Capítulo 35

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  Sevilla. Abril de 2006

 Era la una y veinte cuando empujó la puerta en la que figuraba una placacon los rótulos:Francisco Figueroa LuqueMagdalena Robles de FigueroaFrancisco Javier Figueroa RoblesAbogadosCon un elegante traje pantalón rojo oscuro, camisa salmón y unportafolios negro de bandolera a juego con los zapatos, la Susana queentró en el bufete en poco se parecía a la chica a la que siempre se le habíanegado el acceso al mismo. Sin embargo, y a pesar de que nunca lo habíavisto por dentro, era tal y como se lo imaginaba.En una entrada, amueblada con el estilo sobrio y lujoso quecaracterizaba el gusto de Magdalena, la recibió una mujer de medianaedad que rezumaba eficiencia y tenía el aspecto físico pulcro y pocoatractivo, como si hubiera sido elegida por Magdalena en persona paraque no le hiciera sombra.—Buenos días —saludó—. Soy Susana Romero, de Bonet y Rius. Elseñor Figueroa me está esperando.—Sí, en efecto. Ha dicho que la hiciera pasar en cuanto llegase. Poraquí, por favor.La siguió por un largo pasillo hasta una puerta que abrió después de darun discreto golpe en ella.Fran, sentado detrás de la mesa, y vestido con un pantalón negro y unacamisa blanca con discretas rayas grises, con el cuello desabrochado, selevantó rápido para salirle al encuentro.—Susana...—Hola, Fran.La secretaria se marchó dejándoles solos y cerrando la puerta a susespaldas.Fran se detuvo ante ella y mirándola intensamente con sus ojos pardos,le preguntó:—¿Debo tenderte la mano, o puedo darte un abrazo?—Claro que puedes darme un abrazo.Él la abrazó con fuerza durante un minuto, y el olor a Hugo Boss lellenó los sentidos. Sin embargo no se permitió sucumbir a la emoción, yal separarse comentó lo primero que se le ocurrió, para romper elembarazoso momento:—Veo que sigues usando Hugo Boss...—Soy un clásico. Pero tú si estás muy cambiada —dijo cogiéndole lasmanos y contemplándola de pies a cabeza—. ¿Y tus gafas?—Ya te dije que cuando ganase dinero, una de las primeras cosas queiba a hacer era operarme la vista. Adiós a las gafas para siempre.—Estás guapísima... Siempre te ha sentado bien el rojo.—Tengo mucha ropa de ese color. Tú me aconsejaste que lo usara, y yosiempre he confiado en tu buen gusto. En realidad, ahora tengo mucharopa de todos los colores. El bufete es muy exigente en lo tocante alvestuario de sus empleados. Es lo que se espera de un abogado.—Sí, dímelo a mí que odio los trajes y los uso siempre para trabajar.Pero no me siento cómodo con ellos. Siempre que puedo, me quito lachaqueta y la corbata —dijo señalando ambas prendas, colocadas en unperchero en una esquina del despacho.Susana clavó la mirada en las manos de Fran, que aún tenía agarradaslas suyas, de dedos largos y suaves y pudo ver que no había ningún anilloen ellas. Aunque eso no significaba necesariamente que no tuviera pareja,respiró aliviada.Al darse cuenta de su mirada, la soltó.—Siéntate —dijo señalando una silla frente a la suya, al otro lado de lamesa.—No puedo quedarme mucho rato. Isaac está abajo esperándome con elcoche en doble fila. Ya sabes cómo es aparcar por aquí.—¿Sigue con Merche?—Se casaron hace dos años y ahora han tenido un niño. Yo vengo aconocerlo.—Eso es estupendo. Dales recuerdos de mi parte. Y tú, ¿estás casada?—No tengo tiempo, trabajo día y noche. Ningún marido aguantaría miritmo de trabajo. ¿Y tú? —preguntó tratando de que su voz sonara normal.—Tampoco.Susana abrió el portafolios y sacó una carpeta llena de documentos.—Esto es para ti.—En realidad es para mi padre. Él se ha marchado ya. Bueno, tengo queconfesarte que no le he dicho que ibas a traerlos, quería recibirte yo, sinque él estuviera delante. Supongo que te da igual dármelos a mí. Yo meencargaré de hacérselos llegar el lunes.—Yo también prefiero hablar contigo sin que él esté delante.Comprueba si está todo.—Seguro que estará. Eres muy concienzuda.—Compruébalo. Tendrás que firmarme un recibo.—De acuerdo. Sigues siendo la mismsolo se ocupa de los casos que le apetece, pero entre mi padre y yologramos sacar el trabajo adelante.—¿Te has adaptado bien a trabajar con él?—No, no trabajamos juntos. No se puede mezclar el agua y el aceite.Cada uno lleva sus propios casos y el otro no suele intervenir, salvoalguna consulta o algo muy específico.—¿Y la gente? ¿Sabes algo de ellos?—Por supuesto. Inma y Raúl se fueron a vivir juntos al terminar lacarrera, Ambos trabajan en el bufete Hinojosa, aunque Raúl solo por lamañana porque está preparando las oposiciones a la judicatura, que salenel año próximo. Voy con frecuencia a cenar a su casa.—¿Y Maika, Lucía...?—Todos eran de fuera de Sevilla, y una vez que se marcharon, perdí elcontacto. Tengo que reconocer que fue culpa mía, pero Inma sé que sigueen contacto con algunos. Puedes preguntarle a ella, si quieres. Te daré suteléfono por si te apetece llamarles. Se alegrarán mucho de saber de ti.La secretaria entró llevando un documento en la mano. Fran lo firmó yse lo tendió a Susana.—Tu recibo —y añadió mirando la hora—. Puedes marcharte, Maite, yason las dos. Yo cerraré. Buen fin de semana.—Gracias, señor Figueroa. Igualmente.—Yo también tengo que irme —dijo Susana levantándose—. No puedoseguir teniendo a Isaac aparcado en doble fila. Si le ponen una multa pormi culpa no me lo perdonaré. Ahora tienen otra boca que alimentar.—Bien. —Se levantó a su vez y se acercó a ella para despedirse—.Oye... ¿Crees que podrías alejarte de tu sobrino por unas horas paraalmorzar o cenar conmigo? Me gustaría que charláramos con mástranquilidad.—Claro que sí.—¿Cuándo te viene bien?—A mí me da igual, cuando tú quieras.—¿Esta noche?—Bueno.—¿Te parece bien a las ocho y media?—De acuerdo. ¿Dónde?—Dame la dirección y yo iré a buscarte. Porque supongo que Mercheno vive en el mismo sitio.—No, se compraron una casa en Bormujos. Pero no hace falta que tedesplaces hasta allí, hay una buena combinación de autobuses.—Ni hablar. Iré a buscarte y así aprovecho para saludarles y conocer yotambién a ese nuevo miembro de la familia.—De acuerdo. Te la apuntaré —dijo cogiendo una de las hojas del blocde notas que había sobre la mesa.—Y tu teléfono, por si acaso me retrasara.—De acuerdo, también mi teléfono.—Ten tú el mío. Este es el móvil y este el fijo.—¿Ya no vives en el mismo sitio? —preguntó mirando el prefijo.—No. En cuanto empecé a trabajar me independicé. Ahora tengo unático en Triana con una terraza increíble.—¿Para ti solo? —No pudo evitar preguntar.—Para mí solo. Manoli viene una vez por semana para limpiar ycocinar y luego yo voy calentando todo lo que deja en el congelador.—¿Sigues sin saber freír un huevo?—Tanto como eso, no, pero cocinar, cocinar, tampoco. Lo mío son lasbarbacoas, ya lo sabes.Susana no pudo evitar recordar el viaje a El Bosque, donde se encargóde preparar la carne.—A Manoli le encanta cuidarme. Yo he tratado de que me deje contratara otra persona para que limpie, pero siempre me salta con que si quierolibrarme de ella. Y en realidad a mí me gusta que venga. Comemos juntosese día y charlamos. De ti, a veces. Me contó lo del día de la graduación.Una ligera sombra cruzó por los ojos de Susana al recordar ese día, yFran, dándose cuenta, cambió de conversación.—Bueno, no te entretengo más. Te veré esta noche.—Hasta luego.La acompañó hasta el ascensor y luego se asomó a la ventana para verlasalir del edificio, cruzar la calle y subir al pequeño Toyota que habíaaparcado en la acera de enfrente, en doble fila.El despacho se había llenado con su presencia, y él se sentía sumamentealterado. El breve abrazo, tocar sus manos, escuchar su voz, habíanactivado recuerdos que jamás se habían borrado y sacado a la luzsentimientos que siempre habían estado ahí, aunque hubiera logradoesconderlos en un rincón apartado de su alma y de su mente.Cogió la carpeta de documentos y la llevó hasta el despacho de supadre, dejándola sobre la mesa vacía. Fran se había alegrado de quetuviera que ocuparse de un asunto que le había hecho salir a mediamañana. No quería que se encontrara con Susana, y él no pensaba decirleque ella había estado allí.No le había perdonado que se interpusiera entre ellos y le hubieraobligado a separarse de ella para no destrozar su carrera.Nunca habían tenido una relación fuerte padre e hijo antes, pero desdeaquel momento, la poca que había se había terminado. Él se habíamarchado de casa inmediatamente. Cuando sus padres regresaron deLaredo aquel verano, él ya se había mudado a un piso alquilado y pocodespués se había comprado el ático donde ahora vivía. Y desde entonces letrataba más como a un compañero de trabajo que como a un padre, y surelación se limitaba a temas estrictamente profesionales. Se presentabapuntual el lunes en el despacho y se marchaba el viernes, sin hacercomentario alguno de cómo, dónde o con quién pasaba su tiempo libre.Iba a comer con ellos en Navidad o en los cumpleaños, como si de unavisita de cumplido se tratara.Miró el reloj. Pasaban de las dos y media. Cerró el despacho y se fue asu casa.Susana entró en la alegre casa de su hermana mientras su cuñado sacabala pequeña maleta del coche. Ella estaba impaciente por abrazar a Merche,en cuyo parto no había podido estar presente por asuntos de trabajo, yconocer a su sobrino. Una cosita pequeña, muy morena, y el vivo retratode su padre.—Caray, Isaac... ¡No podrás decir que mi hermana te ha puesto loscuernos! Eres tú en enano.—Ya te lo dije —comentó Merche—. Otro cabeza dura con el quebregar. Cógelo si quieres.—Está dormido. Luego, cuando se despierte.—No lo hará. Duerme todo el tiempo. Lo cojo, le doy el pecho, locambio y antes de que haya terminado ya está dormido de nuevo.—Te quejarías si no lo hiciera y se pasara la vida llorando como hacíami primo pequeño —rio su marido—. Nos tenía desesperados a todos.—¿Y tú cómo estás? —le preguntó a su hermana, que presentaba muybuen aspecto, aunque con algún kilo de más, los pechos hinchados y elvientre aún sin haber perdido del todo la forma del embarazo.—Muy bien. Tratando de recuperar el tipo poco a poco. ¿Y a ti, cómo teha ido?—Muy bien. El vuelo ha sido tranquilo y corto...—No me estoy refiriendo al vuelo.—Ya... bien también.—¿Solo piensas decirme eso? ¿Cómo está Fran?—Muy guapo. Demasiado para mi paz espiritual. Y tan encantadorcomo siempre. Pero puedes comprobarlo por ti misma. Hemos quedadopara cenar esta noche. Vendrá a recogerme a las ocho y media.—¿En serio? Cariño, eso es estupendo.—Merche, Merche... para, que te conozco. No se te ocurra lanzar alvuelo tu imaginación, ni sacarte ninguna conclusión de la manga.—Claro que no. Solo me estoy alegrando de que vuestro encuentro nose vaya a limitar a un simple y frío intercambio de papeles.—Sí, yo también me alegro. Me hubiera dolido que hubiera sido así.Fran y yo compartimos tantas cosas... Lo nuestro fue tan especial...Un leve gemido procedente de la cuna cortó la conversación. Susanacogió a su sobrino y le besó, y se olvidó de Fran por el momento.A las ocho, Susana terminaba de arreglarse sintiéndose más nerviosaque nunca antes en su vida, incluyendo el primer día de facultad, cuandoescuchó el timbre de la puerta. Se miró al espejo y la imagen le devolviólo que esperaba ver. Una mujer atractiva, aunque no guapa, y segura de símisma, y no el manojo de nervios que era en realidad.Había pasado un poco de apuro para arreglarse porque su intención erameter en la maleta ropa cómoda. Pero al saber que iba a reunpañoleta para echársela sobre los hombros en caso de que hiciera frío porla noche.Cuando bajó, Fran estaba sentado con Merche en el salón y amboscharlaban, por supuesto, del pequeño.—No le dejes criarse solo —decía Fran—. No hay nada más triste queun hijo único. Te lo digo por experiencia. Siempre envidié esa amistad ycamaradería que teníais Susana y tú. Hubiera dado cualquier cosa portener un hermano o una hermana con quien poder hablar. O con quienpelearme, como Raúl con sus hermanos.—Hablando de hermanos. Mira, Susana ya baja.Fran se levantó. Vestía un pantalón gris claro de corte informal y unacamisa negra de manga larga, por fuera del mismo. Le sonrió.—Tienes un sobrino precioso.—No se te ocurra decir lo contrario o Merche te matará.—No soy yo la única que lo dice, ¿eh? Todo el mundo opina lo mismo.—Claro que sí, es la verdad —añadió Fran.—Mira lo que le ha traído —dijo Merche cogiendo una caja que habíasobre la mesa y mostrando un sonajero con unos dados de colores unidosen un tronco común—. Yo le he dicho que no tenía que haberse molestado,pero...—Es un placer. Quiero que tenga un regalo mío.—Nos vamos cuando quieras —dijo Susana deseando salir de allí antesde que Merche dijera algo que no debía—. Volveré pronto. Quieroayudarte con el pequeño mañana.—No le hagas caso, Fran, y haz que se divierta. En Barcelona no hacemás que trabajar. Puedo arreglármelas perfectamente yo sola con el niño.—No te preocupes. Haré que se divierta y luego te la traeré a casa...como siempre lo he hecho.—Hasta luego entonces. Y ha sido estupendo volver a verte, Fran.—Lo mismo digo.Susana cogió la pañoleta y el bolso.Al salir a la calle instintivamente buscó el Opel Corsa caldera, pero nolo vio. Fran se dirigía a un Audi negro y lo abrió con el mando a distancia.—Coche nuevo...—Sí. El corsa empezó a dar problemas. Y supongo que este le pega mása un abogado.—Es muy bonito. Yo tengo un BMW metalizado.—¡No me digas! No te imagino conduciendo.—No es que me guste especialmente, pero en Barcelona las distanciasson enormes. No ganaría para taxis. Además, vivo en un barrio de lasafueras. Allí los pisos son más baratos y es más tranquilo que el centro.—¿Vives sola?—Sí. Compartí piso con una chica al principio para no sentirme sola.Pero acostumbrada como estaba a Merche, no pude adaptarme a otrapersona. Y en cuanto pude alquilé un apartamento pequeño y me mudé allí.Habían subido al coche y Fran enfilaba la autovía que bajaba hastaSevilla.—Y nunca he vuelto a compartir mi casa —siguió hablando—. Me hedado cuenta de que para vivir con alguien tienes que conocerle muy bien oquererle mucho.—O estar muy enamorado.—Eso va incluido en querer mucho.—¿Tienes pareja? —le preguntó él mirándola de reojo.—No... ¿Y tú?—Tampoco.Susana, sin saber por qué se vio en la necesidad de aclarar.—Lo intenté un par de veces, pero no funcionó. Ninguna de las dosllegó a los tres meses.—¿Culpa tuya o de ellos?—Mía, supongo. Sigo siendo una empollona, aunque ahora del trabajo.Y no puse en la relación todo lo que debía. ¿Y tú, has tenido alguna novia?—No... solo encuentros esporádicos. Los míos ni siquiera llegaron atus tres meses.—¿Dónde vamos a ir a cenar? —preguntó ella cambiando de tema. Laconversación se estaba haciendo demasiado íntima, demasiado peligrosa.—He reservado mesa en Manolo León, en una de las bocacalles deTorneo. Se come muy bien; el problema va a ser aparcar por allí.—Puedes buscar donde aparcar en otro sitio y pasear hasta allí. Siempreme ha gustado pasear por Sevilla, y hace mucho que no lo hago.—Toda la zona de Torneo es mala para aparcar. Pero podemos dejar elcoche en el garaje de mi casa y caminar hasta el restaurante. Así sabesdónde vivo ahora. La verdad es que la noche está muy agradable parapasear, y tenemos tiempo. Y si nos retrasamos tampoco supone problemas.Mis padres son clientes habituales, y como la reserva está a nombre deFrancisco Figueroa, no pueden saber que no es para él. Trato de evitar lossitios que frecuentan ellos, pero esta es una ocasión especial.—¿Por algún motivo? ¿No llevas bien trabajar con tu padre?—Llevo mal a mi padre. A mi compañero de trabajo, bien.—No comprendo.—Tuvimos un problema hace algún tiempo, y me marché de casa. Larelación padre e hijo se deterioró mucho, y nunca se ha recuperado.Trabajo con él porque el bufete era de mi abuelo, no suyo, y consideroque tengo tanto derecho como él a hacerlo. Y cuando se jubile, será mío.—La tercera generación de abogados Figueroa, ¿no?—En realidad la segunda. El bufete era de mi abuelo materno, Robles enun principio. Mi padre entró a trabajar allí y acabó casándose con mimadre. A veces pienso que fue un braguetazo. Aunque hay que reconocerque mi padre es muy bueno. Muy despiadado, pero muy bueno.—No seas duro.—No puedo pensar otra cosa. No creo que se quieran, solo se utilizan.Al menos no como nos quisimos nosotros. Conviven, se soportan y metuvieron a mí para perpetuar el apellido y el bufete. Nada más. Eso es loúnico que les importa.Susana le miró con curiosidad.—Siempre te quejaste de que no te echaban demasiada cuenta, pero deeso a la amargura que ahora percibo en tus palabras, hay un mundo. Algomuy terrible debió pasar entre vosotros para que digas eso.—Me pusieron entre la espada y la pared, y tuve que elegir la espada.Pero no quiero hablar de eso... aún duele. Y en el despacho nosentendemos. Él lleva sus casos y yo los míos. Por suerte me especialicé enDerecho Mercantil, un tema que él no domina demasiado, así que nuestroscaminos no se cruzan más que al entrar y salir del trabajo, y no siempre.El resto de la relación con mis padres es casi inexistente. Las comidas deNavidad, cumpleaños y alguna que otra ocasión señalada. Y todos somosmuy amables y corteses los unos con los otros.—Dios mío, qué pena me das... ¿de qué os sirve tanto dinero? Yo echotanto de menos a mi familia... y aprovecho cualquier puente o fiesta paravenir a casa y pasar unos días con ellos.—¿Vienes muy a menudo a Sevilla?—No, a Sevilla no. Casi siempre nos reunimos en Ayamonte. Merchesigue yendo todos los fines de semana. En esta ocasión he venido yo aquíporque ella hace apenas una semana que dio a luz y no quiere meter alniño en un viaje tan pronto. Y tampoco es aconsejable para ella. Íbamos areunirnos todos aquí, pero mis padres han estado unos días en Sevilladesde que se puso de parto hasta que nació y le dieron de alta y mi padreno ha trabajado, y si no sale al mar, no gana. Así que se han tenido quequedar en casa. Pero hubiera sido una fiesta reunirnos todos. Siempre loes. Isaac también disfruta mucho con esos encuentros. Él y mi padre sellevan muy bien, salen juntos al mar a pescar cuando está en Ayamonte.—Tus padres parecían estupendos. Yo nunca tuve la ocasión deconocerles. Probablemente a mí me hubiera pasado como a Isaac.—Estoy segura de ello. Mi abuela, sobre todo, te hubiera cogido muchocariño... Yo siempre he sido su nieta favorita, y siempre me está azuzandopara que me eche novio. Dice que no quiere morirse sin haberle dado elvisto bueno a mi hombre.—¿Vive aún?—Sí.—Entonces quizás aún pueda salirse con la suya.—Está muy mayor, y muy delicada. No sé...—Cuando hablabas de tu abuela siempre me pareció encantadora.—Toda mi familia lo es.—Y yo dejé pasar la oportunidad de pertenecer a ella...—Son cosas que pasan.Se produjo un silencio mientras Fran enfilaba la ronda de Triana, yentraron en una zona completamente cambiada según los recuerdos deSusana. A mitad de la avenida se detuvo, y con un mando a distancia quesacó de la guantera, abrió la puerta de un garaje subterráneo.—Mi casa está arriba, en el ático. Tengo un dúplex con una terraza detreinta metros. Es una maravilla. Manoli la tiene llena de plantas.—Tiene que ser estupendo vivir en un sitio así. A mí siempre meencantaron las plantas, pero ahora no tengo tiempo de cuidarlas... quizásalgún día.—Tampoco yo paso mucho tiempo en mi casa. Durante la semanatrabajo y los sábados y domingos me suelo ir al campo. Me he aficionadoal senderismo y me voy a vagar por los montes con un grupo deexcursiones organizadas. No me gusta pasar mucho tiempo solo, se mecae la casa encima.—A mí en cambio me encanta dedicar el domingo a vaguear. Me quedoen casa, en pijama, con el pelo recogido con una pinza, sin peinar, sinmaquillar y comiendo lo primero que encuentro en el frigorífico.Leyendo o viendo películas.Fran había aparcado el coche en una esquina entre dos líneas con elnúmero 14 y ambos salieron de él.—¿Quieres subir a ver mi choza? —preguntó Fran. Miró el reloj—,aunque vamos un poco justos, si tenemos que ir andando. Quizás a lavuelta.Susana no respondió, deseando subir para averiguar si su piso separecería a su habitación de la casa de sus padres, con el sistema demúsica conectado a unas luces y a una cama que se movía. Quizá le dijeraen el tipo de hombre en que se había convertido, aunque ella no le veíademasiado cambiado. Más serio quizás, menos impulsivo, más comedidoen sus gestos. El Fran que ella recordaba era muy expresivo en sus gestos,siempre estaba alzando las manos cuando hablaba, siempre le ponía lamano en el brazo o en la espalda, incluso cuando no estaban saliendojuntos. En los primeros tiempos en que solo eran amigos ella se poníamuy nerviosa siempre que la tocaba y él lo hacía continuamente. Pero yallevaban juntos mucho rato y él no había perdido el control de sus manosen ningún momento. Gracias a Dios, porque si él empezaba a tocarla ellano sabía cómo reaccionaría. Su presencia le estaba afectando físicamentemucho más de lo que quería admitir.Fran cerró el coche y la acompañó en el ascensor hasta el portal ysalieron a la calle.—¡Cómo ha cambiado toda esta zona en tres años! Debe de haberserevalorizado mucho.—Y sigue haciéndolo. A mí el piso me costó un dineral, pero aprovechéuna casa que me dejó mi abuela en el pueblo para pagar la entrada. Ellahubiera entendido que la vendiera. De hecho, sé que me la dejó para eso.Cuando murió, yo aún no tenía claro lo de ser abogado y quiso darme laoportunidad de elegir otra cosa, sin tener que depender económicamentede mis padres. Le fastidiaba bastante la presión que ejercían sobre mí coneso de la tercera generación de abogados en la familia. Nunca le estaré lobastante agradecido por ello, porque me dio la oportunidad de irme deaquella casa en la que no podía seguir.—Pero trabajas con tus padres.—Sí. Hubo un momento en el que pensé abrir mi propio bufete, peroluego llegamos a un acuerdo para mantener nuestras carrerasprofesionales por separado, y decidí usar el dinero para la casa.Habían empezado a caminar uno junto al otro por la ronda de Triana endirección al Puente del Cachorro, y después giraron por Torneo hacia elrestaurante.—Pero ya basta de hablar de mí. Cuéntame cómo te llevas con loscatalanes.—Bien. Nos respetamos mutuamente.—Habrás aprendido el catalán, supongo.—Sí, un poco. A ver, qué remedio.—Conociéndote, ese un poco significa que lo hablas perfectamente.—Tengo que defender a gente en catalán, no puedo permitirmedesconocer los matices.—¿Vas a los juicios? Antes esa idea te aterraba, eras más bien depreparar el trabajo de campo. Cuando hacíamos los trabajos en equiposiempre dejabas que yo los expusiera.—A todo se acostumbra una. Ya no soy tan tímida como cuando meconociste. Aunque a veces todavía hay cosas que me cuestan un poco. Perome esfuerzo en superarlas.—También has cambiado físicamente. Ese peinado te da un airediferente.Ahora fue ella quien se echó a reír.—Cuando vieron mi pelo, mis compañeras de trabajo se horrorizaron yme recomendaron un centro de estética. Allí hicieron un estudio de micara y me hicieron este corte de pelo, me pusieron unas mechas, ybueno... todo lo que ves ahora. Y creo que acertaron, que me sienta bien.—Te sienta muy bien. Aunque a mí me encantaba mi chica de la coleta ylas gafas —dijo él con un acento nostálgico en la voz—. Y los calcetinesmusicales.Susana no quiso mirarle cuando dijo:—Esa chica ya no existe, así como tampoco el Fran de la melena alviento. Pero los calcetines aún los tengo, tanto los que me regalaste túcomo los otros. Me los pongo en casa, cuando quiero sentirme a gusto.Se produjo un silencio prolongado mientras cruzaban la ancha avenida.Cuando ya se acercaban al restaurante, Susana habló de nuevo.—Fran, me gustaría pedirte un favor.—Por supuesto. Lo que quieras.—Déjame pagar a mí esta noche.—De eso nada. Yo te he invitado y he elegido el sitio...—Y si lo frecuentan tus padres debe ser muy—Siempre me han encantado los postres, y el pescado no me gustacomo lo cocinan en Cataluña. Lo condimentan demasiado.—Y el helado. Si hay un helado de postre, tú lo pedirás.—En efecto. A ver si adivino lo que vas a pedir tú. Carne por supuesto.—Por supuesto.—¿El chuletón?—El chuletón.—Y un revuelto de primero.—También. ¿Y de postre?—¿La macedonia de fruta al licor?—Es lo que me gustaría pedir, pero tengo que conducir para llevarte devuelta a Bormujos. La fruta con el licor pega, y por aquí los controles dealcoholemia se han puesto muy serios. En todas las salidas y entradas aSevilla se pone la guardia civil los fines de semana. Pediré una de lastartas, preferentemente de nata. Me encanta la nata.Susana lo miró, recordando bruscamente la última noche que habíanpasado juntos, cuando ambos se habían llenado de nata todo el cuerpo y sehabían lamido uno al otro antes de meterse en el jacuzzi. Cuando susmiradas se cruzaron supo que también Fran se había acordado de lomismo, aunque su intención al hablar de la nata no hubiera sido hacerlerecordar aquello.Les trajeron la comida y por un rato se limitaron a comerla en silencio,haciendo solo algún comentario sobre la calidad de los platos y de labebida. Luego, Fran le preguntó por sus casos, y ella le contó algunasanécdotas y después Fran le dijo que Inma y Raúl se habían ido a vivirjuntos y que seguían colados el uno por el otro. Cuando acabaron decomer, Susana sacó la tarjeta de crédito y pagó con ella sin mirar siquierael importe de la cuenta.—¿Qué tal sienta eso de pagar sin mirar siquiera el precio de lo quepides? —le preguntó Fran, recordando cómo ella, años atrás, habíamirado cuidadosamente las cartas para pedir algo que pudiera costearse,cuando insistía en que cada uno pagara lo suyo.—Estupendamente. Alguna compensación había de tener el estar sola, amás de mil kilómetros de los tuyos. Aunque a mí no me compensa.—¿Por qué sigues allí entonces?No quiso decirle que a causa de él. Que el día que le olvidara,regresaría a Sevilla, o a Huelva, o a algún otro sitio más cerca de sufamilia, pero que aún no se sentía capaz de vivir cerca y no llamarle, ymucho menos saber que tenía otra vida al margen de ella. Y decidiódecirle el otro motivo por el que permanecía en Barcelona.—Porque profesionalmente estoy disfrutando mucho. En un bufete tangrande como Bonet y Rius, se presentan casos que ni remotamente se venen uno pequeño. Pero desde luego, mi estancia en Barcelona es temporal.Cuando considere que ya he visto los suficientes casos interesantes,volveré a mi tierra y buscaré trabajo aquí. Cerca de los míos. Los añoroterriblemente, y no quiero ni pensar ahora que tengo un sobrino. Meencantan los críos. Yo seré su madrina, ¿sabes?—¿Y el padrino?—Algún primo de Isaac, supongo. Él no tiene hermanos y a mi padre nole gustan esas cosas.—Bueno, dile que si no tiene padrino para el niño, aquí está el tío Fran.—No se lo insinúes siquiera a Merche o te tomará la palabra. Losprimos de Isaac le caen fatal.—Yo tampoco le he dado motivos para caerle muy bien.—Merche tenía debilidad por ti.—Ya, pero seguramente ahora no piensa lo mismo. Hoy ha estado muyamable conmigo, pero supongo que se trata solo de cortesía.Susana se echó a reír.—Merche no es una persona cortés. De hecho, durante el tiempo queestuvimos saliendo juntos, amenazó con cortarte los huevos varias veces,aunque tú nunca te enteraste.—Debió hacerlo. Después de cómo te dejé.—No digas eso, tú no me dejaste. Lo nuestro terminó porque tenía queacabar. Porque había llegado el momento, y tanto ella como yo lohabíamos sabido siempre.Regresaban paseando, desandando el camino por las calles iluminadas ycon el tráfico escaso. Al llegar al centro comercial Plaza de Armas, que enmuchas ocasiones había sido lugar de reunión de la pandilla, Fran dijo:—Tú has pagado la cena. Deja que ahora yo te invite a una copa.—Has dicho que no podías beber, que tienes que conducir.—Tomaré algo sin alcohol. O una infusión. Inma me está aficionando alas hierbas. Voy con frecuencia a su casa y siempre acabamos tomandoalguna infusión al final de la velada, porque yo debo coger el coche pararegresar.—¿Viven muy lejos?—En Montequinto. ¿Qué? ¿Aceptas la copa?—Por supuesto —respondió encantada de alargar la noche y retrasar elmomento de despedirse. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan feliz.—Entremos en el Buda. ¿Tú llegaste a conocerlo?—Sí, aunque creo que solo estuve una vez.—¿Prefieres discoteca o zona de copas?—Zona de copas... quiero hablar sin tener que dar gritos.Entraron el local y buscaron un rincón tranquilo donde sentarse, aunqueno había mucho sitio libre. Se sentaron en un banco adosado a la pared, enuna zona tenuemente iluminada.—¿Qué vas a beber?—Creo que un Malibú con piña. Hace años que no lo tomo.—¿Allí no lo ponen?—No lo sé. Nunca lo he pedido. Es una bebida que asocio con Sevilla ycon la gente de Sevilla, y no me apetece tomarlo allí. Además, allíconduzco, y nunca bebo cuando tengo que coger el coche, que es siempre.—Seguro que eres una buena conductora.—Soy prudente.El camarero se les acercó y pidieron un Malibú con piña y una tónicapara Fran.—Lamento que estés sin beber por mi culpa. Si quieres puedo coger untaxi, no tienes que llevarme a Bormujos.Él sonrió.—Siempre te he llevado a casa, y eso no va a cambiar porque ahoraseas una abogada famosa.—Por Dios, no soy famosa.Susana dio un largo trago a su vaso y el sabor dulzón de la bebida hizoque los recuerdos la asaltaran con más fuerza aún. Paladeó la bebida y suslabios casi esperaron sentir el sabor de los de Fran a continuación, comotantas otras veces. Él solía besarla después de beber, decía que le encantabacómo sabía el Malibú con piña en su boca.—¿Sabe igual que siempre? —le preguntó al notar cómo ella saboreabael trago.—Sí, igual que siempre.Fran se inclinó un poco sobre ella, acortando la distancia, y le preguntómirándola fijamente a los ojos, como si intentara leer en su alma:—¿Puedo pedirte también yo a ti una cosa?—Claro... —dijo mientras pensaba: «no me mires así, por favor... Nome mires así».—Cuando vengas a Sevilla a ver a tu hermana o a Ayamonte, ¿querríasllamarme para tomar aunque sea un café conmigo?—Ya te he dicho que apenas vengo a Sevilla, pero a Ayamonte voysiempre en los puentes y en todas las fiestas. ¿Irías hasta allí solo paratomar un café?—Sí, iría.—Entonces, te prometo que te llamaré. Y alguna vez que venga a Sevillapodríamos quedar con Inma y Raúl. Me gustaría mucho volver a verlos.—¿Quieres que les llame para este fin de semana?—No sé si podré. Lo tengo un poco complicado, quiero acercarme enalgún momento a ver a mis padres también. Tenía pensado ir mañana porla noche o quizás el domingo por la mañana temprano y regresar por latarde.—¿A qué hora tienes el vuelo?—A las nueve de la noche. Me daría tiempo de ir y volver en el día.—Este fin de semana va a suponer para ti una paliza.«No sabes tú cuánto, sobre todo emocional», pensó, pero dijo:—No es paliza para mí ver a mi gente. Lo malo es cuando regreso.Siento mucho más su falta que antes de venir, y siempre me lleva unos díasadaptarme.—Cuando te decidas a regresar, también me gustaría que me llamaras.Ahora tengo alguna influencia en el mundillo judicial y podría ayudarte aencontrar trabajo. Si quieres, claro.—Te prometo que serás el primero a quien llamaré.—Y... ¿Te importaría si te llamo alguna vez? Ahora que hemos vueltoa encontrarnos, no quisiera perder el contacto de nuevo.—Me encantará que me llames. Yo... te llamé una vez para saber de ti,pero me salió un buzón de voz diciendo que tu antiguo número ya noexistía.—Perdí el móvil y quienquiera que lo encontrara, lo dio de baja.Cuando me compré otro, me dieron un número distinto. Tu númerotambién es diferente... yo también te llamé una vez.—La empresa me dio uno de última generación. Tienen un contrato deesos especiales para empresas, y todos los números están relacionadosentre sí con tarifas planas. No pude elegir el número, y me parecíabastante tonto mantener dos teléfonos. Y pensé que si alguien queríaponerse en contacto conmigo, siempre podía localizarme en el bufete. Elnúmero está en la guía.—Sí, es cierto. Quizás debí intentarlo allí.—Es raro que nunca hayamos coincidido, teniendo nuestros bufetescasos en común.—Es mi padre quien los lleva y nunca suelo inmiscuirme en sus casos.Hasta ahora, claro. No podía permitir que vinieras al bufete y le entregarasa él los documentos, sin hablar siquiera conmigo.—Nunca hubiera estado en el bufete sin saludarte, Fran. Nunca.Él dio un sorbo a su vaso y se percató de que el de Susana estaba vacío.—¿Quieres otro?—No, me marearía.—Tú no tienes que conducir.—Además, ya es tarde, son más de las dos. No quiero hacerte llevarmea las tantas.—A mí me da igual la hora. No tengo ninguna prisa.—No, es hora de irnos. —Suspiró—. Merche le da de comer al niñosobre las tres de la mañana. Sería una buena hora para llegar y nomolestar a nadie.—Como quieras.Fran pagó y ambos salieron de nuevo a la calle. En esta ocasión Susanase echó la pañoleta sobre los hombros, sintiendo un poco de frío al salir.Fran se colocó a su lado y caminaron despacio, cruzando el Puente delCachorro con pasos lentos y perezosos, alargando el camino de formaevidente.—¿Sabes?, me siento muy raro paseando contigo sin cogerte de lamano. Siempre íbamos de la mano a todas partes, ¿te acuerdas? Nosllamaban los tórtolos de la facultad.—Puedes cogerme de la mano si quieres —dijo ella deseando que lohiciera. Al momento sintió los dedos de Fran buscar los suyos y la antiguasensación se apoderó de ella. Era la primera vez que la rozaba en toda lanoche.