Capítulo IX

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****ELRIC****

La muchacha se sentó en el borde de la cama mientras yo cerraba la puerta de la habitación. Me recosté sobre la puerta cerrada y crucé los brazos. No me podía creer lo que había tenido lugar minutos antes. A primera vista aquella muchacha parecía frágil, pero como había podido comprobar no era ninguna damisela en apuros. A pesar del abatimiento y cansancio que se veía en su cara seguía siendo preciosa. Su pelo negro oscuro como la noche que caía en grandes ondulaciones contrastaba enormemente con su piel color porcelana. Sus ojos azules hielo transmitían seguridad y sabiduría. Tenía un bollo en el lado derecho de la frente y un pequeño corte en la mejilla izquierda. Sus labios finos se entreabrieron para decir algo, pero en vez de hablar negó con la cabeza. De repente se levantó de la cama. La ropa que llevaba dejaba ver una figura ligera pero con curvas. Era algo más alta que la mayoría de las mujeres que conocía. Era la mujer más hermosa que había visto en mi vida.

Comenzó a andar de un lado hacia otro por la habitación. Parecía nerviosa. De repente se paró en seco y se agachó al lado de la cama. Alargó el brazo y sacó una bolsita de tela, dos espadas y un cinturón. La boca se me abrió de golpe. Esas espadas debían de haber sido hechas por el mejor herrero de todo el continente de Erelín. Una de ellas tenía la empuñadura de oro, y el pomo, de oro también, era la cabeza de un oso. Era más larga que el brazo de la muchacha. La hoja era muy afilada y la punta parecía poder atravesar cualquier cosa.  La otra espada tenía la empuñadura de oro también. En su pomo circular había incrustados piedras rojas. ¿Rubíes? No, no podían ser eso. Pocas personas se podían permitir rubíes. Era algo más larga que la anterior. Tenía pinta de ser más pesada también.

De repente la muchacha se giró y al verme mirar con los ojos como platos aquellas espadas frunció el ceño con claro enfado. Esa muchacha era muy misteriosa. No entendía nada sobre ella. La única forma era preguntar e intentar averiguar algo.

—¿Cómo te llamas?

—No creo que eso importe—escupió la muchacha incorporándose.

—Claro que importa cuando por tu culpa mi familia puede estar en peligro. Has enfadado al hombre equivocado—respondí igual de mordaz. El fuego que había antes en sus ojos se extinguió para dejar paso a la culpabilidad.

—No era mi intención—su tono de voz volvía a ser frío.

—¿Cuál es tu nombre?—insistí.

—Me llamo Adri.

—Yo me lla...

—Elric. Si, lo sé—me cortó la muchacha.

—¿De dónde has sacado esas espadas?—pregunté con indiferencia ante su desprecio.

Se abrió la puerta de la habitación. Me giré hacia allí para ver quien era. Por el rabillo del ojo vi como Adri levantaba la espada del pomo de oso en dirección a la puerta y su cuerpo se tensaba dispuesto a atacar. Entró mi madre por la puerta con ropas en los brazos, y la muchacha relajó su cuerpo y bajó la espada.

—Toma cielo—dijo mi madre entregando a Adri. Sus ojos reflejaron el mismo estupor que los míos al ver las espadas en la mano de la joven.

—Muchas gracias Rose—dijo con una sonrisa agradecida pero algo tensa por la situación—. Siento todas las molestias causadas. Me tengo que ir cuanto antes—nos miró esperando a que abandonáramos la habitación.

—Cielo, ¿a dónde te diriges?—preguntó mi madre con tristeza en la voz. Siempre intentaba ayudar a todo el mundo con sus problemas.

Vi como la joven se debatía entre contar a mi madre la verdad o no. Tras unos segundo de lucha interior acabó por responder la verdad.

La Princesa de HieloHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora