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Después de un largo rato negándome, protestando, quejándome y discutiendo con Ricky, aquí estoy, llegando a la boda de Ian.

Tanto nadar para ahogarme en la orilla.

—Todavía no entiendo la insistencia del señor Sanders en que cubriera la boda —le digo a Ricky enojada.

El último de mis planes era asistir a esta boda.

Ricky hace un sonido de irritación.

—Ya te lo dije Lena, para él tu eres quien saca los mejores titulares acerca de Ian Holmes después de lo de Chicago, por no decir que se sintió muy privilegiado al ser uno de los pocos periódicos invitados a la boda y no iba hacerle semejante desprecio a la señora Reeds —explica mientras me quita una inexistente pelusa de mi sencillo vestido color negro que me llega justo encima de la rodilla, escogido por él de mi closet al ver que yo no estaba por la labor. Coloca sus dos manos sobre mis hombros—. Además, agradece que le insistí en acompañarte, por eso de que eres nueva, pero en realidad era porque estaba seguro de que no ibas querer venir.

—Y no te equivocabas.

Enlaza su brazo con el mio y entramos a la casa de los señores Holmes donde nos recibe un mesero al lado de una mesa atestada de champán.

—Por esto me gustan las bodas de los ricos, siempre hay buena comida y buena bebida —susurra cogiendo una del montón y posándola en mi mano antes de tomar una para él.

—Y por esa misma razón odio este tipo de bodas, solo derrochan dinero y los novios ni disfrutan de verdad.

—No seas aguas fiesta Lena, apuesto a que morirías por una boda como esta —no puedo evitar hacer una mueca al escucharlo.

—Nunca, te lo repito, nunca Ricky. Hablas como si no me conocieras. Ya sabes que prefiero una sencilla boda en la playa con la familia y los amigos íntimos —le recalco mientras nos adentramos en la fiesta, buscando a el novio con la esperanza de salir lo más rápido posible de este derroche de dinero.

—Lamento que no le guste mi boda, señorita Navarro —escucho que dicen a mi espalda.

No tengo que voltearme para saber de quien es esa voz.

—Felicidades por la boda, señor Holmes —digo en cuanto me volteo y tengo a un impecable  Ian con un smoking color negro y una pajarita color celeste, resaltando su penetrante mirada, frente a mí.

—Muchas gracias, señorita Navarro —responde sonriendo—. Ricky —hace una inclinación de cabeza.

¿Porque a Ricky lo tutea y a mí no?

Creía que después de la otra noche estaría más amable y menos formal, pero al parecer pensé mal.

—Si me disculpan, tengo que buscar a mi esposa. Espero disfruten de la velada —nos dice antes de darse la vuelta y darme una muy buena vista de su trasero.

—Tierra llamando a Lena —dice Ricky en mi oído, pasándome su pañuelo—. Límpiate, creo que hasta babeaste.

Lanzo una carcajada sarcástica muy poco convincente.

—No te pases de gracioso Ricky. Mejor vamos a buscar el nuevo titular para el jefazo.

Cuando entramos al jardín trasero a través de un arco de flores, en el que estoy segura solo le faltan algunos metros para que se pueda jugar fútbol en él, otro camarero nos encamina a "la mesa de la prensa", donde están sentados ocho periodistas en sillas cubiertas con tela color gris plomo, alrededor de una mesa circular con un mantel color blanco y celeste, decorado por un gran jarrón de flores color lavanda.

HOLMESDonde viven las historias. Descúbrelo ahora