Alexander Orión es un empresario hotelero que en el 2019 tuvo un accidente en su auto, el cual le hizo perder la vista.
Ava es una estudiante a maestra y mejor amiga de la ex prometida de Alexander, un día ella descubre que ella planea dejarlo solo...
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Alexander no reaccionaba; a cada paso que daba chocaba con algo o convertía todo a su alrededor en un desastre. Su madre, Marlen, angustiada, tomó a su hijo de las manos y lo obligó a sentarse en el sofá. Mientras tanto, la joven de piel bronceada, coleta de caballo y aspecto elegante, cuerpo de modelo, soltó un suspiro extenuante y frunció el ceño al ver a su pobre hermano mayor en tal condición. Creyó que aquella torpeza se debía a su ceguera, o más bien a la joven desconocida que se había marchado hace un rato, para su conveniencia, justo al momento de su llegada.
Juliana miraba atentamente a Alexander, como si no quisiera perderse ni un momento de la triste vida de su hermano. Sus tacones retumbaron en el suelo y se acercó a él. De a poco acomodó su falda de tubo color negro y se inclinó hacia Alexander. Miró su rostro detenidamente y pareció notar algo extraño: las pupilas de sus ojos estaban ligeramente dilatadas y las comisuras de sus labios algo bajas, como si luchara con algo.
—¿Alexander? —su voz fue un susurro. Le acariciaba lentamente la rodilla con su mano, tratando de darle consuelo—. ¿Estás bien? —se mordió el labio inferior y, con algo de miedo, preguntó—. ¿Reconoces… mi voz?
El hombre no respondió; continuaba hundido en sus pensamientos. Su cabeza recordaba el rostro de Ava, lleno de pánico, el sudor que ligeramente se deslizaba por su hermosa frente y cómo se mordía los labios, tan fuerte como para dejar una leve marca. Ajeno a todo lo demás, no notó cómo a su triste hermana pequeña se le llenaban los ojos de lágrimas.
Para ella, su hermano, su héroe, el hombre que siempre había estado con ella, que la había apoyado en su carrera de modelo aun cuando sus padres se habían opuesto al principio, no reconoció su voz. Se sentía devastada. Sabía que posiblemente podría pasar; por eso, cada vez que podía, le llamaba por teléfono y le pedía a Erik que la pusiera al teléfono para hablar con su hermano mayor, para que al menos, cuando volviera a verlo, reconociera su voz. Si ya no podía verla, ver en qué mujer se había convertido su hermanita pequeña, había intentado que no olvidara su voz.
—Alex…
La voz quebrada y ligeramente temblorosa de su hermana le devolvió el sentido. Cuando apuntó su mirada hacia ella, lo que vio le destrozó el corazón: de aquellos ojos avellana caía un mar de lágrimas; sus labios y nariz estaban empañados por ellas. Con solo mirar la expresión desolada en sus ojos podía sentirlo: el miedo, el dolor, la culpa. Su mundo entero se hacía pedazos frente a él, y aun así no tenía el valor suficiente para verla a los ojos y decirle la verdad.
—Pulga —llevó una de sus manos a su mejilla y limpió ligeramente sus lágrimas—. ¿Por qué lloras? —esbozó una sonrisa leve—. ¿En serio creías que tu hermano mayor no reconocería tu preciosa y dulce vocecita de ardilla? —bromeó con algo de torpeza, mientras las lágrimas comenzaban a caer de sus ojos.
La mujer respiró aliviada y no pudo evitar reír. Sin poder soportarlo más, se acurrucó en sus piernas y se dejó consolar. El rímel en sus ojos acompañaba a sus lágrimas en el llanto y volvió a ser una niña pequeña que, cuando se sentía mal, recurría a Alexander.