Fernando llego a San Cristóbal y en cuanto llego sintió un alivio, estaba a unos minutos de resolver todo ese lio que se había hecho gracias a la llegada de su hermano a casa de los padres de Lucero. Estos días habían sido muy extraños para él, por un lado eran cortos por todo lo que había tenido que hacer, por otro lado, largos, muy largos, porque la extrañaba tanto que ya estaba imaginando como la iba a saludar en cuanto la viera.
Aunque ella se había molestado con él en su partida, él no iba a dejar que eso lo detuviera, el buscaría la manera de hacerle saber lo que el sentía por ella. Las pequeñas manos sobre sus hombros lo sacaron de lo profundo de sus pensamientos, le sonrió a su sobrino por el espejo y este le regreso el gesto con una amplia sonrisa.
- ¿Aquí es donde tú vives tío? – preguntaba Daniel al pasar por la calle principal del pintoresco pueblo de San Cristóbal.
- Nop, aquí viven los papas de Lucero.
- ¿Tú esposa? – Samira y el voltearon a verse y se sonrieron dándose por vencidos con Daniel.
- Sí, mi esposa. – Sonaba bien el decirle mi esposa pensó Fernando mientras iba despacio.
Llegaron primero al motel a dejar las cosas personales de los tres y se refrescaron un poco, literalmente un poco porque Fernando tenía prisa por llegar aunque había llegado un día antes de lo esperado, quería finiquitar las cosas lo antes posible, además, se moría de ganas por verla. En cuanto estuvieron listos, de nuevo subieron al coche y fueron en dirección a la casa de la familia Hogaza.
- En verdad te agradezco que hayas aceptado venir aquí.
- Ni lo menciones, - Samira se recostó un poco sobre el brazo de él – por ti haría lo que sea, ya lo sabes. Siempre y cuando no ponga en peligro a Dany.
- Y jamás te pediré algo así.
- Aunque – Samira volteo hacia el frente con un aire de desesperanza – dudo mucho poder ayudarte en algo, tu madre jamás creería mi versión de los hechos.
- Esta vez, no le va a quedar de otra. – Fernando soltó el volante con una mano y busco la mano de Samira, le dio un beso y luego le regalo una sonrisa. Le había costado casi medio día convencerla que esto no era parte de su “venganza” sino todo lo contrario que el solo quería finalizar con todo de una buena vez. Finalmente, no sabía que había pasado, que había dicho, que después de tanto estira y afloja ella había aceptado ir, con la única condición de que le asegurara que Daniel, no tendría ningún problema por lo que sucediera.
Llegaron a la casa de los padres de Lucero, ahí estaba el carro de su hermano, de seguro estaban todos ahí, obviamente no había perdido el tiempo y había estado durante estos días tratando de ganar terreno, pero no le iba a servir. Había apagado el carro pero seguía sin moverse del frente del volante, Samira lo miraba callada, mientras Daniel se remolineaba en el asiento de atrás. Respiro profundamente, y cerró los ojos, necesitaba fuerzas porque lo que a continuación vendría era de seguro una lucha sin cuartel, pero sobretodo, tenía que siempre mantener la calma, y asegurarse de que Ricardo la tuviera también en todo momento. No podía afectar la salud del padre de la mujer que amaba.
