Una mansión en medio de la montaña, rodeada de un oscuro y profundo bosque, a tres horas a pie de la civilización. Nadie sabe cuanto lleva allí y si alguna vez estuvo habitada por alguien... Pero se dice que todo aquel que se atreve a cruzar el umbr...
Siempre creí que el tiempo es una línea recta que nosotros vamos llenando de vivencias y recuerdos, buenos y no tan buenos... ¡Claro está! Pero esa premisa, en mi caso, fue destruida.
Mi mundo, mi tiempo, incluso mi vida... Todo se paró en este maldito lugar, en cuanto pusimos el pie en esta maldita mansión.
Todos buscaban una manera de poder salir, de poder escapar de este infierno, juntos y vivos... Para mi desgracia, fui tan inútil como siempre lo he sido al largo de mi existencia, no haciendo nada por ayudar... ¡Al contrario!¡Siempre tenían que protegerme, que defenderme y por ello, otros eran heridos y lastimados! ¡Todo por mi culpa! Y por ello pagué, viendo como uno tras otro se iban quedando en el camino, perdiendo sus vida ante mis ojos... Y, así, me quedé sólo.
Nunca podré olvidar la primera de mis perdidas. No sabía que me esperaba cuando entré en aquella sala de blanco inmaculado, descubriendo después que aquel blanco había sido mancillado con la muerte, tiñéndolo de carmín... ¡La vida que se derrama sin piedad! No podía creerme que él, justamente él...
Recuerdo que entré temblando en aquel lugar, como no, huyendo, percatándome que el aire estaba impregnado del olor acre que desprende la sangre, entre ferroso y dulzón. Mirará donde mirará, sólo veía sangre y más sangre... Antes de saber lo sucedido, ya había empezado a llorar, sabiendo que aquello no podía traer nada bueno... Entonces lo vi: apoyado en una de las patas de un bellísimo piano de cola, la cabeza agachada, su rostro oculto entre el cabello azabache que caía sobre él, con una de sus manos trataba de mantener a raya la hemorragia por la que se escapaba su vida, respirando entrecortadamente. Sentí como mi mundo empezaba a romperse alrededor mío, despertando a una nueva y horrenda realidad, una que no quería aceptar. Como un resorte, al notar movimiento entorno a su persona, alzó la cabeza, llevando su mano libre a su arma, desenvainando su acero, pero su filo se detuvo ante mis ojos. Sus ojos color café me miraron con enorme alivio, esbozando una sonrisa llena de afecto.
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-Debes irte de aquí, Itaria-kun... El enemigo podría regresar... Sumimasen, mi camino finaliza aquí...-
Me arrodillé delante de él, llorando con amargura, pues él, mi amigo, mi confidente, mi compañero, mi aliado... ¡Me había olvidado de él por completo! ¡Quería darme de bofetadas!¿Cómo podía haberme olvidado de él?
-¡No!¡No!¡No pienso dejarte aquí sólo!¡Pararé la hemorragia! Sólo... aguanta un poco más...-
Para mi sorpresa, las manos de Japón capturaron mi rostro, clavando su mirada en la mía.
-No hay esperanza para mi... Onegai... Sí la hay para ti... Déjame y vete.-
Aquellos ojos llenos de enigmas empezaron a cerrarse, resbalando sus manos por mis mejillas, dejando en ellas un rastro carmín. Roto de dolor, llorando como un niño, lo tomé por los hombros, zarandeando su cuerpo, queriendo retenerlo a pesar de saber que era imposible...¡Se moría! Sus ojos se abrieron de nuevo, pero estos estaban exentos de vida.