Lucero se lamentaba que el viaje no hubiera sido de placer, la mañana era casi perfecta como para detenerse a ver el despertar del sol, pero si lo hacía llegaría tarde a la cita y era un lujo que no se podía dar. No podía seguir haciendo gastos a la casa, ahora que ya estaba ejerciendo su carrera, ya no dependía de una beca, y aunque las cosas pintaban para irle muy bien, por el momento por más que quisiera esa casa era ‘un lujo innecesario’. Le había dicho a su madre si la quería acompañar en el viaje teniendo en mente que probablemente era la última vez que podría volver a su casa, primero había dicho que si sin pensarlo dos veces y extrañamente, una noche antes de irse, después de que regreso de la cena con Elisa, había decidido que lo mejor era quedarse, que no tenía caso, era ‘una simple casa’.
Lucero no quiso forzarla, pero se le había hecho totalmente extraño, después lo pensó y se puso en su lugar, tal vez ella no hubiera tenido el valor de poder decir adiós a lo que había sido su más preciado tesoro, en el que había compartido sus mejores momentos con su familia. Si para ella era difícil, era estresante, mucho más para su madre. Con las cosas que Fernando había alcanzado a hacer, le había dado vida de nuevo a la casa, después Lucero le empezó a hacer modestas reparaciones, por lo menos para hacerla más apetecible a los clientes que quisieran huir del ruido y las presiones de las grandes ciudades.
Claro que si ella hubiera tenido dinero, esa casa hubiera quedado diferente, muy diferente, pero el problema como siempre era el dinero. Recordó una vez más la sustanciosa cantidad que Fernando había puesto a su disposición, era mucho dinero para ella, con eso hubiera hecho una hermosa casa, pero no, ella no iba a tocar ese dinero, al hacerlo, Santiago iba a tener el poder sobre él, mínimo sobre el 50% y eso ella no iba a permitirlo.
Cuando menos pensó ya estaba en San Cristóbal, vio su reloj, faltaban todavía veinte minutos. Detuvo el auto justo enfrente, no lo puso en la cochera, quería que pudiera ser vista por el interesado un tal, Ignacio Meza. Los sentimientos encontrados no se hicieron esperar, tantas cosas había vivido aquí, desde los mejores momentos de su vida, hasta los más tristes. Esperaba con ansias que se hiciera la negociación, y a la vez, quería que nadie la quisiera, que la obligaran a quedarse con esta casa. En eso estaba cuando vio como un carro bastante lujoso se estacionaba justo detrás de ella.
Salió rápidamente del auto, ella ni siquiera había tenido tiempo de ventilar un poco la casa mucho menos barrer o sacudir. Lucia su mejor sonrisa, esos jeans que traía puestos eran sus favoritos, aunque era un tanto informal venir en jeans a hacer una negociación, era lo mejor, dado que la casa no estaba habitada. Lucero se quedó parada en la puertita del cerco esperando por el señor meza quien seguía en el carro, frente al volante. Al menos eso parecía, era demasiado serio por lo que podía ver.
Lucero decidió entrar abrir la puertecita del cerco dejarla abierta y continuar hacia el porche, al parecer el señor Meza necesitaba un poco de privacidad. Mientras ella empezó a abrir la puerta de la casa, escucho como se abrió la puerta del carro, mientras mentalmente agradecía que al señor se le hubiera ocurrido finalmente bajarse de su auto. Abrió la casa y escucho el ruido del motor de un auto volteo y vio como el señor Meza ella imaginaba miraba partir su auto, lo que la hizo captar que a quien había visto que era toda seriedad era a su chofer. ¿Por qué no se le había ocurrido antes?
Mientras el señor terminaba de hablar por celular, al menos eso parecía, ella decidió entrar primero, aprovechaba para empezar a ventilar la casa antes de mostrársela. Mientras ella estaba abriendo ventanas, escucho los pasos a la puerta, desde donde estaba ella grito amablemente,
