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Leo abre la puerta.

Se aparta para dejarme pasar.

—Después de ti —me dice con una sonrisa.

Creo que nunca me voy a cansar de estar en su apartamento: masculino y elegante, con sus paredes color gris, piso de madera oscura, muebles beige y un toque de color azul en los accesorios. Se lo expreso y me reta a que diga lo mismo después que tenga varios años viviendo allí luego de la boda.

Automáticamente miro hacia el anillo que engalana mi mano izquierda.

Cuando Leo lo sacó de la caja, me enamoré al instante: una modesta piedra de diamantes abrazada y envuelta de alguna hermosa manera por los extremos del aro de plata como si la sostuviera y la alzara.

Cuando Leo lo sacó de la caja, me enamoré al instante: una modesta piedra de diamantes abrazada y envuelta de alguna hermosa manera por los extremos del aro de plata como si la sostuviera y la alzara

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—¿De verdad te gusta? —me pregunta Leo.

—No, no me gusta —frunce el ceño a modo de respuesta—. ¡Me encanta! —exclamo lanzándome a sus brazos, besándole toda la cara.

—Me alegro —dice entre risas.

Me besa sensual y amorosamente mientras me aprieta el trasero acercándome a su exuberante entrepierna.

—¿Quieres el postre ahora o te apetece algo antes? —me pregunta con voz ronca.

—Ahora —susurro.

Me levanta por el trasero y envuelvo mis piernas alrededor de su cintura. Nos encamina hacia su dormitorio, deteniéndonos cada dos por tres entre besos y jadeos hasta que finalmente llegamos a su cama, suave como la seda.

Entra su mano por mi falda, acariciando mis muslos, subiendo hasta llegar a mi tanga.

—Muy sexy —dice con voz agitada—, pero estorban —y sin casi darme cuenta, las arranca de un tirón—. Mejor. Date la vuelta —susurra.

Me coloco boca abajo para que pueda bajarme la cremallera de la falda y el crop, levantando mi cadera para facilitarle la tarea. Después que me los saca, me quedo completamente desnuda ya que no llevaba sostén.

Me doy la vuelta y me encuentro la mirada lasciva de Leo.

—¿Ya te he dicho que amo todos y cada uno de tus lunares? —pregunta recorriendo cada centímetro de mi cuerpo.

—Sí, al menos alguien los ama, porque lo que soy yo, los odio —me apoyo en los codos—. Estorban —le digo mirando su pantalón y su camisa.

Me sonríe y comienza a desnudarse a una velocidad vertiginosa. Me deleito observando su bien formado cuerpo, su delicioso abdomen y sus apetecibles hombros.

Cuando se queda solo en bóxer, me doy cuenta del grado de excitación en el que se encuentra, me mira mientras se deshace de ellos lentamente y cuando termina, contemplo fascinada su erguido pene.

Baja hacia mi boca y me besa lujuriosamente, con desenfreno. Puedo sentir su miembro en contacto con mi muslo, enviando un torbellino de calor a todo mi cuerpo, excitándome aún más.

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