—Sigues teniendo la mano tan suave como siempre.Susana no contestó. Caminaron en silencio por la puerta de Triana yenfilaron la Ronda hacia la casa de Fran. Susana se preguntó si la invitaríaa subir para conocer su terraza, como había hecho antes de cenar, y supoque si pisaba aquella casa, no iba a dormir en Bormujos. A lo largo de lanoche la sensación de intimidad había ido en aumento, el pasado se habíaido acercando y los tres años de separación se habían hecho casiinexistentes. En aquel momento, paseando de la mano, se sentía laestudiante que paseaba con su novio esperando impaciente llegar a un sitiodonde pudieran estar a solas. Y en aquel momento, ella deseaba estar asolas con Fran desesperadamente.El silencio entre los dos era pesado, opresivo y Susana sabía que él leestaba leyendo los pensamientos. Siempre había sido así. Fran siemprehabía sabido cuándo ella le deseaba, aunque estuvieran rodeados de gente,aunque no se hubieran dicho una palabra. Y aquella noche no era unaexcepción, por mucho tiempo que hubiera pasado. Quizás por eso éltambién estaba tan callado.Al fin llegaron al portal, y Fran le soltó la mano para abrir. Cruzaron elportal a oscuras y se dirigieron al ascensor, Susana conteniendo larespiración y esperando que la invitara a subir. Él alargó la mano hacia elbotón del sótano y se detuvo antes de pulsarlo. Se volvió hacia ella y lepreguntó con voz ronca y suplicante:—¿De verdad quieres que te lleve a Bormujos?Susana negó con la cabeza, incapaz de hablar. Él le agarró la cara entrelas manos y pocos segundos después se besaban como locos. Susanadeslizó los brazos por los costados de Fran hacia la espalda, tocó losmúsculos duros bajo la tela de la camisa y se embriagó con el perfume aHugo Boss. Él tanteó a ciegas con los dedos sobre la botonera delascensor, apretando el último, y la máquina empezó a subir con un lento yperezoso movimiento, mientras ellos seguían besándose. Se separaron alllegar arriba, al sentir las puertas automáticas abrirse a sus espaldas.Fran la agarró de la mano y tiró de ella hacia la única puerta de laplanta, que abrió con mano temblorosa, y la hizo entrar rápidamente.Susana apenas vio el lugar en que se encontraba. Sin siquiera encender laluz, con la habitación iluminada por la poca claridad que entraba por unbalcón entreabierto a la perfumada noche sevillana, Fran volvió a besarlacon la misma intensidad que siempre le había invadido después de pasarun tiempo sin verse.Susana sintió cómo le quitaba la pañoleta de los hombros y ledesabrochaba la cremallera del vestido, y, sin dejar de besarla, lalevantaba con un brazo llevándola en vilo hasta una de las habitaciones.Después la soltó en el suelo y se dirigió hacia una enorme cama casicuadrada, y de un brusco tirón quitó la colcha que la cubría. Se volvióhacia ella de nuevo y se miraron por un momento en la penumbra. Fransusurró con voz emocionada:—Te quiero... Nunca he dejado de quererte.—Yo tampoco.Se abrazaron de nuevo y él enterró la cara en su cuello, besándolo,chupándolo y mordiéndolo, como había hecho en el pasado. Susanaempezó a desnudarle, impaciente también por sentir su cuerpo contra ella,mientras Fran acababa de despojarla del vestido, y luego se dejaron caeren la cama sin terminar de abrirla.Las manos de Fran, tan hábiles en el pasado, se volvieron torpes en suprisa por terminar de desnudarla, desgarrando las bragas y arrojándolasal suelo sin ningún miramiento. Y su boca, ansiosa, la recorrió deprisa,como si quisiera devorarla toda entera a la vez.Tampoco Susana podía esperar. Llevaba toda la noche conteniéndose,llevaba años esperándole, y cuando vio que él bajaba la cabeza desde suspechos hacia el ombligo, le agarró del pelo con suavidad y le hizo subirhasta su boca y besarla. Enroscó las piernas en torno a sus caderas y eseleve movimiento fue suficiente para que Fran entrara en ella sin ningúnesfuerzo.Los tres años de separación se borraron de inmediato, los cuerpos sereconocieron recuperando el antiguo ritmo que no habían olvidado.Se amaron con pasión, con desesperación, como si les fuera la vida enello. Susana volvió a experimentar sensaciones que no había sido capaz desentir con ningún otro hombre y se movió contra el cuerpo de Franalzando las caderas, queriendo fundirse con él y que jamás pudieransepararse.Cuando todo acabó, cerró las piernas impidiéndole salir, intentandoretenerle en su interior, quizás para siempre. Y sintió que una cálidahumedad se deslizaba por su cara cuando Fran se relajó sobre ella,mojándole también a él en la mejilla. Él levantó la cabeza y le enjugó laslágrimas con besos.—No llores, vida... no. Hoy no. —Y la besó con suavidad en los labios.Susana entreabrió los suyos y se besaron despacio, recreándose el uno enel otro, largamente. Después, ella le sonrió entre lágrimas y le susurró,acariciándole la cara:—Mi amor... mi único amor.Él se incorporó y se tendió a su lado, encendiendo al fin la lámpara quehabía en la pared justo encima de sus cabezas.Solo entonces Susana vio la rosa roja colocada sobre la mesilla.—¿Dónde vas? —le preguntó Fran alarmado—. No irás a irte, ¿verdad?La noche no ha hecho más que empezar... Tengo nata —añadió tentador.—Y una rosa roja.—También.Susana le miró sonriendo.—Voy a ponerle un mensaje a Merche para que no me espere.Cogió el móvil y tecleó durante unos segundos: «No me esperes; mequedo en Sevilla».Poco después recibió la respuesta: «No te esperaba».Lanzó una carcajada y soltando el teléfono sobre la mesilla, se volvióhacia Fran, que la observaba tendido de costado, con ojos brillantes y unasonrisa en los labios.—¿De qué te ríes?—Mi querida hermanita ya daba por hecho que iba a quedarme contigoesta noche.—¿Y tú no? Porque yo también tenía la sospecha... desde que nosabrazamos esta mañana en el bufete y después aceptaste rápidamente miinvitación a cenar. Compré la rosa por si acaso.—Y si lo sabías desde el principio, ¿por qué me has hecho esperartanto, alargando la cena y tomándonos una copa después?Él sonrió.—Tenía la sospecha, no la seguridad. Podía equivocarme, que misdeseos me hicieran ver algo que no existía. Y antes de invitarte a subir,quería hablar contigo, saber más cosas de tu vida durante todos esosaños... y sobre todo asegurarme de que todavía hay algo entre nosotros. Yahora, ven aquí —añadió cogiéndola por la cintura y haciéndola tendersea su lado—. Tenemos mucho que hablar aún.—¿Hablar? Como bien has dicho, llevamos hablando toda la noche.¿No se te ocurre ninguna otra cosa?—Se me ocurren muchas cosas, pero luego. Ahora déjamerecuperarme. No he tenido un orgasmo como este desde hace tres años. Ysí, es cierto que llevamos hablando toda la noche, pero ahora quiero queme cuentes la verdad.—¿La verdad? No te he dicho ninguna mentira.—Ya lo sé. Al menos no del todo. Llevamos mucho rato diciéndonoscómo nos ha ido la vida en estos años, pero solo en lo superficial, en loque todo el mundo ve. Ahora quiero que me cuentes cómo te sentías... Y ajuzgar por lo que acaba de ocurrir, no me parece que estuvieras muy feliz.Susana se perdió en los ojos pardos.—No —susurró.—Tampoco yo. Bueno, ¿quién empieza a contar la parte mala de todoesto?—No sé, Fran, no sé qué contarte.—Bien, empiezo yo. Yo sí sé qué decirte. Lo mejor que me ha pasado enestos tres años, ha sido escuchar tu voz ayer en el teléfono. Antes mepreguntaste qué me hicieron mis padres para que me haya alejado tanto deellos. Bien... nunca he podido perdonarles que nos separaran. Mi padrefue quien te recomendó para ese trabajo en Barcelona.—Lo sé. Lo primero que me dijeron al llegar era lo bien recomendadaque iba. Pero yo ya lo sabía antes de irme. Era absurdo pensar que unbufete de esa categoría viniera a buscarme a mí, a una estudiantedesconocida a la otra punta de España, para ofrecerme un contrato tanfantástico, por muy buenas calificaciones que hubiera sacado en la carrera.Había una mano detrás de aquello, y la única posible era la de tu padre.—Él quería poner tierra entre nosotros.—Pero fuimos nosotros los que cortamos, Fran, no puedes culparlesolo a él. Yo hubiera podido rechazar la oferta. Lo hubiera hecho si me lohubieras pedido.—No lo entiendes. No fue solo eso. Cuando el curso se estaba acabando,hablé con él y le dije lo nuestro. No quise hacerlo delante de mi madre,ella siempre había sentido mucha animadversión hacia ti. Preferí tratar eltema con él, de hombre a hombre. Pensé que lo entendería, que lograríahacerle comprender lo importante que eras para mí. Incluso le pedí que tecontratara, o que te ayudara a encontrar un trabajo. Pensé, como uningenuo, que el hecho de que fueras una abogada brillante, la número unode la promoción, haría que olvidara el resto. Él siempre ha valoradomucho el esfuerzo personal y el trabajo, amén de que es un gran abogado,eso hay que reconocerlo. Yo quería que al menos te aceptara como minovia, pero me dijo que jamás te admitiría en el bufete de la familia, ni teayudaría a encontrar trabajo. De hecho, me amenazó con hacer que noencontraras ninguno si seguía contigo, con arruinar tu carrera. Y conhacer que nadie te encargara un caso jamás. Podía hacerlo, Susana...Tiene mucha influencia, y el mundo del Derecho es muy cerrado en estaciudad. Todos se ayudan, todos se cubren las espaldas unos a otros. Lopasé fatal durante unas semanas... No sabía cómo salvarte de la furia demi padre. Incluso se me ocurrió utilizar la casa de mi abuela en el pueblopara abrir un bufete rural tú y yo. Casarnos y empezar juntos de cero. Noera lo que siempre habíamos soñado, pero pensé que ante los hechosconsumados, mi padre se ablandaría con el tiempo y sería una solucióntemporal. Iba a proponértelo la última noche que estuvimos juntos, inclusohabía comparado unos anillos para pedirte que te casaras conmigo...Todavía los tengo. Pero había subestimado a mi padre. Él no se limitó aamenazarme con no dejarte trabajar en Sevilla, sino que te abrió laspuertas a una oportunidad profesional maravillosa. El trabajo en Bonet yRius. A muy pocos abogados recién salidos de la facultad se les presentauna oportunidad así. Era tu sueño de toda la vida, y comprendí que nopodía enterrarte en un pueblo perdido y condenarte a legalizar hipotecas ya redactar testamentos durante años esperando que el enfado de mi padrepasara. No fui capaz de pedirte que renunciaras a todo por mí. De modoque no te hablé de mis planes ni te pedí que te casaras conmigo. Cuandocomprendí que tú pensabas aceptar el trabajo si yo no daba ningún paso ennuestra relación... simplemente callé. Te dejé ir, y no he dejado dearrepentirme ni un solo día desde entonces.Susana se volvió hacia él.—¿Por qué? —dijo acariciándole la cara—. ¿Por qué lo hiciste? Yohubiera sido feliz registrando hipotecas y legalizando testamentoscontigo, Fran. Eres lo más importante que me ha pasado nunca. Muchomás que la carrera, mucho más que todo.—Déjame seguir, aún no he terminado. Estaba tan enfadado con mipadre que dudé si dejar el bufete, pero como ya te he dicho antes, decidíque tenía derecho a él, que no era suyo sino de mi abuelo, y entré atrabajar allí. Busqué un piso alquilado al principio y me fui de casa, yluego, cuando supe con certeza que la relación laboral con mi padrefuncionaba, vendí la casa de mi abuela y me compré este piso.—¿La relación laboral funcionó?—Sí; le obligué a que me tratara como a un igual, a que me dejaradecidir mis propios casos y mis propios honorarios, como si de un sociose tratara.—¿Y lo hizo? Siempre tuvo tendencia a decidir lo que debías hacer.—Sí, tengo que reconocer que sí. Jamás ha interferido en mi vidaprofesional, ni en la privada desde entonces. Podría decirse que somos doscorteses compañeros de trabajo. Esa es mi relación con mis padres.—¿También con tu madre?—Sí, también. Sé que ella estaba detrás de todo. Mi padre hubieratransigido tarde o temprano, sobre todo siendo tú abogada, pero ella no.Ella estuvo en tu contra desde aquella noche que cenaste en casa, y seencargó de convencer a mi padre para que hiciera lo que hizo. Me alejé deellos más aún de lo que ya lo estaba, y no he vuelto a permitirles que memanipulen, ni que decidan por mí... ni que me hagan daño.Susana se giró hacia él y le besó en el pecho desnudo.—No, vida, aún no... Hay más cosas que quiero que sepas. Quiero quelo sepas todo. Todo el infierno que ha sido mi vida estos años. Durantemuchos meses me sentí perdido sin ti. Me aborrecía por haber cortadocontigo, por mucho que me dijera que era lo mejor para ti, que te estabaprotegiendo de mi padre... No podía olvidar tu cara de aquella noche, nitus lágrimas la última vez que hicimos el amor. Ni tu abrazo desesperadoel día de la graduación. Me sentía el tío más cabrón del mundo a ratos.Otras veces me autoconvencía de que había hecho lo único que podíahacer. Aunque sabía que tú también lo estarías pasando mal, me consolabael saber que al menos profesionalmente, estabas cumpliendo tu sueño.Sabía que eras una chica fuerte y contaba con que me olvidarías pronto.Rogaba que fuera así para sentirme mejor, pero la sola idea dedesaparecer de tu vida y de tus afectos me hacía mucho daño. Imaginartecon otro me volvía loco, ya sabes lo celoso que soy... Y no podíareprocharte nada, yo traté de olvidarte también y para ello me acosté contodas las mujeres que se me pusieron a tiro. Daba igual que fuera rubia omorena, gorda o delgada, joven o madura... El caso era no irme solo acasa. Las noches a solas dolían demasiado. Y las otras también, tengo quereconocerlo. Trabajaba como un burro durante el día y salía a tomar unacopa por la noche, cuando no les daba el coñazo a Inma y a Raúl, que seportaron de puta madre conmigo, aguantándome los bajones y las neuras.Pero no podía estar siempre dándoles la lata, ellos trabajaban y yo, lamayor parte de las veces, salía a tomar una copa y si había suerte no meiba a la cama solo. Cuando amanecía en una cama extraña, me sentía comoun cabrón, como si te estuviera poniendo los cuernos, y me prometía a mímismo que sería la última vez. Pero cuando se acercaba la noche, mesentía incapaz de irme a casa solo, a recordarte y añorarte, y volvía ahacerlo. Las noches a solas eran terribles, llenas de recuerdos, de celos yde pesadillas en las que tú me odiabas. Una noche, habría pasado un año oquizás un poco más, una chica sacó un bote de nata. Me volví locorecordando nuestra última noche... Ya conoces mi carácter... Se lo quitéde las manos, y lo arrojé contra el suelo. La presión hizo que reventara, yla nata se desparramó por la alfombra. Al ver el bote tirado, algo habíaestallado dentro de mí... Sentí que había tocado fondo, que había llegadoal límite. Me disculpé como pude, le dejé dinero para una alfombra nueva,y me marché a casa. Había tomado una decisión. Cogí el móvil y te llamé.Necesitaba oír tu voz, saber de ti, de tu vida. Quería decirte que seguíaloco por ti, suplicarte que volvieras conmigo, si todavía me querías... Elteléfono no daba tono, una voz metálica me dijo que el número marcadoya no existía. Llamé a información de Barcelona y me dieron tu número.Eran casi las cuatro de la madrugada, pero aun así te llamé. Y contestó unhombre. Pensando que me habría equivocado, pregunté por ti y me dijoque estabas durmiendo. Sentí que el mundo se hundía bajo mis pies.Conociéndote, el hecho de que hubiera un hombre en tu casa a las cuatrode la madrugada solo podía significar que era tu pareja y que me habíasolvidado. Que habías pasado página. Traté de borrar la huella de millamada y me inventé una historia sobre la marcha. Dije que era uncompañero tuyo del supermercado y él me dijo que tú no trabajabas en unsupermercado, que debía haberte confundido con otra Susana Romero. Medisculpé por la hora, y colgué. Y lloré aquella noche. Lloré todo lo que nohabía llorado durante todos esos meses. Por la mañana, incapaz deenfrentarme a mi padre, llamé al bufete y le dije que necesitaba unos díaslibres. Cogí el coche y me fui sin rumbo. Me detuve en un pueblo y mealojé en el hostal. Durante días me dediqué a vagar solo por los campos ynoté que aquello me calmaba y me relajaba. También el cansancio físicohizo que pudiera dormir mejor por las noches. Descubrí el senderismo, alque me he aficionado desde entonces. Cuando regresé una semana mástarde, lo hice resignado y más calmado, menos enfadado con el mundo yconmigo mismo. El hecho de saber que al menos tú ya no sufrías por mí,calmó un poco mis celos y me hizo comprender que algún día yo tambiénlo superaría. Acepté que tú habías pasado página y traté de seguir adelantecon mi vida. Cerré una puerta que hasta ese momento solo había estadoentornada. Poco a poco me hice a la idea de vivir sin ti. Y básicamente, esahabía sido mi vida durante estos años. Hasta que me llamaste ayer. Cuandoescuché tu voz, y supe que venías, todo lo que había conseguido en estostres años, se hizo añicos y mi amor por ti volvió con toda su fuerza. Sobretodo cuando te abracé y pude comprender que todavía existía entrenosotros la misma química de siempre. Eso solo podía significar que tútodavía me seguías queriendo. Decidí que si había una segundaoportunidad para nosotros, no la desaprovecharía otra vez.Clavó en sus ojos una mirada llena de amor y dijo:—No me tengas en cuenta las noches que he pasado en brazos de otrasmujeres, Susana. Nunca han sido nada. Solo he querido a una mujer en mivida, y has sido tú.Ella le miró muy seria, y dijo:—Bueno, supongo que ahora me toca a mí.—No hace falta, si no quieres... Yo necesitaba contártelo, pero a mí mebasta con que estés aquí.—Yo también quiero hacerlo. Nunca he hablado de esto con nadie, nisiquiera con Merche. —Respiró hondo, permitiendo que los recuerdosvolvieran a su mente. Recuerdos dolorosos, que había enterradoprofundamente hacía tiempo—. Yo me encontré sola en una ciudadextraña, tuve que aprender un idioma nuevo, hacer amigos nuevos. Todami vida se truncó. Sin amigos, sin familia... sin ti. Trabajé como unaburra, estudie frenéticamente el catalán para llenar cada minuto del día, yme moría de angustia por las noches, deseándote desesperadamente,incapaz de dormir. Para colmo compartía piso con una chica ruidosa ydesordenada. Echaba terriblemente de menos a Merche, por primera vezen la vida no la tenía a mi lado para consolarme, y te aseguro que nuncahabía necesitado tanto su consuelo. Me encerré en mí misma una vez más.Mi antigua fama de solitaria y de trabajadora incansable me perseguía denuevo. Nunca he logrado encajar del todo en el bufete. Me aceptan,reconocen mi trabajo, pero nunca me he integrado entre ellos. Isaac diceque es porque los catalanes son muy suyos, pero yo sé que tampoco hepuesto demasiado de mi parte. Ya te he dicho que mi idea siempre ha sidovolver algún día al sur y no quería encariñarme de nuevo con gente a laque tendré que dejar. Pronto me di cuenta de que no podía seguircompartiendo piso, y me fui a vivir a este en el que vivo ahora. Como yate he dicho, las noches eran terribles. Cuando los recuerdos meabrumaban, había veces que pasaba horas llorando. Mi dormitorio da a unpatio interior, y un día, un chico me paró en las escaleras y me preguntóque por qué era tan desgraciada, que me escuchaba llorar por las noches.Su ventana quedaba justo enfrente de la mía, y yo duermo con la ventanaabierta. Empezamos a cruzarnos, y me llamaba «la andaluza triste». Mehacía gracia su preocupación por mí, y un día que me invitó a un café,acepté. Me pidió que le contara mis penas, cosa que no hice, pero por unrato logró que me sintiera mejor. Se convirtió en una costumbre tomar uncafé juntos por la tarde y una cosa llevó a la otra... Empezamos a salir.Fue él quien contestó al teléfono la noche que tú llamaste. Nunca hadormido ningún otro hombre en mi casa. Pero no funcionó... No eras tú.Me sentía bien con él charlando, paseando, yendo al cine, pero el sexo eradiferente. Nunca me hizo temblar, nunca tuve un orgasmo con él. Y lleguéa sentirme muy mal, porque él lo entendía, pero yo no podía darle másque mi cuerpo, y ni siquiera eso totalmente. Lo dejamos a los dos meses.Después empezaron a llegar los éxitos profesionales, los casos cada vezmás complicados, el reconocimiento general. Hubo un caso especialmentecomplicado hace unos ocho meses, había una posibilidad entre muchas deganar... y lo gané. Para prepararlo pasé muchas horas con mi cliente. Eraun hombre agradable, atractivo... ocho o nueve años mayor que yo. Paracelebrar el haber ganado me invitó a cenar. Salimos unas cuantas vecesdespués, y pensé que podría funcionar, pero cuando me acosté con él medi cuenta de que no. No quise arriesgarme a que me pasara lo mismo quecon Jordi, a que él esperase de mí algo más y dejé de verle. Aparte de esosdos episodios he tenido una vida prácticamente de monja.Fran le acarició suavemente la cadera.—Pobrecita... tú que nunca aguantabas más de dos o tres días sin hacerel amor.—Pues ya ves. Hace más de ocho meses que nada de nada.—Eso hay que remediarlo —dijo él besándola otra vez—. Ya hemoshablado suficiente por ahora.Se amaron despacio otra vez, tocándose, acariciándose, reconociéndoseuno al otro de nuevo. Volviendo a paladear al sabor de sus cuerpos, de suslabios, recobrando posturas y movimientos, experimentando mil y unasensaciones antiguas y nuevas a la vez. Y al final, Susana se durmió en susbrazos como había soñado hacer durante muchas noches solitarias.Se despertaron tarde, con el cuerpo lánguido y perezoso, y el alma llenade paz y felicidad.Permanecieron aún un rato en la cama, charlando y sin ganas de perderel roce de sus cuerpos desnudos uno junto al otro. Pero al fin un mensajeen el móvil de Susana les hizo levantarse: «Invita a Romeo a almorzar.Dile que prepararé su tortilla de calabacines favorita, si todavía le gusta».Susana se lo mostró.—Dile que acepto encantado. Y tú, ¿Volverás esta noche conmigo aSevilla?—Si me invitas...—¿Si te invito? —preguntó él acercándose por detrás, y apretándosecontra su espalda, hundió la cara en su cuello—. Si no fuera porque hasrecorrido mil doscientos kilómetros para ver a tu sobrino, no te dejaríasalir de esta casa en todo el fin de semana. Le apartó el cabello parabesarla mejor debajo de la oreja y susurró—: Lo siento, me temo...Susana soltó una breve carcajada—Que voy a tener que usar pañuelo de cuello durante unos cuantos días,¿no? Como siempre que volvías de Gran Bretaña.—Lo lamento de veras... Es que me gusta tanto tu cuello... y después deestar mucho tiempo sin verte me cuesta controlarme.—Da igual. Al menos no estamos en agosto.—Y ahora te prepararé algo de desayunar, para que veas que no soy uninútil total en la cocina.—Y me enseñarás la casa, ¿no? Anoche me llevaste a oscuras y casi arastras hasta el dormitorio y aún no he podido ver esa maravillosa terrazaque dices que tienes.—Ven, desayunaremos en ella.—Espera a que me vista, o tendrás sobre tu conciencia un accidente detráfico.Se puso el vestido arrugado y desechó toda posibilidad de utilizar lasbragas desgarradas.—Será mejor que conduzcas con cuidado. No quisiera tener queexplicar en ningún sitio por qué voy sin bragas.—No te preocupes, aquí cerca hay una tienda de lencería. Bajaremos acomprar algunas, y podrás dejarlas aquí para posibles emergenciasfuturas.—¿Piensas romperme muchas bragas en el futuro?—Todas las que pueda.Se sentaron a desayunar en la terraza, grande y cuadrada, y más alta quela mayoría de los edificios colindantes, lo que les permitía una ciertaintimidad. Fran colocó ante ella una bandeja con sendas tazas de café y unplato con tostadas, mantequilla y mermelada.—Veo que estás hecho todo un hombrecito de tu casa...—Necesidad obliga. Durante la semana desayuno en el bar de ahíenfrente, El Viale, antes de ir al trabajo, pero los fines de semana mesiento perezoso y me preparo algo aquí. También he aprendido a usar elmicroondas para calentar, la freidora y me sé de memoria el número dePizza Hut y Sloppy Joe.Susana se rio con ganas.—Pues sí que comes bien.—Aprenderé a cocinar el día que tenga para quien hacerlo.Susana le miró sin atreverse a preguntar si le estaba haciendo algún tipode proposición. Fran continuó hablando.—Anoche dijiste que no querías quedarte en Barcelona para siempre,que tu intención era regresar al sur cuando hubieras tenido suficientescasos importantes... ¿Puedo preguntarte cuánto tiempo más piensas que tellevará eso?Susana sonrió divertida, adivinando lo que vendría a continuación.Contestó evasiva.—Eso depende. Ahora llevo un caso muy interesante, y calculo que mellevará unos tres meses más o menos dejarlo terminado. Y supongo quecon él podría dar por terminado mi cupo de casos importantes enterritorio catalán. Desde luego, no me vendría sin tener un trabajo que mepermita mantenerme y también tendría que buscar un sitio donde vivir.Fran sonrió y la miró con ojos pícaros.—¿Qué te parecería vivir en un ático con terraza?—No estaría mal.—Y respecto al trabajo, te aseguro que tendrás uno cuanto termines contu caso, aunque tenga que llamar a todas las puertas que conozco y cobrarcada uno de los favores que me deben mis colegas abogados de Sevilla.—¿Y tu padre? ¿No volverá a intentar evitarlo?—No lo creo. Ahora yo soy influyente también, no soy el chiquillorecién salido de la carrera de hace tres años. Entonces pudo convencermede que dejarte era lo mejor para ti, pero ahora ni el cielo y la tierra juntospodrán hacerme perderte otra vez. Hablaré con él y le haré saber que sihace algo para evitar que encuentres trabajo, será la última vez en su vidaque me vea. No, no creo que lo haga. Esta vez aceptará lo inevitable, elviejo león va perdiendo sus garras.—Eso espero, no quisiera que las cosas se pongan entre vosotros peoraún de lo que están. La familia es importante, Fran, aunque no sea perfecta.Y a cada uno le toca cargar con la suya, aunque no le guste.—Si esta vez acepta lo nuestro, trataré de hacer borrón y cuenta nueva,y olvidar el pasado. Pero si no, romperé del todo con ellos y olvidaré queun día tuve padres. No permitiré que nos separen de nuevo.Susana alargó la mano por encima de la mesa y le apretó los dedos.—Nada ni nadie va a separarnos otra vez, Fran. Aunque no encuentretrabajo en Sevilla, aunque tenga que gastarme todo el dinero de mi sueldoen billetes de avión. Te lo prometo.—No hará falta, ya verás como no. Y hablando de familia, ¿siguespensando en ir a Ayamonte a ver a tus padres?