida, pero no era la misma.

Los jóvenes que acompañaban a la pelirroja no solamente supieron la historia de su compañera de aventuras, sino que se enteraron de que no era humana, su nombre real era Aria, que la mujer frente a ellos es la madre de Ishi y quería matarla a toda costa por mero capricho. Les era difícil reaccionar al conocer por completo la historia de su familia.

Sin embargo, Ishi no largó ni una lágrima, ni siquiera hizo algún gesto de dolor o asco. Nada. Solamente se preparó para la batalla, como si esa Diosa no tendría absoluta conexión con ella, como si no hubiera visto nada de lo que los demás adolescentes vieron.

—Ven, atácame. —Hizo un gesto con la mano esperando a que la peli-rosa reaccione—. Parece que nadie se percató de algunos detalles... ¿no atacarás? —caminaba rodeando a Rachel mientras sonreía con malicia.

—¿Desde cuándo tiene que atacar la más fuerte? Deja de parlotear y pelea. —La mujer cruzó sus blancos brazos mientras hablaba sonriente sin quitarle los ojos de encima a su hija.

—Fue muy buena idea mostrarme esto, chicos. Gracias. — No los miró ni por un segundo, tampoco le quitaba la vista a su oponente, pero su rostro cambió a un gesto enternecido, que al instante alternó a uno de seriedad—. Dejen de sentir lastima por mí y fíjense en donde estamos; al frente de un enemigo implacable que quiere asesinarnos a todos. Ahora... aléjense, yo me encargo. —La Diosa no movió ni un dedo, solo escuchó pacientemente a que terminase de hablar y esperó a que los jóvenes se alejasen lo suficiente.

—¿No atacarás? ¿Me dejarás dar el primer golpe?

—Así que no naciste Diosa... entonces no eres tan fuerte como un Dios, digamos que estamos a la par, semidiosas ¿Mh? —seguía rodeando a su madre una y otra vez con esa sonrisa que aparecía en el momento sentía que todo estaba bajo control—. Mis hermanitos que vinieron a matarme antes no son hijos de mi padre, eso quiere decir que te metiste con otro que ni siquiera amas, ¿verdad? Debe doler coger tantas veces con un hombre mientras piensas en un muerto.

—¿Qué está haciendo Ishi? —preguntó Arata entre susurros a sus amigas.

—Cállate y confía. —Kasumi miraba con total seriedad la escena.

La mujer de cabellos rosados que estaba con el ceño fruncido, ya no cruzaba sus brazos, sino que estaban al lado de su cuerpo apretando sus puños con toda la fuerza que poseía. Con cada segundo que pasaba su rostro se encontraba más enrojecido.

—¿Lo más gracioso? Esos tontos que tuviste de hijos murieron gracias a los mortales que tengo a mi lado y... por mí. —Largó una carcajada que resonó en el espacio donde se encontraban.

No duró en llegar el ataque. Al instante el suelo dorado se rompió. La fuerza de dos entes demasiados poderosos chocaban, sus ojos no dejaban de mirarse esperando a encontrar la debilidad de la otra.

—Hasta que al fin atacas—la pelirroja no paraba de sonreír con burla mientras que la espada temblaba abruptamente gracias a que durante ese tiempo su madre ejercía fuerza con su mano cubierta por una planta en forma de filo.

El aura alrededor de Ishi creció con rapidez, haciendo que aumente su fuerza y velocidad. Sus instintos de cazadora empezaban a brotar, quería asesinar a la mujer frente a ella lo antes posible.

—Nunca debí acercarme a ti, gracias a eso tú despertaste tu aura, niña insolente—la Diosa persistía a la fuerza de Ishi.

Logró adelantar su cuerpo y ganar en el forcejeo, haciendo que Rachel quede cubriéndose con su espada verde rodeando su brazo.

Los filos colisionaban entre sí con fuerza, esperando tocar la carne del enemigo.

No obstante, al ver que ninguna cedía, Ishi cambió de estrategia. Saltó tan alto que logró tocar el techo con sus pies y de esa forma impulsarse para el nuevo ataque. Al hacerlo, la Diosa esquivó aquella explosiva embestida y la pelirroja se estrelló contra el suelo, rompiéndolo.

—¡Ishi! —gritó la pelinegra mientras corría hacia la semidiosa.

—¡Cállate! ¡Talismán! —gritó la morena. Al instante pequeños fragmentos dorados volaron dejando a todos sin visión. Un estruendo se escuchó entre tantos trozos dorados y luego dejó ver a una fornida joven y una mujer que medía más de dos metros golpeándose en el rostro con sus puños.

Luego de la primera golpiza para ambas, se alejaron sin dejar de mirarse.

Kasumi entendió que no era adecuado intervenir; Ishi no dejaría que pelee junto a ella, y si seguía intentando estar a su lado, la pelirroja seria atacada una y mil veces con tal de protegerlos a ellos tres. Sabía que el golpe destructivo de la mujer alta no iba para su rival...

Rápidamente creó una esfera con el talismán, como lo hizo tantas veces antes para proteger a sus amigos y a sí misma.

Los fragmentos del suelo cayeron, se podía divisar el estado de las contrincantes:

Por un lado, estaba Ishi respirando agitada con sus prendas de ropa rotas; con su labio lastimado; su mejilla derecha morada; con raspones en varios lugares de su cuerpo; con sus brazos notablemente morados que temblaban con violencia gracias a los impactos recibidos y sin su aura presente. Por el otro lado Rachel, también un poco agitada pero no tanto como su enemiga; tenía un ojo entrecerrado, parecía ser que el último impacto dio allí, sin embargo, no tenía ninguna otra herida.

Pasaron segundos sin que ninguna se moviera, los ojos verdes de cazador que tenía la morena se mantenían en los delicados y rosados de su madre.

«Mi cuerpo no da más. No me muevo, ¡mierda!»

Todos los presentes escucharon su pensamiento desesperado.

La mujer frente a ella hizo surgir del suelo una planta desconocida, con pequeñas hojas y frutos rojos, que de a poco iban cubriendo completamente a la pelirroja inmóvil.

—Me gustan las rosas, pero hoy prefiero el tejo—dijo la mujer de cabellos rosados mientras pegaba cada vez más las plantas en el cuerpo de la morena.

Las hojas y frutos parecían ya ser su nueva ropa; estaban tan adheridos a ellas que era difícil sacárselos de encima, y aun peor en su estado. Las hojas tocaban sus raspones, haciendo que duelan las heridas cada vez más.

Solamente usó su instinto, y con la última pizca de fuerza volvió a formar el aura que rodeaba su cuerpo, haciendo que las plantas se quemen.

La pelinegra que veía todo desde la distancia, al darse cuenta del pequeño destello de poder que todavía quedaba en el interior de Ishi, esperó a que la Diosa se distrajese para rápidamente transformar la esfera que la protegía de esos poderes atroces en un arco con sus flechas anaranjadas y disparó esperando a que impacte en la mujer que estaba matando a su amada, pero no lo hizo.

Un último aliento...

Luego de haber esquivado el veloz ataque de la flecha, la cabeza de la Diosa fue cortada.

Los adolescentes que pudieron ver con claridad la muerte de todos sus problemas, sonrieron y empezaron a festejar, emocionados.

Un sonido metálico se escuchó.

La espada de acero cubierta de sangre cayó al suelo.

Las manos de la pelirroja solo tenían fuerza para agarrarse el pecho. Intentaba respirar, pero no era posible.

OTRO MUNDODonde viven las historias. Descúbrelo ahora