Capítulo 5- Tres caminos: Alemania e Italia

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Hola de nuevo a todos mis sufidores...
Estoy aquí con otra actualización y gracias por los ánimos que me estáis dando para continuar esta "maldita" historia(todos sabemos que es una tarea desagradable, pero alguien tenía que hacerla algún día, ¿no? XD). Este pobre capítulo me quedo... ¿Cómo decirlo? Un poco... ¿GerIta? Bueno... TT__TT... *la escritora se voy a un rincon* Estuve releyendo el anterior y se veía algo RoChu...¡Empieza a ser algo desesperante! ¡En fin! Sólo era para aclarar este punto... Si lo veis muy ¿moñas?, decidmelo, porfi... Sin más, ¡ahí os lo dejo!

Sehen sie!!!♡♡♡♥♥♥♡♡♡
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Alemania e Italia llegaron al primer piso apenas sin aliento, aunque mientras se reponían, el alemán lanzaba inquietas miradas hacia el siguiente rellano, sintiéndose culpable por haber dejado a Japón atrás. Molesto, se mordió el labio inferior, haciendo el gesto de querer volver atrás, llevando su mano al látigo, pero dos pequeñas manos rodearon su brazo, deteniéndolo. Alemania giró la cabeza, encontrándose con la mirada ambar del italiano, viendo en esta una enfermiza decisión, dejándolo sin palabras. ¿Desde cuando Italia tenía aquella mirada tan fiera?

-Estarán bien... Sólo hagamos lo que se espera de nosotros.-ordenó Italia, sin soltarlo. Pero de nuevo, el germano volvió la cabeza hacia las escaleras, dudando.-¡Alemania!-llamó con voz firme el italiano, volviendo sus ojos celestes un asombrado alemán, pues nunca antes le había alzado la voz de aquel modo, al tiempo que notaba que aquellos finos dedos se clavaban en su brazo.-Tenemos una misión que cumplir...-comunicó molesto.-

-¿Te encuentras bien?-preguntó Alemania, alargando la mano libre hacia el joven, pero este se hizo atrás, liberandolo de su agarre.-

Italia llevó una mano a su rostro, cubriéndolo parcialmente, asintiendo, pasando junto al rubio, dirigiendo sus pasos a toda prisa hacia el pasillo que iba hacia el oeste de la mansión. Aquel gesto tan frío dejo descuadrado al alemán, pero, sin decir nada más, lo siguió, clavando en él sus ojos celestes. El italiano actuaba de manera extraña, pero pensó que debía estar preocupado por todo lo que sucedía. Por última vez, Alemania se detuvo, volviendo la vista hacía las escaleras.

-Estará bien.-dijo la voz de Italia, vuelto hacia él, mostrándole una sonrisa nerviosa.-Pensemos así, Alemania, o no tendremos valor para continuar.-

-Y tú... ¿estás bien?-quiso saber, aproximándose al joven.-

-Sí, tranquilo... Sólo que esa cosa me pone los nervios de punta.-

Alemania asintió, pero no por ello se quedó mas tranquilo.

Después de media hora habían recorrido la planta, no dando con la puerta que se abriera con aquella llave. En ese instante el alemán miraba la llave, suspirando desanimado.

-¿De dónde será?-preguntó en un leve susurro.-

-No miramos en la sala japonesa...-cayó Italia, dándose con la palma de la mano en la frente.-

-¿Sala japonesa?-

El italiano asintió, recordando que justamente iba acompañado de la persona que menos conocía la casa. Italia aún no conseguía imaginarse al fuerte y protector Alemania encerrado en una habitación, negándose a salir de está. Con cierta ternura lo miró, dándose cuenta que habían eliminado aquel dato cuando se habló con los Aliados, suponiendo que debían darle las gracias a Japón por mantener intacto el ya de por sí herido orgullo de aquel hombre rubio de mirada franca.

-Sígueme.-dijo Italia.-

Regresaron al hall principal, encaminándose por el pasillo que llevaba al norte, dando rápidamente con la nombrada sala y, justo al lado de esta había una puerta de color negro, parándose ante ella. Alemania miró un instante la llave, para introducirla a continuación en la cerradura, comprobando para su alivio que esta giraba, pero este se acabó cuando al abrirla, un ser gris se lanzaba contra ellos, gruñendo. Alemania apartó de un empujón a Italia, metiendo su hombro contra la puerta, cerrándola de golpe, oyendo como aquella cosa aporreaba y arañaba la puerta con verdadera furia. Sin apartarse, le lanzó la llave al italiano, quien cerró de nuevo la puerta. Alemania apoyó la espalda en la madera oscura, dejándose caer por esta hasta el suelo, sintiendo que las manos le temblaban. Cuando alzó la vista se encontró con el rostro pálido y desencajado del castaño, quien, sin mediar palabra, giró sobre sus talones, saliendo cortiendo.

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