31

311 11 2
                                        

- Mi segundo nombre es Edward, aunque por alguna razón mi abuelo se empeñó en llamarme Eduardo. - Empieza a hablar y puedo notar los nervios recorriendo cada parte de su cuerpo.

- Crecí en Holmes Chapel, en una gigantesca casa amarilla y con un amplio jardín. La mayor parte del tiempo lo pasaba con mamá y nana, también con mi gato Dusty. - Sonrío por la forma en la que habla de ellos, me parece algo tan tierno e infantil. - Me encantaba ir al colegio y jugar con mis amigos, hacía un montón de actividades y ayudaba a mamá en el jardín. Era un niño muy activo. -

- Seguro que eras una monada, con tus alas de mariposa incluidas. - Murmuro dejando escapar una pequeña risa.

- Por supuesto, y sigo siéndolo. - Me rodea con su brazo aferrándome a su cuerpo y sonríe.

- Ahora no eres, en absoluto, una monada, Eduardo. - Lo observo de reojo para ver como alza las cejas haciéndose el ofendido.

- Mentirosa. - Intenta volver a hacerme cosquillas, y de nuevo intento alejarme, pero él me atrapa con sus piernas, abrazándome así por completo.

Mi rostro se queda sin color al ver marcas en ellas, cicatrices. Él no parece haberse dado cuenta hasta que las toco con la yema de mis dedos, su agarre se afloja por completo y su cuerpo se vuelve rígido. Lo miro por encima del hombro sin recordar lo que es respirar, su rostro ya no muestra ninguna expresión y con tan solo mirarlo a los ojos siento cómo los míos se humedecen. De nuevo estira sus piernas volviendo a meterlas en el agua haciendo así sus marcas casi imperceptibles, pero me temo que ya no puedo olvidarme de ello. Giro sobre mi misma quedando frente a él, bajo la mirada y de nuevo acaricio sus cicatrices, estremeciéndome ante el relieve de su piel. Harry retira mis manos y con su mirada intenta no darle importancia, no quiere que le preste atención a sus heridas.

- Ven. - Me susurra estirando su mano hacia mí. Se la doy y hago lo que me pide. Con su ayuda me subo ahorcajadas sobre él. - No te preocupes, no es nada. - Coloca un mechón de pelo detrás de mi oreja sin apartar sus ojos de los míos. - No soy débil, Jules. -

- Lo sé. - Hago una mueca y él sujeta mis manos.

- No toda mi infancia fue buena. - Aparta su mirada de mi en cuento empieza a hablar. - Mi padre era militar, especializado en la aeronáutica. Le encantaban los aviones, por eso su despacho estaba lleno de miniaturas. Creía que era un héroe y yo lo admiraba, quería ser como él. Me había propuesto llegar a tener tantas medallas como él, lo haría sentir orgulloso... Hasta que me di cuenta de cómo era en realidad y lo equivocado que estaba. -

- ¿Él te ha hecho..? - Soy interrumpida por su mirada, necesita tiempo para contármelo.

- Un día, cuando tenía ocho años, me colé en su despacho, me asombraba ver todo lo que había conseguido, me gustaba ver sus medallas y sus aviones de madera, ese día descubrí uno nuevo y no pude evitar jugar con él. Sabía que no debía estar allí y mucho menos tocar sus cosas, pero no me importó ya que creía que estaba trabajando. - Lleva mis manos a su pecho y hace círculos en ellas con sus pulgares.

- Lo que no sabía es que lo habían mandando a casa por una lesión. Cuando llegó y me encontró allí, se enfureció de una manera que nunca había visto. Esa fue la primera vez que me pegó, después, todo fue a peor. Cuanto más tiempo pasaba en casa más veces descargaba su furia sobre mí. Apagaba sus puros en mi piel, todos los días hasta que dejé de llorar cuando lo hacía, me golpeaba con su cinturón hasta que conseguía que me enfrentara a él. Decía que me estaba enseñando, que me estaba haciendo fuerte. -

Hold OnDonde viven las historias. Descúbrelo ahora