Capítulo 4-Disparos/Reunión desesperada

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Japón empezó a revisar a toda prisa el segundo piso, aunque, para su desgracia, tuvo que pararse un instante a tomar aire, pues a pesar de mostrarse lo más íntegro posible delante de los Aliados, las heridas de su cuerpo seguían pasándole factura, cosa que no terminaba de comprender ya que, como nación, sanaban más rápido que los humanos de a pie, inclusive las heridas más graves. Dolorido, se pasó la mano por el vendaje del brazo, encogiéndose levemente, mordiéndose el labio inferior. Estaba claro que algo no iba bien. Molesto, miró alrededor, reemprendiendo el paso. Mientras caminaba iba dándole vueltas a las palabras de los Aliados en cuanto al tiempo transcurrido, pero también al hecho de que le daba la sensación que en aquel momento eran simples humanos, pero todo eran especulaciones que se formaban en su mente.

"Pero si es así... Mejor será que vayamos con pies de plomo."

Finalmente se paró delante de la habitación en la cual se había atrincherado Alemania al principio. Para sorpresa del japonés, la puerta se abrió, saliendo de la estancia Italia, mientras Alemania, detrás del joven castaño, sostenía la puerta para que este pasará. Cuando el alemán vio a Japón suspiró aliviado, pero rapidamente frunció el ceño, mientras cerraba la puerta, enfrentando al pequeño asiático.

-¿Dónde te habías metido?-recriminó el germano, fingiendo enfado.-

-Sumimasen, Doitsu-san. No era mi intención preocuparlos.-se disculpó, haciendo una leve inclinación con la cabeza.-Pero salí a buscar a su hermano, pues cuando desperté, no estaba en la habitación. Pero antes que pregunte, no he logrado dar con él.-expuso, viendo como el rostro de Alemania pasaba de la sorpresa a la tristeza.- Sumimasen futatabi(1).-volvió a disculparse el japonés, sintiéndose algo culpable.-Pero sí di con otra cosa... ¡Los Aliados están en la casa!-

-¿¡Qué!?-clamaron el italiano y el alemán mirándose entre ellos.-

-Lo que oyen... Y uno de ellos está herido.-comunicó.-Pero será mejor que vayamos con ellos y lo comprueben con sus propios ojos. A demás, creo que tenemos mucho que hablar, por ambas partes.-señaló el japonés, volteando.-

-Gut, komm. (2)-dijo Alemania, llegando junto a Japón.-

Italia se quedó unos pasos por detrás del germano, apretando contra su cuerpo un misterioso libro de cubiertas rojas y con una hermosa cruz de plata en la parte de delante que llevaba colgando en su cinturón. Suspiró, bajando la cabeza, dibujándose la tristeza en sus ojos ambarinos, alzándolos a continuación hacia Alemania, aunque casi inmediatamente, se sonrió, viéndose en sus mirada una profunda ternura, dando una corta carrera, alcanzando al rubio, colgándose de uno de sus brazos como acostumbraba a hacer. Al notarlo, los ojos celestes del germano se volvieron hacia el joven italiano.

-¿Todo bien, Italia?-le preguntó al ver que este recostaba con suavidad su cabeza castaña en su hombro.-

-, benne.-le sonrió.-
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-Disculpen por la tardanza.-dijo Japón entrando en la estancia, seguido de Italia y Alemania, quiénes sonrieron ampliamente al verlos, hasta que sus ojos se posaron sobre el ruso, que se había sentado con la espalda apoyada en la pared, encontrándose Canadá de pie, pendiente de él. Alemania se aproximó, mirándolo con clara preocupación, a lo que Rusia alzó la cabeza, sonriéndole.

-¿Por qué no te tumbaste?-regañó el alemán, a pesar de no ser santo de su devoción, era consciente que tener a aquel hombre como aliado era mejor que tenerlo de enemigo.

-No quiero ser una carga.-contestó el eslavo.-

-Du bist verrückt , Russland!(3) ¡Anda!¡A ver que tan graves son esas heridas!-dijo el alemán, ayudándole a ponerse en pie, pasándose un brazo del ruso por los hombros, manteniéndolo en posición vertical.-Encárgate de todo, Japón.-

HetaoniHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora