Capítulo 32 - Ecos

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En Asgard se respiraba distinto aquella mañana.
El aire parecía hecho de oro líquido y calma. Las luces danzaban sobre los techos del palacio, reflejando la aurora que se extendía como un manto cálido por los corredores. Sentí que cada destello me miraba, que cada rayo de sol sabía el secreto que guardaba en el vientre.

Mi corazón latía acompasado con el de mi hijo, lo sentía, un pulso nuevo, ajeno y mío al mismo tiempo. el eco de su vida vibraba en mí con la fuerza de un tambor ancestral, como si el universo repitiera su nombre en silencio, incluso antes de que nosotros lo conociéramos.

Caminaba despacio por los pasillos, acompañada de Bucky. Su mano, tibia y firme, sostenía la mía con esa mezcla de cuidado y reverencia que solo él podía tener, desde que regresamos a Asgard, había algo diferente en su mirada. Una serenidad que nunca antes le había visto, como si este lugar, mi hogar de origen y que él consideraba su hogar también, le hubiese devuelto parte de la paz que tanto le arrebataron. Y, a pesar de todo, todavía notaba en su rostro las sombras de la culpa, ese gesto leve que se dibujaba en la comisura de sus labios cada vez que me miraba demasiado tiempo.

— ¿Estás lista? —me preguntó en voz baja, casi un susurro que se perdió entre las columnas de mármol.

— Creo que nunca se está lista para algo así —respondí, sonriendo apenas. — Pero... quiero verlo, quiero saber cómo está.

Bucky asintió, apretando mi mano con suavidad, el pasillo nos llevó hasta el salón de curación, una estancia donde el conocimiento de la Tierra se mezclaba con la sabiduría de los dioses. Bruce estaba allí, junto a Eir y mi madre, Eir era la sanadora más capaz que teníamos en la corte, ellos estaban tan concentrados revisando una serie de cristales y pantallas translúcidas que flotaban en el aire. El laboratorio improvisado parecía suspendido entre dos mundos: la ciencia terrenal y la magia divina.

— ¡Ah, ahí están los padres más esperados de los Nueve Reinos! — exclamó Bruce con una sonrisa amable, levantando la vista de su terminal. — Hanna, te ves radiante, y tú, Barnes... bueno, al menos ya no pareces un agente fugitivo.

— Gracias, doctor — dijo Bucky, algo incómodo, aunque no sin humor—. Intento pasar desapercibido entre los dioses...—  Eir observó a ambos con una expresión serena, su voz sonó como un arroyo.

— La vida que llevan en su interior es fuerte, puedo sentirla desde aquí. Su energía vibra con un brillo... especial, no es solo humana, ni solo asgardiana, es algo nuevo, que maravilla de verdad...

Sus palabras me atravesaron con un escalofrío de ternura, no podía negar que me asustaba lo desconocido. Este niño o niña, nuestro precioso hijo, tenía en su sangre dos mundos opuestos: la oscuridad de la Tierra y la luz de Asgard, la carne mortal y la herencia divina. ¿Qué destino esperaría a alguien así? Bruce me hizo un gesto para que me recostara sobre la superficie cristalina. Era fría al tacto, pero se volvió cálida al instante, reconociendo mi cuerpo. A mi lado, Bucky no se movió ni un centímetro, su mano permaneció sobre la mía mientras la tecnología se activaba: una danza de partículas doradas se elevó, formando un velo de energía sobre mi vientre, el sonido era apenas perceptible, un murmullo como de alas de libélula.

— Bien, esto puede sentirse un poco extraño — advirtió Bruce, ajustando un panel. — Estoy fusionando ondas de resonancia biológica con la energía de curación asgardiana. Básicamente, estamos usando magia y física cuántica para ver al bebé.

— Como si eso fuera algo normal  — murmuró Bucky, haciendo sonreír a Bruce.

Yo mientras tanto, apenas podía respirar. La sensación era indescriptible: una corriente de calor que ascendía desde el vientre hasta el pecho, una expansión luminosa que parecía venir desde dentro, por un instante, todo a mi alrededor desapareció. Solo estaba yo, él  y nuestro pequeño retoño. 

Señora BarnesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora