Capítulo 2-Buscando a los amigos/La sordera es contagiosa

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Cuando salió al pasillo, sorprendido de que la puerta estuviera abierta, miró a ambos lados, pero en esas, se mareó, teniendo que apoyarse en la pared: estaba claro que aquel golpe reciente le estaba pasando factura. Cerró los ojos, sabiendo que debía sobreponerse a aquello como había hecho hasta entonces.

Fue entonces cuando oyó un sonido al otro lado del pasillo. Alertado, abrió de nuevo los ojos, encaminándose hacía aquel lugar, quedando enfrentado a una puerta, mirándola con el ceño fruncido, dudando si entrar o no, empezando a cansarse de las sorpresas que solían esconderse tras ellas. Rápidamente desechó la idea, sabiendo que no se podía permitir pensar de aquella manera a aquellas alturas. Accionó la manecilla, abriéndose, con la mano en la empuñadura de su katana.

Cuando entró se quedó estático viendo ante él una amplia sala tan blanca como la anterior, con seis enormes y larguísimas librerías. Despacio las miró, viéndolas repletas de libros, no pudiendo evitar sonreír. Se detuvo en la segunda librería, pasando sus dedos por encima de los lomos de los libros, comprobando que los había de todos los temas posibles, desde filosofía, pasando por política, geografía, matemáticas o ciencias aplicadas.

-¡JAPÓN!-

El nombrado se giró hacía la voz a toda prisa, sintiendo una mezcla entre el alivio y la alegría, no creyendo el hecho de haber dado finalmente con él.

-¡Itaria-kun!-dijo, no pudiendo evitar sonreír.-

Sin esperárselo, Italia se lanzó sobre Japón, abrazándolo, acabando ambos en el suelo. El japonés intentó librarse del agarre, con el rostro encendido, pero cuanto más trataba de separarse de él, con más fuerza se aferraba el italiano.
Finalmente tiró la toalla, dándole palmaditas tímidas en la espalda mientras el castaño lloriqueaba en su hombro. Japón miró hacía el techo, no comprendiendo como Alemania lo soportaba, compadeciéndolo.

-Grazie a Dio!-seguía lloriqueando, hablando con la voz entrecortada, por la cual cosa, Japón bajó algo la guardia-¡Estoy tan feliz por haberte encontrado!-clamó, liberándolo al fin, secándose las lágrimas.-

-También yo me alegro de verte bien, Itaria-kun.-le sonrió, revisándolo a toda prisa.-No estás herido, ¿verdad?-

El italiano, de rodillas delante de él, negó con la cabeza. Entonces hizo el gesto de querer acercarse de nuevo, por lo cual Japón se puso en pie rápidamente. Italia alzó la cabeza, viéndose en sus ojos ambarinos el miedo, la preocupación y la sorpresa, levantándose.

-¿Es sangre?-preguntó Italia, palideciendo al ver el moratón de su rostro y la herida de su brazo.- ¡Estás...!

-Sólo son rasguños... Aunque la sangre es un tanto escandalosa...-señaló sonriéndole.-

El italiano agachó la mirada con aprensión, mirándolo con algo similar a la tristeza y, aunque Japón no pudo asegurarlo en ese instante, parecía verse culpabilidad.

-No te puedes imaginar lo que sucedió cuando te fuiste....-empezó a explicar el italiano y, aunque ya había oído la historia, Japón decidió dejarlo hablar para que se desahogará y tranquilizará.-Un monstruo apareció en el hall. Alemania... Él gritó. Tú... ¿lo oíste?-

Japón se sorprendió ante aquella nueva información. Entonces era entendible el estado de shock en cual había estado sumido... Pero algo le estaba extrañando, mirando a Italia, y era aquella tranquilidad inmutable del italiano.

-Sumimasen, Itaria-kun... Pero no lo oí. -

-Pues sí.-continuó Italia, con aire compungido.-El grito de Alemania me sorprendió... y, a partir de ahí, todo se volvió confuso: las puertas estaban cerradas, nos separamos y sólo tenía en la mente el escapar... Y... y me olvidé completamente de ti.-se sinceró con enorme pesar, inclinando la cabeza ante el nipón.-¡Lo siento! ¡Lo siento tanto!-

HetaoniDonde viven las historias. Descúbrelo ahora