19

137 22 4
                                        

Me siento en la sala de espera de emergencias cuando a Alex se la lleva la enfermera al cubículo.

Los últimos meses no ha querido aguantar el dolor del periodo por el trabajo del bar y siempre me pide que la acompañe al hospital para inyectarse, porque dice que no sabe si puede morirse en la camilla y que no le gustaría morir sola en un hospital, a sabiendas de que solo le inyectan ibuprofeno o algo así, y que las probabilidades de morir son ínfimas. Le echo un vistazo al guapo doctor de turno que está indicándole algo a una señora. Sonríe lindo, desde aquí le puedo ver unos ojos verdes bajo unas largas pestañas.

La vida es tan injusta. Le dan unas pestañas larguísimas a algunos hombres y a algunas mujeres -como yo- nos dan un granito de arena de pestañas. Tal vez Dios y Mac se pusieron de acuerdo en eso y por eso tenemos que comprar rímel cada dos por tres.

¡Ay! si mi madre escuchara mis pensamientos pecaminosos.

De un segundo a otro todo la enfermería es un caos. Entran una camilla con un hombre cubierto de pies a cabeza de sangre. Aparto la mirada con estremecimiento. No soporto ver sangre.

Me levanto y me encierro en el baño hasta que pase el alboroto.

Cuando salgo, ya está todo más calmado al llevarse al hombre a la sala de operaciones, eso fue lo que le escuché a las enfermeras. Tomo asiento de nuevo cuando entra en la sala de espera un hombre alto y rubio, muy rubio. De seguro 100% americano. Veo que camina hacia mi, pero cuando se acerca me doy cuenta que a quien se dirige es a la enfermera que está en recepción a mi lado.

—Alice, me voy —escucho que le dice a la enfermera.

—¿Cómo está? —pregunta ésta.

—Está mal —dice el hombre con dolor—. Al menos el niño está bien. Digo, no tiene la culpa de nada.

—Si, es un milagro que esté vivo a pesar de los problemas del embarazo desde el inicio.

—Me voy, antes de encontrarme con ya sabes quien. Por favor, avísame cualquier cosa, no importa la hora y también si se encuentra un donante de sangre.

—Te avisaré, no te preocupes. ¡Ánimo! Estoy segura que tu novia saldrá de ésta.

El hombre asiente con la cabeza y se va.

Mi tremenda curiosidad me hace querer saber sobre el dolor de ese hombre tan joven y más porque al parecer hay un niño por en medio.

—Disculpe señora, no pude evitar escuchar la conversación que tuvo con el señor que se acaba de ir. ¿Necesitan sangre? —le pregunto a la tal Alice.

—Sí, señorita, del tipo B- para una mujer que acaba de parir. ¿Es usted donante?

—Si, soy A- —le informo dispuesta a ayudar.

—No son compatibles —me dice con pesar.

—Vaya, que mal. ¿La mujer está muy mal?

—Si, perdió mucha sangre en el parto. Le tuvieron que practicar una cesárea por que aún no estaba de nueve meses, sino justo cumpliendo los ocho, pero si se extendía, el niño hubiera podido morir, por eso se arriesgó aún sabiendo las consecuencias.

HOLMESDonde viven las historias. Descúbrelo ahora