Una noche cualquiera, Deidara encuentra el cadáver de su novio en el tapete del recibidor de su apartamento. Durante su vida se ha envuelto con toda clase de personas y sabe que debe vengarse, que lo que le han hecho no puede quedar así.
Con ayuda d...
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Itachi
Han pasado unas cuantas semanas y las cosas entre Deidara y yo estaban bien, terminé de ceder ante sus encantos y nuestra relación ya era una realidad. Kisame, mi mejor y único amigo, fue quien terminó de convencerme, diciéndome que necesitaba darme la oportunidad de tener una familia nuevamente y ese último concepto consiguió tocar la fibra sensible dentro de mi alma. Con la ilusión de tener un hogar y una familia a la que pertenecer, me dejé querer por Deidara y no demoré en aferrarme a él con todas mis fuerzas.
Después de que caí al hospital por el segundo colapso pulmonar, Deidara no se movió más de mi departamento y yo estaba bien con eso, pues me acostumbré a tenerlo a mi lado a cada segundo. Finalmente decidimos poner en venta el apartamento del rubio y adquirimos uno nuevo, con la ilusión de cerrar el ciclo. Deidara necesitaba cerrar el capítulo del asesinato de su exnovio y yo haría lo que fuese por verlo bien.
Aquí estábamos, mi rubio sujetaba entre sus dedos las llaves de nuestro nuevo hogar y yo llevaba nuestras maletas. Ayer por la tarde movimos algunos de los muebles de mi antiguo departamento y compramos otros tantos, solo nos faltaba trasladar nuestra ropa y ya estaríamos viviendo juntos oficialmente.
—¿Emocionado? —pregunté desde atrás, Deidara me echó un vistazo iluminándome con su sonrisa y asintió.
—Muchísimo —dijo mientras encajaba la llave en la cerradura—. Cada día me gustas más y pensar en pasar todos los que se vendrán a tu lado es maravilloso, Itachi.
Esbocé una pequeña sonrisa mas no contesté. No estaba acostumbrado a recibir expresiones de cariño, estuve solo desde mis dieciséis años y por lo mismo no sabía como relacionarme con mis cercanos y ser cariñoso con ellos sin sentir que estaba actuando de manera ridícula. Sabía que Deidara notaba mis silencios posteriores a sus declaraciones de amor, no quería que pensara que no sentía lo mismo por él y aunque le conté sobre mis miedos y mi soledad, no dejaba de pensar en que algún día esas actitudes mías terminarían aburriéndole.
Solté un pequeño suspiro y di dos largos pasos para llegar hasta su lado, rodeé sus hombros con la intención de demostrarle lo agradecido que estaba por tenerlo a mi lado y el se apoyó en mi pecho dejando un pequeño beso en mi cuello descubierto.
—Vamos a ser muy felices, Ita.
—Lo seremos —confirmé.
Mi rubio abrió la puerta y yo me sentí en casa en cuanto puse un pie dentro del lugar. Era de paredes blancas, veía mis propios muebles de madera adornando cada esquina y los blancos que Deidara eligió haciendo contraste con ellos. La decoración aún era simple, pero no dudé en que el ojiazul se encargaría de darle un toque más hogareño a cada rincón.
Arrastré las maletas hacia la habitación principal y me dejé caer en el colchón desnudo con una pequeña sonrisa curvándome los labios. Mi deseo se hacía realidad, ya no estaba solo y esperaba nunca más estarlo.