Sevilla. Marzo, 2000
La bolera estaba casi vacía aquel miércoles. Entre semana normalmentehabía poco público, pero aquel día de finales de febrero estaba mástranquila incluso que otras veces. La tarde era fría y desapacible y lospronósticos del tiempo habían dado la alerta por viento y lluvia. Estaúltima había empezado a caer a media tarde, aunque de forma leve, pero elviento arreciaba y era de suponer que empeoraría a lo largo de la noche.Susana, Inma, Maika y Lucía se habían reunido a comer como otrosmiércoles y luego habían ido todos a desahogarse a la bolera un rato. Eldía anterior habían terminado el último examen del cuatrimestre y al fin sepodían permitir una tarde de ocio.Sentada en su sitio habitual, Inma veía cómo el equipo de los chicos lesestaba ganando una vez más.-¡Qué paliza! Otra vez nos va a tocar pagar la cena a nosotras -dijoMaika.-Sí, eso me temo.-Raúl está que se sale hoy -añadió Susana-. No ha fallado ni un tiro.-Sí, desde que no folla su puntuación ha mejorado de formaescandalosa... Alguien debería hacer algo al respecto o nos arruinará.Maika miró por el rabillo del ojo a Inma, que no se dio por aludida.-Lo que deberíamos hacer es cambiar los equipos. Nada de hombrescontra mujeres, sino mezclados. Si Raúl está en un equipo y Fran en otrolas fuerzas se igualarán. Juntos son invencibles los cabrones.-Sí, pues intenta decirles a los dos amiguitos que han jugado juntostoda la vida, que se separen. Ya verás dónde te mandan... -añadió Inma.-¿Por qué no lo intentáis las dos, Susana y tú, cada una por su lado? Alo mejor les convencéis y aunque sea por una vez no nos toca pagar anosotras.-Yo no pienso convencer a Raúl de nada, no sea que luego se quieracobrar -dijo mientras le miraba agacharse y arrojar la bola, que retumbócon estrépito contra el suelo y salió disparada derribando una vez más lamayoría de los bolos.-¡Joder, otro tiro genial! -se lamentó Lucía-. ¿Por qué no te vashacia él la próxima vez que tire y le pones un poco nervioso?-¿Queréis dejarme en paz? Ya está lo bastante convencido de queacabaré por echarme en sus brazos como para que yo le anime además.-Y tú sigues tan dura de pelar como siempre, ¿no?-Por supuesto -dijo bajito y con menos convicción de lo quepretendía. Susana intervino.-¿No piensas perdonarle?-¿Otra vez con lo mismo? No tengo nada que perdonarle, pero no voya enredarme con él.-Dice Fran que lleva meses como un cartujo.Inma hizo un gesto escéptico.-¿No te lo crees?-Sí, puede que sea verdad. Lo que no creo es que dure. Más tarde omás temprano acabará por caer.-Pues que caiga contigo, joder... Si lo estás deseando.-Eso no es verdad.-Vamos, que te crees que no te he visto hace un momento mirándole elculo.-No soy ciega y estaba agachado justo delante de mí. ¿Qué queréis quehaga, taparme los ojos?-No, pero Fran también estaba ahí agachado hace poco y tiene mejorculo que Raúl y no se lo has mirado.-¡Eh, que el culo de Fran tiene dueña! -protestó Susana.Maika ignoró la protesta de su amiga y siguió dirigiéndose a Inma.-¿No te gustaría apoyar la mano en el culito de Raúl y apretarle contrati con fuerza y averiguar si es cierto lo que dicen?-Es cierto -dijo Susana riéndose-. Se lo pregunté a Fran un día y medijo que sí, que la tiene enorme.-Pues para quien la quiera -murmuró Inma-. Y ahora haced el favorde callaros que viene para acá. La partida ya ha terminado y con losmismos resultados desastrosos de siempre.-Bueno, chicas... Una vez más, campeones.-¡Idos a la mierda!-Bueno, ¿dónde tenemos que soltar la pasta hoy? ¿McDonald's,pizzería o qué?-Hemos pensado que la noche se está poniendo muy desagradable.Será mejor que nos marchemos a casa y dejemos la cena. Por esta vez osvais a librar.Susana miró el reloj. Eran apenas las nueve de la noche.-Llamaré a Merche para que cuente con nosotros para la cena. Porquete quedarás, ¿no Fran?-Si me invitas...Cuando salieron de la bolera la lluvia seguía cayendo con más fuerzaque al entrar.-La noche se va a poner terrible, mira el color del cielo.Se despidieron en la esquina. Inma se dirigió a la parada del autobús yRaúl la siguió como cada miércoles.-No hace falta que me acompañes, hoy es temprano. La noche estáfatal, será mejor que te vayas a casa cuanto antes.-Siempre te acompaño y hoy también.-Si me llevas a casa probablemente perderás el último autobús para latuya. Y está lloviendo mucho.-Llevo paraguas.-Está bien, como quieras.Juntos se dirigieron a la parada. Apenas un cuarto de hora después llegóel autobús y subieron a él. El trayecto era largo y el autobús iba repleto degente que salía de los trabajos y estaba deseosa de llegar a su casa.Tuvieron que apretarse en la parte trasera. Inma nunca había estado tancerca de Raúl, ni siquiera las pocas veces que habían bailado juntos. Elvehículo iba tan lleno que lo tenía prácticamente pegado a su espalda.Él se había agarrado a la barra superior, pero Inma, más baja y máslejos no llegaba hasta ella y al primer bandazo dio un traspié que la arrojócontra la mujer que tenía delante.-Perdone -susurró, maldiciendo mentalmente lo que llevara aquellaseñora dentro del bolso y que se había clavado en las costillas.Miró a su alrededor tratando de encontrar algo a lo que agarrarse, perotodo quedaba demasiado lejos. Raúl se dio cuenta.-No te reocupes, yo te sujetaré -dijo pasándole el brazo por delantede la cintura, y sujetándola con firmeza.-Gracias.Estuvieron así durante un rato, hasta que tres o cuatro paradas másadelante el autobús quedó más vacío y pudo agarrarse al extremo de unasiento.Inma creyó que Raúl continuaría sujetándola, pero cuando comprendióque ella podía sostenerse sola, dejó caer el brazo provocando en Inma unamezcla de alivio y de decepción a la vez.A medida que se acercaban a la parada de Barqueta la lluvia empezó aarreciar y a convertirse en un auténtico aguacero.-¿Por qué no sigues en el autobús y luego enlazas con el seis encualquier parada en la que coincidan?-Ni hablar. Te voy a llevar hasta la puerta. Como siempre.Se bajaron en la parada y Raúl se apresuró a abrir el paraguas, peropronto comprendieron que era insuficiente para los dos. Al girar unaesquina el paraguas se volvió quedando ambos totalmente empapados enun instante. Él luchó por colocarlo de nuevo en su posición pero el fuerteviento se lo impedía una y otra vez. Al final lo cerró.-¡Un carrerón! -dijo y ambos echaron a correr hasta el portal.Inma abrió con la llave y los dos se refugiaron dentro.-Será mejor que subas un rato a ver si escampa. De todas formas ya nohay muchas posibilidades de que pilles un autobús.-Gracias.Hacía meses que ella no le invitaba a subir. Desde la noche en que élhabía dormido en el sofá del salón, no había vuelto a estar en el piso. Unade las compañeras de Inma, Carmen, estaba sentada a la mesa de la cocinacenando.-Vaya, vienes acompañada. ¡Hola, bello durmiente! Hace tiempo queno te veíamos por aquí.-He estado ocupado.-¿Enviando flores?Él se echó a reír.-Quizás...Inma intervino.-Va a esperar un rato hasta ver si la lluvia amaina un poco.-¡Oye, que a mí no me tienes que dar explicaciones! Me alegra volvera verte, Raúl. Y no tengas prisa por marcharte, yo ya he terminado decenar y me voy a mi cuarto. Dentro de diez minutos tendré a mi novio enel Messenger, así que el resto del piso es todo vuestro. Alicia ha llamadodiciendo que la noche está muy mal y se queda a dormir en casa deAlberto.Se levantó y, colocando el plato y el vaso en el fregadero, salióhaciéndoles un guiño.-Ya recogeré mañana.Inma sonrió.-Están tan poco acostumbradas a que traiga a alguien a casa quepiensan que eres un rollo. Sobre todo después de las flores. Y eso que noles dije que eran tuyas. Me va a costar Dios y ayuda convencerla mañanade que solo eres un amigo.-Ya.Inma se quitó el chaquetón empapado y le animó a que hiciera lomismo.-Quítate eso y ponte cómodo. Te traeré una toalla para que te sequesun poco -dijo mirando el agua que le goteaba del pelo y le caía por lacara.Se perdió detrás de una puerta y salió con una toalla en la mano.-Ten. Yo voy a cambiarme. Enseguida vuelvo.Volvió a salir y regresó poco después vistiendo un chándal seco.También ella se había soltado el pelo y se lo había secado un poco.-¿Tienes la ropa muy mojada? -le preguntó.-No, el chaquetón es impermeable y llevo botas. Los bajos delpantalón es lo que está peor, pero no importa. Aquí hace calor, se secarárápido. Pero si me invitas a una infusión caliente te lo agradeceré -seatrevió a pedir. Inma sonrió.-Haré algo mejor que eso. Prepararé algo para cenar. Son las oncepasadas y creo que la lluvia tiene para rato. Tengo unos champiñones,puedo hacer un revuelto. ¿Te apetece?-Claro que me apetece.-Y la infusión de postre.-¿Puedo ayudarte en algo? No es que sea muy buen cocinero peropuedo cortar pan o algo así. A eso llego.-No hace falta, estará listo en un momento. En ese cajón hay cubiertos,ve poniendo la mesa.Un cuarto de hora después estaban sentados a la mesa de la cocinacomiendo con apetito.Inma levantó la cabeza y miró a Raúl, con el pelo alborotado después dehabérselo secado con la toalla y recordó la sensación agradable que lehabía producido sentir su brazo alrededor de la cintura en el autobús.También recordó las palabras de Susana un rato antes en la bolera cuandole dijo que llevaba meses sin estar con una mujer. Y por primera vez desdeque se había acostado con Alba sintió ganas de perdonarle. Tenía quereconocer que se lo estaba ganando a pulso. La había acompañado a casanoche tras noche y cada una de ellas al despedirse, sus ojos le decían queestaba esperando una invitación aunque solo fuera para tomar una infusióny charlar. Ella se había resistido a hacerlo hasta esa noche, temerosa de suspropios sentimientos y de dejarle de nuevo acercarse lo bastante comopara que volviera a ganarse su confianza. Pero aquella noche le parecíainhumano dejarle ir andando hasta Los Remedios con aquella tromba deagua. Ni siquiera había paradas de taxis por las cercanías, él debería irhasta La Alameda para encontrar una, y en una noche como aquella lamayoría de los taxis estaban ocupados o fuera de servicio.Aun así sabía que era un error dejarle subir, que Raúl lo tomaría comoun paso hacia el perdón. Pero ella no tenía intenciones de perdonarle pormucho que en ese momento deseara hacerlo. Se había jurado a sí mismano bajar la guardia de nuevo, y eso incluía verle solo rodeados de gente yhuir de los momentos de intimidad a solas como aquel. Pero su concienciano le hubiera dejado en paz si le hubiera hecho marcharse empapado ycon aquella lluvia.-¿En qué piensas? -le preguntó él-. Estás muy callada.-En la bolera -mintió-. Maika siempre se queja de que nos ganáis.Creo que algún día deberíais dejarnos ganar para que se saque la espinita.-¿Y tú? ¿No quieres ganar?Ella se encogió de hombros.-A mí me da igual ganar o perder en un juego.-¿Ni siquiera aunque te toque pagar la cena?-No tengo problemas con el dinero. Y desde que cuido a mi vecina porlas noches, menos. Mi padre me envía lo suficiente. Está encantado detenerme lejos.-Eso no será verdad.-Me temo que sí lo es. Pero no importa, yo también quiero estar lejosde él y de su casa.-Que es la tuya.-No, esta es la mía. Aquella es la suya y la de su nueva mujer.-Que no es tu madre.-No. Mis padres se separaron hace cinco años. Mi madre estabaenferma, tenía un cáncer y él se buscó otra sana y más joven. Cuando mimadre murió hace cuatro años, yo estaba aún en el instituto y todavía eramenor de edad. Tuve que vivir con él año y medio, hasta que comencé lacarrera. Le dije a mi padre que quería estudiarla fuera de Almería. Estabadeseando salir de allí. Y a él le pareció estupendo. Mujer nueva, familianueva. Y le encanta tener lejos todo lo que le recuerde a la antigua,incluida yo. Apenas le he visto dos o tres veces desde entonces. Me pagabien por librarse de mí.-Hablas con mucha amargura.Ella se encogió de hombros.-Vivo sola e independiente. Eso tiene sus ventajas. Pero echo de menosa mi madre. Ella tenía una herboristería, creo que ya te lo dije. Cada vezque me tomo una infusión me acuerdo de ella, la verdad es que cada díame acuerdo de ella. También solía preparar unos platos de verdurasestupendos. Lograba hacer que esas comidas tan poco atractivas resultarandeliciosas preparadas por ella.-¿Cómo este revuelto?-Este revuelto es una invención mía, una improvisación de esta noche.No esperaba tener invitados.-Pues está muy bueno.-Gracias.-¿Y a tu padre? ¿No le echas de menos?-Intento borrar a mi padre de mis pensamientos y de mis afectos.-¿Por qué? Es tu padre.-Él no me considera su hija.-¿Estás segura? El que se haya casado otra vez no quiere decir que note quiera, Inma.-No lo entiendes. Eres un tío y piensas como todos los tíos.-Explícamelo.-Es duro ver que tu padre, el héroe de tu infancia, tiene los pies debarro y se desmorona a la primara dificultad. Yo entiendo que una esposacon cáncer es duro de llevar, que el sexo se corta bruscamente, y queconvives continuamente con una persona enferma. Que dejas de tenermujer. Pero joder, él sabía, ambos sabíamos, que el cáncer de mi madreera terminal y que no iba a durar más de un año. Podía haber esperadopara librarse de ella hasta que hubiera muerto. Y mi madre hubiera muertofeliz y arropada por su familia, no tirada como un trasto viejo. Yo era laúnica que estaba junto a ella cuando murió. Le llamé pero no vino. Sunueva mujer se hubiera puesto celosa de mi madre, dijo. Nunca se loperdoné, ni a él ni a ella. Y fue muy duro irme a vivir a su casa después.Ninguno de los dos quería tenerme allí, así que aproveché la primeraocasión para largarme. Y no pienso volver. Si cuando termine la carrerano encuentro trabajo pronto como abogado, limpiaré escaleras si hacefalta, pero no volveré. Y ahora basta de hablar de mi padre, ¿quieres? Noes un tema grato para mí.Se hizo el silencio, que ambos aprovecharon para comer. Inma sentíaclavada en ella la mirada de Raúl durante todo el rato y ella podía adivinarsus pensamientos. Sabía que se estaba preguntando si aquella invitaciónera solo debida a la lluvia y tenía que reconocer que también ella se estabapreguntando lo mismo. Por primera vez en meses sentía que no le odiaba,que volvía a ser para ella el Raúl del día antes de que se enrollara conAlba. ¡Ojalá la lluvia cesara pronto y él se marchara! ¡Ojalá dijera algoque la hiciera enfadarse con él de nuevo! Pero Raúl seguía allí, comiendoy mirándola en silencio y sonriéndole cada vez que sus ojos seencontraban.«¡Maldito seas, no me sonrías así...! Di una capullada, haz algo quemuestre al Raúl de antes, al de siempre», pensó.Terminaron de cenar e Inma preparó una infusión que tomaroncalentándose las manos con ella. Después, llevó lo vasos y los platos alfregadero y empezó lavarlos. Raúl se asomó a la ventana y contempló elagua que golpeaba con furia los cristales, impulsada por fuertes ráfagasde viento y permaneció allí sin saber qué hacer, sin saber qué decir,sintiendo que debía marcharse y, sin embargo, esperando que le invitara aque no lo hiciera.Sintió la presencia de Inma a su lado sin que sus pasos la hubierananunciado.-Sigue diluviando...-Sí. Más que antes, diría yo.Ella guardó silencio, luchando contra las ganas de pedirle que sequedara. Respiró hondo y Raúl pareció leerle el pensamiento, porque sevolvió hacia ella y alargando una mano le acarició la mejilla con el dorsode los dedos, muy despacio, temiendo que en cualquier momento ellaprotestara.Inma quiso permanecer impasible, pero no pudo evitar un ligeroestremecimiento, que a Raúl no le pasó desapercibido. Se quedó quietamientras veía la cara de él acercarse a la suya, inclinarse sobre ella, yesperó con el corazón golpeándole furioso en el pecho el contacto de suslabios, pero apenas estos rozaron los suyos, volvió a ser dueña de suvoluntad y apartó la cara. Él se quedó quieto a pocos centímetros de suboca, aún con la mano apoyada en su mejilla.-¿Por qué eres tan dura conmigo? -le preguntó en un susurro-. Tútambién lo deseas, lo sé...Inma no lo negó. Solo dijo, apartándose un poco más y retirándole lamano de su cara:-Ya me destrozaron el corazón una vez. No permitiré que vuelva apasar.Raúl se volvió de nuevo hacia la calle y fijó la mirada a través delcristal empañado por la lluvia.-¿Quién fue?-¿Qué importa?-A mí me importa.-Un chico del instituto. Yo tenía diecisiete años y ni siquiera me habíafijado en él hasta que mis amigas me dijeron que me miraba mucho. Mepersiguió, me acosó, me lo encontraba en todos los sitios donde iba, mellamaba por teléfono. Consiguió que me fijara en él, que me gustara yempezamos a salir juntos. Mis padres acababan de separarse, yo me habíaido a vivir con mi madre y ella estaba muy enferma ya. Yo me sentía muysola, con mi familia rota, sin afecto. Mi madre bastante tenía con superarel dolor... Me enamoré como una loca, como solo una adolescente puedehacerlo. Me volqué en él, le entregué mi alma y mi cuerpo, mis sueños, mivida entera... y un día, de repente, me dijo que se había acabado, que sehabía cansado de mí. Que nunca pasaba mucho tiempo con la misma chicay que ya estaba harto de las rubias, que ya le tocaba una morena.Estábamos en el mismo instituto, vivíamos en el mismo barrio. Tuve queverle con su morena día tras día y con una pelirroja poco después.Se volvió a medias hacia Raúl y añadió:-No me volverá a pasar.-Inma, todos los hombres no son iguales.Ella clavó en él una mirada dura.-Yo no he conocido a ninguno que sea diferente... aún.-Ya sé que tienes motivos para pensar así... que yo no te hedemostrado precisamente lo contrario, pero Inma, la gente cambia... ymadura.Ella apoyó la frente contra el frío cristal y no contestó. Raúl suspiró.-Bien, es tarde. Es hora de que me vaya. Por mucho que espere lalluvia no va a amainar.-Puedes quedarte en el sofá si quieres. A Carmen no le importará.-No, es mejor que me vaya.-Me sabe mal que te marches con este tiempo.-No te preocupes, no es más que agua. Y el agua no le hace daño anadie.Cogió el chaquetón que había dejado sobre la silla y se lo puso. Ensilencio, Inma le acompañó hasta la puerta.-Gracias por la cena.-Gracias a ti por acompañarme. Y por comprender...-No comprendo nada, solo espero. Espero a que seas tú la quecomprenda lo que significas para mí. Buenas noches -dijo agachándose ybesándola en el pelo.A continuación abrió la puerta y salió a la noche desapacible y lluviosa.Inma volvió a la ventana y le vio alejarse, perdiéndose en la neblina y laoscuridad. Se llevó una mano a la cara cortando el paso a una lágrimasilenciosa. Había estado a punto de ceder, pero afortunadamente en elmomento en que sus labios se rozaban había logrado recobrar la imagende Raúl la noche que le confesó que se había enrollado con Alba. Y habíasido suficiente. Había hecho lo que debía; lo que quería. Pero se sentíaterriblemente desgracia
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¿SOLO AMIGOS?
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