Capítulo VIII

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****ADRI****

Había anochecido ya y estábamos todos menos uno de los hombres de Damon sentados al rededor de la fogata. Al poco rato apareció el hombre que faltaba con cuatro conejos que había cazado. Hoy a la hora de comer solo había comido los restos que los demás me habían dejado. Nada más ver los conejos mi tripa gruñó.

—Que pena que hoy no vayas a cenar, ¿verdad?—se burló Damon con una sonrisa de lado. Debía de haber escuchado el ruido de mi tripa. Puse la mejor cara de indiferencia que pude. No estaba acostumbrada a pasar hambre. Me dolía muchísimo la tripa. Pero esta situación cambiaría esta misma noche. Al pensar en ello una ola de energía me recorrió el cuerpo.

Nos tumbamos al rededor del fuego para dormir. Yo dormía al lado del príncipe Damon, al cual mis muñecas estaban atadas por una cuerda. Esperé al rededor de dos horas para comenzar con mi plan de huida. Agudicé el oído. Damon respiraba tranquilamente, estaba completamente dormido. El hombre que estaba de guardia se encontraba de espaldas a nosotros a unos cuantos metros de distancia. Silenciosamente me desplacé de mi sitio y me coloqué sobre el cuerpo del príncipe bloqueando con mis rodillas sus brazos. No notó mi peso sobre él, debía de estar realmente cansado. Enrollé la cuerda que me ataba las muñecas al rededor de su cuello y apreté. Sus ojos se abrieron como platos e intentó apartarme con sus manos pero no pudo. No era capaz de emitir ningún sonido de alarma. Le di un fuerte cabezazo y cayó desplomado sobre el suelo sin hacer ruido alguno. Me caí de encima de él mareada por el cabezazo. Mañana seguro que tendría un gran bollo en la frente, siempre que no me saliera en unos minutos. Cuando mi visión dejó de estar borrosa vigilé al hombre que estaba de guardia. Iba a ser el siguiente.

Corté la cuerda de mis manos con un cuchillo que tenía el príncipe en el cinturón. Me froté las muñecas. Las tenía llenas de arañazos con sangre por la cuerda.Cogí el cuchillo con el que me había desatado y me acerqué sigilosamente hacia el guardia. Mientras que con una mano le tapaba la boca para que no gritase, con la otra le degollé el cuello. Me giré hacia el príncipe. Le robé una bolsa con monedas de oro y su espada. Era todo un deshonor que el enemigo tuviera tu espada, y él me había quitado la mía. Fui hacia donde estaban los caballos y cogí mi espada que se encontraba en la alforja del caballo de Damon. Además les robé un arco y su carcaj de flechas. Me podría ser útil. A continuación rompí parte de mi mugrienta capa en cuatro trozos. Até uno a cada pezuña de Strategos para que no siguieran nuestras huellas. Me levanté y le acaricié suavemente la cabeza. Le había echado de menos. Sacudí la cabeza para concentrarme en escapar. Desaté todos los caballos y les di una palmada fuerte en la grupa. Todos salieron corriendo por el bosque. Con miedo a que se hubieran despertado por el pequeño jaleo me monté rápidamente en mi caballo, me subí la capucha de la capa y salí a galope hacia el este.

Huiría hacia el puerto. Allí cogería un barco y regresaría a casa. Por tierra iba a ser muy difícil mi regreso. Muchos soldados me estarían buscando. Pero una vez montada en el barco ya no me podrían coger. Pero había un pequeño fallo en mi plan. Se tardaban cuatro días en llegar hasta el puerto. Tendría que arreglármelas para esconderme hasta llegar allí. La buena noticia era que Damon y sus guardias tardarían en despertarse, y una vez despiertos no tenían caballos con los que perseguirme. Además, conociéndole, la ira nublaría sus pensamientos. Y se dirigiría hacia el norte para buscarme pensando que había huido en esa dirección. Mandaría a uno de sus guardias a palacio para avisar a su padre de lo sucedido, y hasta que se movilizaran las tropas ganaría un par de días.

Cabalgué toda la noche hasta que comenzó a iluminarse el cielo. A lo lejos divisé una aldea. No podía seguir cabalgando más. Me moría de hambre y de sueño. Necesitaba estar alerta. Además, Strategos estaría exhausto. Reduje la marcha al llegar a la aldea. Aún los campesinos estaban durmiendo, así que aproveché para cambiarme de ropa. Robé una camisa blanca ancha y un chaleco granate que me sirviera como corsé de un tendedero de una de las casas de las afueras. Me quité el vestido y me puse la nueva ropa. Me quedé con mis pantalones marrones oscuros de cuero y mis botas marrones claras que me llegaban por encima de la rodilla. No iba a robar más cosas, si no la gente comenzaría a sospechar. No podían llegar rumores así a los oídos del príncipe Damon. Me volví a colocar mi capa gris y me monté otra vez sobre Strategos. Encendí una pequeña fogata con mi vestido. No podía dejar pruebas. Enganché la insignia que llevaba en la capa al collar de oro largo con forma de corazón que me regaló mi madre por mi quinto día del nombre. La insignia era de oro también y en ella había un oso gruñendo sobre los cuartos traseros, era el símbolo de mi familia, por lo que debía esconderlo. Nuestro blasón familiar era un oso blanco sobre los cuartos traseros gruñendo sobre un fondo de cuadrícula blanco azul marino y plata. Son cuatro cuadros. Sus colores son el azul marino y el plata.  El oso es significado de valentía, paz, resurrección, poder, benevolencia, soberanía, maternidad, paciencia e introspección, los valores por los que se regía mi familia.

La Princesa de HieloHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora