Capítulo 9-Llamadas telefónicas/¿Eres tú, Romano?

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Italia se apoyó en la puerta, resbalando poco a poco por está hasta quedar sentado en el suelo. Sollozó un par de veces, rompiendo a llorar a continuación. Con ansiedad, buscó aquel objeto que siempre llevaba colgando de una fina cadena de su cuello, el mismo que llevaban los dos germanos. Con la vista borrosa, Italia miró aquella cruz negra, mientras, para su desgracia, seguía oyendo los gritos del alemán justo a su espalda. Llevó la cruz a su frente, cerrando un instante los ojos, murmurando una leve oración, pasando a besarla a continuación para luego, dejarla.

 Llevó la cruz a su frente, cerrando un instante los ojos, murmurando una leve oración, pasando a besarla a continuación para luego, dejarla

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Lentamente se levantó, mirando la puerta, quedando enfrentado a esta. Sin apenas darse cuenta, rozó con los dedos la cruz, el pacto de una promesa. Despacio, cerró su mano entorno a ella, sintiendo como el tacto de ese pequeño objeto era suficiente para transmitirle el valor necesario, secando sus lágrimas, ocultando de nuevo la cruz bajo su camisa.

-Te has enfadado conmigo, Alemania...-murmuró, reposando su cabeza en la puerta.-Pero te conozco demasiado bien y sé que no aprobarías lo que estoy a punto de hacer... Querrías detenerme o te entrometerías, saliendo herido o...-negó con la cabeza, sonriendo con tristeza, luchando contra las lágrimas.-No puedo permitirme perderte de nuevo...-susurraba. De repente, su móvil empezó a sonar, asustando a Italia, quien empezó a correr en círculos en aquel tramo de pasillo.-¡Alemania,  Japón! ¡Me atacan!-gritó asustado, lloriqueando.-¡Me ata-!-entonces fue que se dio cuenta, mirando a su alrededor, callándose.-Por mucho que quisierán, no podrían ayudarme...-masculló, pasando de la alarma inicial a la tristeza.-No podrían socorrerme... No están aquí...-

Mientras pensaba en ello, sacó el móvil,  mirándolo con extrañeza.¿Cómo podía ser que lo estuvierán llamando? Sin comprender, miró la pantalla del aparato, abriendo asombrado los ojos, pestañeando incrédulo. ¡Aquello era totalmente imposible! Engulló con fuerza, desbloqueando el teléfono, temblando su mano cuando colocó el auricular en su oído, no creyendo lo que iba a decir a continuación.

-¿Romano?-

El nombrado miraba la casa con el ceño fruncido, con total desconfianza, llevando inconscientemente la mano a su pecho, notando que empezaba a temblar.¡Al fin había obtenido respuesta! Todo aquello parecía una maldita pesadilla pero, para su desgracia, era muy real. Tomó aire, cerrando sus ojos olivas.

-"Fratello?"-oyó que preguntaba Italia.-

-Sei un idiota!-clamó Romano, tratando de contener las lágrimas.-Perché ci hai messo tanto a rispondere?(1)-

Los ojos de Italia volvieron a anegarse, no pudiendo evitar que las lágrimas volvieran a surcar la piel de su rostro. Pasó a apoyarse en una pared, cubriendo con mano trémula su cara.¿Cómo era aquello posible?¿Estaba soñando, acaso?

-¿Realmente eres tú?¿Cómo es posible?-

-¡Pues claro que soy yo, maledetto (2)!Chi vuoi che sia?(3)-

En ese instante, una mano se apoyó en el hombro del sur italiano, aportándole el teléfono del oído, acercandóselo esa persona a sus labios, luciendo una brillante sonrisa, por la cual cosa, Romano lo fulminó con sus ojos olivas, no importándole lo más mínimo, haciéndole un guiño.

-Aguanta un poco más, Ita... Estamos de camino.-

El llanto de Italia se renovó, no pudiendo cobtrolar sus hipidos, no sabiendo si sentirse feliz o preocupado por aquella insólita situación, no sabiendo que había sucedido para que ellos estuvierán allí.¿Había errado en algo?

