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Sabía que mis palabras tendrían consecuencias, sabía cómo reaccionaba él ante estos sentimientos, sabía que debía mantenerlo en secreto y aún así lo hice. No sabía cuando iba a empezar, cuando iba a decir algo al respecto, cuando rechazaría mi afecto, pero sabía que pronto lo haría, sé que es incapaz de dejarlo pasar. Aunque me desespera su calma, me desespera el silencio, no saber cuando va a llegar el desastre, no poder prepararme para el golpe. Lo miro de reojo mientras conduce, su interior está vacío y su rostro no muestra ninguna expresión, ni siquiera su ceño está fruncido.

Hace varias paradas antes de llegar a la casa, entra con las bolsas y regresa a por mí. Me coge en brazos hasta llegar a la cocina, dónde me ayuda a acomodarme en uno de los taburetes. Todo pasa en silencio, no cruzamos miradas y probablemente tampoco compartamos el mismo aire, pues la barrera que se ha creado entre nosotros es demasiado alta. Apenas hemos estado en la misma habitación durante quince segundos cuando desaparece. Cómo siempre dejo de preguntarme a dónde o cuándo volverá, pero para mi sorpresa regresa casi con la misma rapidez con la que se fue. Se acerca a mí con un paquete en la mano y se agacha. Abre el paquete y coloca mi pierna sobre sus rodillas.

- Con esto podrás caminar sin muletas. - Habla con un tono más bajo y ronco de lo normal mientras coloca una especie de bota sobre mi escayola.

- Gracias. - Susurro sin poder apartar mis ojos de él.

- En la casa tienes todo lo que puedas necesitar, espero que sepas arreglártelas. - Coge su casco de la moto y se aleja.

- ¿Vas a dejarme sola? - Digo antes de que salga de la habitación.

- Sobrevivirás. - Ni siquiera se da la vuelta para mirarme cuando habla.

- ¿Cuando vas a volver? - Finge que me mira por encima del hombro y sin contestar a mi pregunta, se va.

Una vez más me quedo sola, y a diferencia de las demás veces, la soledad que su huída crea es inmensa. Cada vez que se va se lo lleva todo con él, incluso a mí. Tal vez mi cuerpo se quede en el interior de la casa, pero mi mente no lo hace, mi mente viaja con él, no deja de pensarlo, de intentar comprenderlo o averiguar qué es lo que estará haciendo. Temo estar volviéndome paranoica. Camino hasta la puerta principal y salgo al porche para verlo, para ver como sus ojos se posan sobre mi a través del oscuro cristal de su casco. El motor ya está encendido y su cuerpo en posición para marcharse, sin embargo no lo hace, se queda parado, en silencio, observándome.

Sintiendo un impulso de valentía, empiezo a caminar hacia él, pero en cuanto mis pies llegan a las escaleras, él se pone en marcha y se aleja. Me quedo mirando su figura en la moto incluso cuando ya no puedo verlo, al contrario que él, yo soy incapaz de moverme. De repente estoy vacía, envuelta en un silencio y una soledad eterna, atrapada en un lugar en el que no existe el tiempo. Lentamente regreso al interior de la casa y camino hasta la habitación. Estoy molesta y triste y no puedo hacer nada excepto esperar, por lo que busco una vía de escape y hago lo único que sé que me ayudará a sacarlo de mi mente, escribir sobre él. Recupero el papel en el que había escrito todas las preguntas que quiero hacerle y me siento frente al escritorio, preparada para seguir aumentando la lista.

Pregunta número trece: ¿Quien es realmente Harry Styles? ¿Que es lo que le gusta? ¿En que piensa? ¿Cual es la razón tras sus decisiones? Dejo caer el lápiz sobre la mesa al tiempo que ruedo los ojos, soy incapaz de centrarme en una sola pregunta. Trece, catorce, quince, dieciséis. Hay tantas cosas que quiero saber, tantas respuestas en blanco... Mi mente es un auténtico caos, un caos que se resume en una sencilla pregunta de tan sólo dos palabras, una pregunta que de tan sencilla que es, es la más complicada: ¿Por qué? Necesito saber por qué hace lo que hace, por qué es cómo es, por qué tiene tanto odio, tanta rabia. Necesito saber cómo ayudarlo, cómo conseguir liberarlo, aunque sea un poco.

Hold OnDonde viven las historias. Descúbrelo ahora