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Soy levantada del suelo por Darren mientras cientos de personas clavan su atención sobre mí. Mis llantos no cesan, mi vista permanece fija en el suelo y mi cuerpo no deja de temblar. Todos creen que estoy así debido a la caída, creen que me he hecho daño, pero en realidad estoy así por su culpa, y él lo sabe. Mi madre intenta calmar a la gente, especialmente a los Archer y pide a una de las criadas que me lleve a la cocina para intentar calmarme y ponerme hielo en la pierna intentando prevenir que se hinche. Todavía no está del todo curada y debería llevar la escayola unos días más, pero según mi madre se veía antiestético. Sin importarme las apariencias ni lo más mínimo, me quito los tacones y camino descalza por la mansión siguiendo a la criada hasta la cocina. Me siento en una silla mientras ella coloca un cojín sobre otra frente a mí para que pueda apoyar mi pierna. Segundos después, tras llenar un vaso de agua, alguien golpea la puerta llamando su atención, la mujer al instante sale de la cocina dejándome sola.

Cojo una gran bocanada de aire, la suelto con fuerza y paso mis manos por mis mejillas para deshacerme de los restos que mis lágrimas han dejado. Observo la estancia en silencio hasta que mis ojos se posan sobre el vaso de agua. No me había dado cuenta de lo seca que estaba mi garganta hasta ahora, por lo que me levanto ligeramente y sin moverme del sitio intento alcanzarlo, pero una mano lo hace antes que yo. Recorro con mi mirada sus dedos, sus anillos, continúo subiendo por su mano, su muñeca, su brazo, y así hasta llegar a su cara. Frunzo el ceño cuando lo veo y me siento de golpe en la silla. Él se mueve a mis espaldas, coloca el vaso frente a mi y se apoya sobre sus manos en el respaldo de la silla que ocupa mi pierna estirada.

- ¿Te encuentras bien? - Escuchar su voz hace que se me ponga la piel como escarpias. Lo ignoro y le doy un sorbo al agua. Él suspira intentando mantener la calma. - Sé que estás enfadada, debí habértelo dicho. - Se acerca, levanta mi pierna del cojín y se sienta. Intenta acomodarme de nuevo, esta vez sobre sus piernas, pero me resisto y dejo mi pierna caer y la escondo junto a la otra bajo la mesa. - Iba a hacerlo, pero no encontraba el momento. -

Me quedo en silencio y doy otro sorbo al agua, esta vez uno muy largo, tanto que casi vacío el vaso de una sola vez. Lo dejo en la mesa y fijo mi mirada en él mientras muevo mis manos sin parar, intentando contenerme, pero las lágrimas empiezan a apilarse en mis ojos y me da miedo que se escapen, no quiero que me vea llorar. Otra vez no. Escucho su respiración profundizarse, se levanta y camina hacia la nevera. Escucho el hielo caer y cómo es guardado cuando termina. De nuevo se acerca a mí y me ofrece un pequeño saco de tela en el cuál ha metido previamente el hielo. Espera a que lo coja y, a pesar de que no quiero hacerlo y mi esfuerzo por ignorarlo, no puedo pasar desapercibido el dolor que ahora hay en mi pierna, por lo que lo cojo y lo coloco en la zona que más me molesta.

- Puedes volver a estirarla. - Dice colocando de nuevo el cojín sobre la silla. - Me quedaré de pie. - Asiento para mí misma y me muevo para acomodarme de nuevo. Mientras, él camina de un lado a otro con lentitud y dándole vueltas al caro reloj que lleva en su muñeca.

- No voy a aceptar. - Al fin consigo hablar. Él me mira más calmado de lo que esperaba y deja salir un suspiro.

- Lo sé, y no espero que lo hagas. - Se detiene a mi lado, observándome. Mi ceño frunciéndose profundamente ante la confusión. - No voy a obligarte, ni siquiera intentaré convencerte.

- ¿Por qué no? - Murmuro todavía sin poder creerme lo que estoy escuchando, todo esto resulta extraño.

- No sería justo para ninguno de los dos. Tú no me quieres, y que yo sienta algo por ti no cambiará las cosas, seguirías siendo infeliz a mi lado y acabarías odiándome. - Hace una pausa y baja la vista a sus pies. - No quiero que me odies. - La culpabilidad que hay tras esas palabras me golpean con fuerza, me debilitan. - Quiero que te vayas, que vivas tu vida, haz lo que siempre quisiste hacer, sal de aquí. - Se acerca a mí y se agacha quedando a mi altura, me mira con cautela y acaricia mis manos con las suyas. - Nunca te he mentido cuando decía que podía ayudarte, qué podía darte tu libertad, todavía puedo hacerlo, quiero hacerlo, pero me temo que sólo hay una manera de conseguirlo, y no te va a gustar. -

Hold OnDonde viven las historias. Descúbrelo ahora