CAPITULO 38

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A veces lo más difícil no es dejar ir sino más bien aprender a empezar de nuevo -Nicole Sobon.

HALLEY:

Mi hermana estaba ahora bajo tierra, el resto de los familiares solo lloraban, aun me parecía hipócrita viniendo de ellos, yo seguía allí como una piedra sin poder moverme ni un centímetro de la lápida de ella y de una lápida pequeña que le hicimos a su bebé.

La lluvia empezó a caer, decían que cuando eso pasaba era que la persona que había muerto había sido buena en vida y de eso nadie lo dudaba.

La iba a extrañar, no solo era mi hermana, sino mi mejor amiga, mi compañera de aventuras, por ella me decidí ir a Corea y dejar el país de mierda en que habíamos sido criadas, pero ahora ella estaba aquí y no pretendía irme de su lado jamás. Agust In no se apartaba de mi lado; ni él, ni Ahdara. La verdad ambos no conocían nuestro idioma y pese a que no me comunicara mucho desde que llegamos he sido su medio de comunicación.

-Amor, vamos, no quiero que te enfermes.

Negue con la cabeza. -Ella se sentirá sola, le costaba adaptarse a los lugares nuevos, aquí hay personas extrañas.

-Cielo, mírame -dice tomándome el rostro -ella esta con su bebé, créeme, estará bien.

Me toma de la cintura y me jala con él.

-Vendremos mañana, te lo prometo.

Nos adentramos a mi auto y tomo mis llaves, le coloque el GPS que indicara la dirección hasta mi apartamento ya que yo no tenía la fuerza para manejar.

Me adentro al apartamento que compartía con mi hermana hacía unos años, todo estaba tal como lo habíamos dejado, nuestros sueños pintados en la pared, fotografías nuestras y suyas con esa sonrisa que la destacaba. Me acerque a eso y lo arranque con rabia, tenía que quitar todo, fue allí cuando empecé a gritar y mis lagrimas salían cada vez más.

- ¡Dafne, te necesito maldición! -me derrumbo.

-Amor -Agust se tumba conmigo en el suelo y me envuelve en sus brazos -no hay nada de lo que pueda decirte que haga menos tu dolor, solo estoy aquí, grita, llora, pero hazlo junto a mí, no estás sola preciosa.

La noche cayó pesada sobre nosotros, como una manta húmeda que solo sabía oler la muerte. Agust In no me soltaba, pero tampoco decía nada más. Agradecía en silencio su forma de estar. No invadía. No juzgaba. Solo era presencia. Y eso, de algún modo, me sostenía mientras yo me rompía.

El silencio del apartamento era espeso, como si los recuerdos se hubieran atrincherado en cada rincón, acechando para hacerme caer una y otra vez. Me arrastré hasta la habitación de Dafne. No había tenido el valor de entrar, con esa lámpara en forma de luna que tanto amaba. Todo olía a ella. A su perfume floral. A su risa encapsulada entre los peluches y libros tirados.

Me senté en su cama. Y ahí lo vi. Un pequeño cuaderno rojo, su diario. No me atreví a abrirlo. Me temblaban las manos. Era como si tocarlo significara aceptar que ella ya no iba a volver a escribir en él. Lo abracé con fuerza contra mi pecho.

-No debí dejarte sola, ni ir a Italia con él… -susurré entre sollozos. Sentía que el pecho se me cerraba, que mi garganta ya no resistía más nudos.

Across the BalconyDonde viven las historias. Descúbrelo ahora