-Es-españa...No... no... pu-pu-puede ser ci-cierto...-tartamudeó, dejándose caer por la pared, sentándose de nuevo en el suelo, escuchando como su hermano le gritaba al español, pasando a oír un quejido por parte de este. Italia no pudo evitar reír entre las lagrimas, imaginándose a esa extraña pareja.-Nunca cambiarán...-susurró mas sereno, limpiando su cara con la manga de la chaqueta.-

-¿Qué diablos chismorreas tanto, maledetto?-espetó Romano, de mal humor. Luego se giró a España, golpeándolo en el estómago.-¡Déjame hablar en paz, joder!¡Esto es entre mi frattello y yo, bastardo!-le gritó al español, viendo que el moreno asentía, encogido, pero mirándolo con una sonrisa en los labios, por la cual cosa, Romano torció el gesto, pasando a darle la espalda, centrándose en la conversación.-Benne... Ahora escúchame, Veneziano...-se detuvo, escuchando con atención, separando el teléfono de su oído,  mirándolo con aprensión. Suspirando, volvió a acercarse el aparato.¡Sólo le faltaba aquello para acabar de arreglar el dia!-Veneziano...Stai piagendo?(4)-

-No.-mintió Italia, restregando sus ojos con la manga al tiempo que sorbía su nariz.-¡Estoy muy feliz de oíros, frattello!-

-"Pues quién lo diría..."-

-Oye, frattello... Potresti occupare domani il mio posto di lavoro?(5)-preguntó Italia, bajando la voz con enorme tristeza, pegando su frente a sus rodillas.-

-"Come, escusa?(6)"-

-...Que te encargues de mi trabajo mañana y... y al siguiente... Y para siempre.-decía Italia, sonando su voz cada vez más débil, dándose cuenta de lo que estaba a punto de hacer, engullendo con fuerza, cerrando sus ojos ámbar. En ese momento volvió a acordarse de Alemania, pasando los dedos por encima de la Cruz de Hierro que golgaba de su cuello.-

-Ma dai!(7) Es tu estúpido trabajo, así que saca tu culo de esa maldita casa y encárgate tu mismo de tu jodido trabajo...-gruñó enfadado, sonándole aquellas palabras a una despedida. Irritado y preocupado, miró a España, quien lo miraba con rostro serio, sentado en el suelo, habiendo oído cada una de las palabras del menor de los italianos. El español giró la cabeza hacia la casa, frunciendo el ceño.-Non sei più che un idiota! Non so come, ma vi tireremo fuori di lì...(8)-

Aquellas últimas palabras sonaron entrecortadas en el aparato de Italia, alzando la cabeza, cortándose su respiración. Se levantó, ayudándose de la pared.

-¿Romano?Non ti sento... (9)¿Roma?-

Despacio, bajó el aparato, dejando caer la mano a su costado, resbalando el móvil de entre sus dedos, cayendo al suelo. Las lágrimas volvían a rodar por sus mejillas, sintiendo un vacío en su pecho.

-Se cortó...-susurró con la voz quebrada, pero, poco a poco, se dibujó una sonrisa en sus labios, llena de añoranza y ternura.-Pero eran ellos... Sus voces... Apenas las recordaba... ¡Hacía tanto que no las oía!-dijo, pasando a cubrirse el rostro con ambas manos.-¡Quiero volver a casa!-exclamó con desesperación.-¡Quiero salir de aquí!¡Quiero, quiero, quiero!-
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Romano miró a disgusto el teléfono,  tirandóselo a continuación a España, quien lo guardó en su bolsillo, poniéndose en pie, colocándose junto al sur italiano. Se miraron un instante, asintiendo ambos en silencio, sabiendo los dos que no había nada más que hablar.

Los ojos olivas de Romano rodaron hasta la casa, observándola con odio, cerrando sus puños con fuerza, tornándose sus nudillos blancos.

-Mi frattello es un jodido grano en el culo, pero es lo único que tengo.-murmuró Romano, totalmente decidido a arrancar de las garras de aquella mansión a su hermano.- Sopporta un po' più, Veneziano...Ti vengo a prendere. (10)-
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(1)-¡Eres un idiota!¿Por qué has tardado tanto en contestar?-
(2)-...maldito!-
(3)-¿Quién quieres que sea?-
(4)-Veneziano... ¿Estás llorando?-
(5)-¿Podrías ocupar mi puesto en el trabajo mañana?-
(6)-¿Cómo dices?-
(7)-¡Ni hablar!-
(8)-¡No eres más que un idiota! No sé cómo, pero os sacaremos de ahí
(9)-No te oigo...-
(10)-Aguanta un poco más, Veneziano... Vengo a buscarte.-

HetaoniHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora