Una noche cualquiera, Deidara encuentra el cadáver de su novio en el tapete del recibidor de su apartamento. Durante su vida se ha envuelto con toda clase de personas y sabe que debe vengarse, que lo que le han hecho no puede quedar así.
Con ayuda d...
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Itachi
Me dolía la cabeza, estaba histérico y luchaba por mantener esa máscara de insensibilidad que siempre me colocaba para ocultar lo real. La rabia mezclada con la tristeza conjugaba un sentimiento asqueroso y repugnante que se arrastraba por mis vértebras, poniéndome tenso y nervioso. Mi mente caía en una espiral de incertidumbre y la sensación de no tener en quién confiar me destrozaba.
¿Qué se suponía que iba a encontrarme cuando llegara al departamento?
«Deidara, ¿por qué me haces esto?»
El recorrido desde la oficina de Kisame hasta la salida de la estación se me hizo cortísimo. El viento frio me sacudió el cabello y temblé. Me regañé por estúpido cuando giré sobre mí mismo y recordé que tuve la fantástica idea de venir caminando, ahora tenía que regresar de la misma forma.
Al menos me servía para hacer más largo el trayecto y no ver a Deidara.
Aun no quería verlo.
—Te pido que revises la carpeta, Ita —comentó mi amigo, mirando de reojo que mis uñas se clavaban sin disimulo alguno en la lámina de plástico que la componía—. Y no la rompas, por favor.
Alcé una ceja, enrabiado, ¿Acaso le parecía que estaba de ánimo para soportar sus bromas? ¿No se daba cuenta de que ya tenía suficiente?
Quise gritarle, soltar la lengua y escupir todos los insultos que tenía atorados en la garganta, pero me contuve, porque Kisame no tenía la culpa y porque si explotaba tendría que contarle la razón de mi quiebre. Sin embargo, aunque fuese estúpido, no quería mencionar la situación en la que estaba metido Deidara.
No podía hacerle eso.
Lo único que hice fue aflojar mi agarre.
—¿Dónde vas? —inquirió apenas puse un pie fuera de la verja, dispuesto a irme caminando hasta el departamento que tanto quería.
—A casa.
—¿Y tú auto?
—No lo traje.
—¿Te llevo?
—No es necesario...
—Ita, no seas terco, vamos.
Sería estúpido negarme, ¿verdad?
Si seguía actuando como un idiota terminaría enterándose de algo y no quería más problemas. Además, hacía un frio de mierda y mis articulaciones empezaban a congelarse.
Terminé aceptando con un movimiento de cabeza, mi amigo sonrió de oreja a oreja y se giró para dirigirse tranquilamente hasta el estacionamiento del centro.
Lo seguí en silencio, torturándome por milésima vez, recordando la conversación que tuve con Deidara, cuando se negó a rechazar a esa escoria asesina y lo prefirió por encima de mí.