Una noche cualquiera, Deidara encuentra el cadáver de su novio en el tapete del recibidor de su apartamento. Durante su vida se ha envuelto con toda clase de personas y sabe que debe vengarse, que lo que le han hecho no puede quedar así.
Con ayuda d...
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Itachi
Sentía que la vida se me ponía cuesta arriba. No importaba qué intentara pensar, qué tratara de hacer o con qué idea quisiera mentalizarme. Las cosas no cambiaban, lo mal que me sentía no mejoraba y el pensamiento intrusivo de que quizás debí dejar que Kakuzu me abatiera aquella mañana junto al lago, tampoco desaparecía de mi mente.
Era una constante, vivía día y noche con el ruido ensordecedor de mis pensamientos tumultuosos y hubiera hecho cualquier cosa con tal de apagarlos, aunque fuera por cinco minutos.
Después de dejar el trabajo, de insinuarle a Kisame que, tal vez, podría mejorar con un poquito de voluntad, simplemente me encerré en el apartamento y me sepulté en la cama. Me pasaba día y noche tirado en el colchón como un montículo inerte cubierto de mantas. Las horas se me pasaban en tareas simples, pero increíblemente dificultosas para mi mente embotada.
Me dedicaba a contar las líneas de la pared, a forzarme a encontrar siluetas en la madera del techo o solo a intentar adivinar cuántos pasos daría Deidara antes de asomarse a la habitación y preguntarme algunas de las mismas cosas que solía preguntarme cada día.
"Itachi, ¿te vas a levantar?"
"¿Quieres comer algo?"
"¿Quieres un té?"
Mis respuestas siempre eran negativas. Un "no" que los primeros días me costó pronunciar por simple culpabilidad, pero que luego se convirtió en una rutina casi dolorosa. Me hubiera gustado cambiar la respuesta, sonreírle, levantarme de un salto y decirle que quería ir a una cafetería y comer tarta junto a una taza de café, pero me sentía tan miserable que la simple idea me anudaba la garganta.
Estaba hundido en la mierda y no sabía cómo empezar a salir de ella.
En realidad, no tenía energías para intentarlo.
Tenía ganas de morirme, y ya no me asustaba. Tampoco me apenaba pensarlo o decirlo en voz alta.
Esa simple idea, esa simple frase que para muchos podía sonar aterradora, dejó de tener ese efecto atemorizante en mí.
Querer desaparecer se convirtió en mi cotidianidad y solo estaba esperando que Deidara se aburriera de mí para encontrar la forma de cumplir mi cometido.
También pensaba en eso y planearlo tal estrategia policiaca como las que solía planificar con Kisame era casi reconfortante. Me provocaba una sensación de control que hace mucho no sentía porque ya ni siquiera era capaz de controlar hacia donde se dirigía mi mente.
Pensar en las distintas opciones con las que podría provocarme la muerte era suficiente para deshacer el nudo que me cerraba la garganta. Al menos temporalmente.
—Itachi... —la voz de Deidara me sobresaltó. No había escuchado sus pasos y tampoco la puerta al abrirse. Levanté la mirada haciendo uso de la poca fuerza que me quedaba y me forcé a mirarlo a la cara. Ya no le miraba los ojos, solía concentrarme en el punto entre sus cejas para no ser evidente, pero no me sentía digno de observarlo.