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—¿No me digas que no te acuerdas de la noche que pasamos? —escucho que me dice Ian con esa sonrisita aún en su rostro.

—Lo único que recuerdo es que estaba bebiendo en el bar.

Me pongo a pensar en todo lo que pudo haber sucedido anoche para estar aquí, con la camiseta de Ian puesta con este olor tan masculino, y tengo que admitirlo, huele jodidamente bien. ¡Mierda! ¿Hay algo en este hombre que no sea perfecto? Este aroma definitivamente huele mejor que el de Leo. ¡Maldita sea! ¿Qué hago yo pensando en ese mal nacido?

Sigo caminando desesperada por todo el cuarto tratando de recordar, cuando siento su respiración en mi nuca haciendo que todo el cuerpo se me estremezca. Me doy vuelta lentamente para observar esa mirada profunda y oscura como una noche tenebrosa, pero mis ojos siguen el recorrido por todo su cuerpo semi desnudo y me sorprendo muchísimo cuando veo que tiene a un lado del torso un tatuaje. Un maldito tatuaje. No me imaginaba a Ian con uno, es que se ve tan formalito y recto que no lo consideraba siquiera como una opción. El tatuaje es negro, muy negro, tiene una flecha que atraviesa lo que parecen ser dos letras, pero solo identifico bien una A, la otra no se si es una I o una H o qué.

Sigo bajando, deteniéndome en todas las líneas marcadas, hasta que al llegar a la parte baja del abdomen me topo con una sexy V que me llevan a una prominente erección

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Sigo bajando, deteniéndome en todas las líneas marcadas, hasta que al llegar a la parte baja del abdomen me topo con una sexy V que me llevan a una prominente erección.

—¡Mierda!

¿Cómo esto entró en mí? Me quedo un rato analizándolo hasta que escucho un carraspeo que hace que levante la mirada, para encontrarme con un Ian burlón que me mira fijamente, lo que hace que me sonroje por estar mirándole la entrepierna. Increíble, yo, sonrojándome.

—Esos lunares y ese sonrojo son la combinación perfecta —me dice antes de morderse los labios. Joder, no traigo maquillaje, tengo todos los malditos lunares a la vista. Aunque no se porqué me importa, ya que me ha visto muchas veces sin él en casa, pero no puedo dejar de sentirme vulnerable cuando me ven así.

—Deja de burlarte de mí —le digo empujándolo inútilmente ya que no se mueve ni un centímetro y en su lugar me toma por la cintura apretándome contra él.

Nos vamos acercando mutuamente hasta que puedo sentir que estamos respirando el mismo aire, pero somos interrumpidos por la melodía de mi celular, que hace que nos separemos.

—Está encima del mueble —me indica al ver que busco desesperada el móvil.

—¿Hola? —respondo sin siquiera ver el identificador.

—Buen día, Elena —escucho la voz de Chris.

—Ah, hola Chris.

—Pasé por la oficina y no te vi, por eso te llamo, ¿estás bien? —me alejo el móvil de la oreja para ver la hora. 10:13 am. ¡Mierda!

—La verdad es que no Chris. Te dejo, tengo que llamar a la oficina.

—¿Qué tienes? ¿Puedo ir a verte más tarde?

HOLMESDonde viven las historias. Descúbrelo ahora