¿Por qué tuve que beber anoche?
No es lo normal en mí desquitarme con la bebida, pero es que esos grandes ojos con ese color parecido a la miel, que pretenden transportarme en su interior cada vez que los veo no podía sacármelos de la cabeza, mejor dicho, no sabia de qué otra manera quitármelos de la cabeza.
Y esa falda... no, lo que había debajo de esa falda...
Pero lo peor fue definitivamente mi ridícula reacción al verla.
A mi favor tengo que decir que cuando me dirigía a su apartamento a supervisar la obra lo más remoto que tenía era encontrarme con semejante belleza.
—Ian, mi amor ya estoy lista, nos podemos ir.
—Ya voy Deana —le digo intentando parecer que estaba prestando atención a lo que estaba haciendo y tratando de ocultar mis pensamientos.
Estúpido almuerzo en familia para hablar de lo mismo.
No sé como lo aguantaré con este dolor de cabeza y este dolor en la cara, que por suerte el golpe no me dejó ninguna marca. La verdad es que la señorita Navarro tiene una gran puntería y un gran orgullo, porque ¿cuál era su problema en subirse a mi jodido auto?
Sólo quería darle un aventón hasta su casa que bien parecía que lo necesitaba y al final no me ví capaz de dejarla sola ante su negativa a mi ofrecimiento, escoltándola pese al golpe y todo.
—Mi amor, démonos prisa, tus padres nos están esperando.
—Si, si, ya te escuche —entramos en el ascensor para bajar al estacionamiento e ir al susodicho almuerzo ese. Lo único que me apetece ahora mismo es acostarme hasta que se me quite este dolor de cabeza.
Cuando llegamos a la planta del estacionamiento, Deana enlaza su brazo con el mio diciendo algo sobre que espera que la comida no le de náuseas y no sé que más. Le abro la puerta del copiloto cuando llegamos al Aston.
—¿Qué es eso? —pregunta con una mueca de desagrado señalando el asiento.
¡¡JODER!!
Los zapatos de Elena. Me había olvidado por completo de ellos.
¿Qué le diré a Deana?
Si le digo que son de una clienta —y qué clienta—, que es la periodista responsable de que mi cara estuviera en todos los diarios por varios días, que sus zapatos fueron a parar a mi auto anoche cuando insistía en llevarla a su casa, ella se negaba y terminó lanzándomelos en plena cara, no creo que Deana se lo tome muy bien. Conociendo su indeseable lado celoso, no dudo que de a luz a nuestro bebé aquí mismo después de arrancarme unos cuantos dientes, y yo no quiero eso, no por mí, sino por el bebé.
No.
Por eso es mejor no decirle nada. Por la salud de nuestro bebé.
Si.
Trato de mostrarme calmado a pesar de los golpes que me da el corazón contra el pecho.
—¿Esto? —me inclino hacia dentro para tomarlos y tirarlos al asiento de atrás—. Ah, Hamiel no cambia. Anoche le presté el coche y de seguro salió con una de sus mujeres —le digo lo primero que se me ocurre, tratando de sonar convincente.
Deana mira con desconfianza alternativamente a mí y a los zapatos, haciendo un sonido de afirmación después de unos segundos.
—¿Y por qué usa tu coche? ¿Acaso perdió el suyo en algún tipo de apuesta sobre quién se tiraba la puta más falsa del lugar? —pregunta con displicencia antes de subir.
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HOLMES
RomanceIan Holmes, exitoso arquitecto de Mahnhattan, futuro esposo y padre. Para todo el mundo, un presente maravilloso y un futuro prometedor, menos para él, que convive con su pasado cada día desde hace 10 años cuando su vida cambió por com...