—Sí, aunque si tú me invitas a dormir aquí esta noche, me levantarétemprano y cogeré el primer autobús de la mañana.—Me gustaría ir contigo. Creo que ya es hora de que conozca a missuegros.Susana sonrió.—Ya les conociste el día de la graduación.—Estaba tan destrozado ese día que apenas les vi. Ni siquiera puedorecordar qué dije.—Algo sobre que yo te había dado clases.—Prometo que si me dejas ir contigo, ahora diré otra cosa.—Te advierto que lo primero que te van a preguntar, sobre todo miabuela, es si te vas a casar conmigo. Y cuándo. Siente que está mayor y seha empeñado en verme casada antes de morirse. Te lo advierto para queestés preparado... No debes echarle demasiada cuenta.—Claro que le echaré cuenta. Y ahora que lo mencionas... espera unminuto. Se levantó de la silla y se perdió en el interior del piso. Pocodespués reapareció con una caja pequeña en la mano y la rosa roja en laotra. Susana la cogió y aspiró su perfume. Después del de Hugo Boss, erasu olor favorito.Fran se sentó de nuevo, esta vez junto a ella en lugar de hacerlo en lasilla de enfrente, y cogiéndole la mano, le preguntó:—Con tres años de retraso, ¿quieres casarte conmigo?—Con tres años de retraso, sí.Fran abrió la caja y cogió el más pequeño de los anillos y se lo puso enel dedo.—¿Es en ese dedo? No estoy muy seguro.—Da igual. Ahí está perfecto.Susana cogió el otro anillo y se lo puso a él.—Comprometidos oficialmente. Ya está solucionado lo de la boda. Elcuándo, cuando tú quieras.—Cuando vuelva de Barcelona, lo prepararemos todo tranquilamente,sin prisas... para que nos dé tiempo a convivir un tiempo y estar seguros.Fran la abrazó con suavidad y le susurró al oído.—Yo jamás he estado más seguro de algo en toda mi vida.—Yo tampoco.—Y ahora será mejor que nos decidamos a irnos, porque me temo quesi seguimos así, le vamos a dejar plantada la tortilla a tu hermana.—Sí, eso parece.Se separaron y Susana se levantó de la mesa.—Me gustaría compartir esto con Raúl y con Inma... Ellos se hantragado todos mis malos momentos, mis bajones y mis crisis. ¿Crees quepodríamos pasar por su casa esta noche un rato para decírselo?—Me encantaría. Me hace muchísima ilusión verles.—Les llamaré.Poco después, llevando unas bragas elegidas por Fran, se dirigieron aBormujos para pasar el día con Merche y su familia.Inma y Raúl llegaron de la compra y encontraron un mensaje de Fran enel contestador del teléfono: «Pasaré esta noche a cenar con vosotros. Nopreparéis nada, llevaré unas pizzas».—Qué raro... —dijo Inma mirando a Raúl fijamente—. ¿Qué le pasará?¿Tú crees que le habrá dado el bajón otra vez?—No lo sé. Creía que lo tenía superado, hace ya tiempo que no secomportaba así.—Bueno, cenemos con él —dijo Inma—. Yo había esperado cenar algoligerito y meternos pronto en la cama. Ha sido una semana dura.—Si quieres le llamo y le pregunto si puede dejarlo para el próximosábado. Eso de meternos pronto en la cama me tienta mucho.—No. Sabe que andamos muy liados y tenemos poco tiempo para estarjuntos. No se presentaría de buenas a primeras sin un motivo. Vamos arecoger esto antes de que llegue.A las nueve y media, el timbre del portero sonó con fuerza. Raúl acudióa abrir.—¿Quién es?—Sloopy.—Es Fran —dijo a Inma, que estaba en la cocina, sacando vasos ybebidas—. Y no parece triste.Dejó la puerta entreabierta y acudió a ayudar a Inma con la mesa. Inmacolocaba unas servilletas cuando sintió los pasos de su visitante. Levantóla cabeza y ahogó un grito, mientras corría hacia Susana.—¡Susana!Ambas amigas se fundieron en un fuerte abrazo.—Dios mío, lo último que pensaba era que tú vendrías con él. Estásestupenda.—Tú también.Luego fue Raúl quien la abrazó.—¡Qué callado te lo tenías! —le dijo a su amigo, mirándole conreproche.—Era una sorpresa —dijo Fran sonriendo.Inma se dirigió a Susana.—¿Has vuelto?—Aún no, de momento solo estoy de visita.—¿Hay que convencerte? ¿Por eso te han traído aquí esta noche?—No... Fran lleva convenciéndome desde ayer... y se está esmerandotanto que me temo que no voy a poder negarme.—Y voy a seguir, que conste.—Regresaré en unos meses, cuando termine un caso en el que estoytrabajando actualmente.—Me alegra saber que todo vuelve a estar bien —dijo Raúl.Fran le pasó a Susana un brazo por los hombros y le dio un fuerteapretón.—Todo está como tiene que estar.—Déjate de achuchones y ayuda a poner la mesa. Me muero de hambrey las pizzas se van a enfriar.Todos se pusieron en marcha.—¿Y vosotros qué tal? —preguntó Susana. Inma extendió los brazos,señalando a su alrededor.—Pues ya ves... Hipoteca, mucho trabajo...—No me refería a eso, sino a vosotros.—Eso de puta madre. A pesar de que tenemos mucho trabajo y pocotiempo para estar juntos últimamente —dijo Raúl.—Tenemos que salir adelante hasta que Su Señoría apruebe lasoposiciones.Raúl se acercó a ella y le rodeó la cintura con un brazo.—Te compensaré después, te lo prometo.Ella levantó las dejas haciendo un ligero mohín.—Puedes empezar a compensarme esta noche.—¡A la orden!—No os preocupéis —dijo Fran—. No nos quedaremos mucho rato. Yotambién tengo mucho que compensar.—Hay tiempo para todo —cortó Inma—. No se os ocurra iros pronto;tenemos muchas cosas que contarnos después de todos estos años.Habían terminado de poner la mesa y se sentaron a comer.Durante la cena, charlaron, rieron y recordaron viejos tiempos. Susanacontó su aventura catalana, la parte amable, y Raúl la puso al corriente decómo le iba a los demás miembros del grupo. Después del helado detiramisú que Inma sacó para el postre, se sentaron en el sofá con losantiguos álbumes de fotos, y los cuatro se dejaron llevar por losrecuerdos y la emoción.Susana tenía agarrada la mano de Fran mientras sus ojos se deslizabanpor las fotos de su pasado en común y se sintió como si esos tres añostranscurridos lejos de Fran no hubieran existido.Poco después de las doce, se despidieron con la promesa de volver areunirse la próxima vez que Susana viniera a Sevilla, y se marcharon denuevo al piso de Fran. En el maletero, Susana llevaba el equipaje con laintención de dejar allí algo de ropa para futuras visitas. Al día siguienteambos tenían pensado levantarse temprano para su excursión a Ayamonte.En cuanto la puerta se cerró tras ellos, Raúl echó el cerrojo y se volvióhacia su novia.—Al fin las cosas están como deben.Ella sonrió y se acercó a él, abrazándole por la cintura.—Sí. Es la primera vez que veo a Fran feliz desde hace años.—Susana tampoco ha debido pasarlo nada bien.—No. Conociéndola, sé que ha debido ser terrible también para ella.—Me hubiera gustado pasar con ellos un rato más, pero tengo queconfesar que me alegro de que se hayan marchado temprano —dijo Raúldeslizando la mano por las caderas y las nalgas de Inma.—Te recuerdo que es sábado y te toca recoger la cocina.Él se inclinó y rozó sus labios con suavidad. Inma abrió la boca y elbeso se prolongó durante mucho rato. Cuando se separaron, ella ya norecordaba sus últimas palabras. Raúl se las recordó.—¿Estás segura de que quieres que recoja la cocina ahora?—¡Eres un tramposo! Mañana será domingo y me tocará a mí.Él sonrió con picardía.—¡Tú mandas! —dijo soltándola y haciendo intención de volverse.—¡Raúl Hinojosa! No serás capaz de dejarme plantada ahora...—La cocina...Inma le echó los brazos al cuello y le besó.—Mañana. Pero la recogerás tú, te lo advierto.—Lo prometo. Y además te llevaré el desayuno a la cama y volveré ameterme en ella después. Vaguearemos hasta el mediodía.—¿Ahora se llama así? —preguntó Inma sonriendo mientras se dirigíanal dormitorio.Después de pasar el día en Ayamonte donde la familia, y especialmentela abuela de Susana, acogió a Fran con grandes muestras de cariño,regresaron a Sevilla al atardecer para que ella pudiera coger el vuelo delas nueve a Barcelona. Se despidieron en el aeropuerto delante de la puertade embarque.—Llámame cuando llegues a casa —le pidió él.—Será tarde.—Razón de más. Ya habré empezado a echarte de menos.Susana sonrió.—¿Cuándo volveré a verte? Yo no puedo dejar Barcelona al menos endos o tres semanas. Empieza el juicio y probablemente tendré que trabajarlos sábados.—Dentro de una semana empieza la feria, y ya sabes que aquí nostomamos eso muy en serio. Adelantaré trabajo y me daré un salto aBarcelona.—¿Toda la semana? —dijo ella con la mirada radiante.—Si te crees capaz de aguantarme tanto tiempo, sí, toda la semana.—¿Puedes tomarte tanto tiempo?—Soy mi propio jefe. Eso tiene sus ventajas. Solo tengo que informar ami padre de que no iré a trabajar.—¿Y vas a decirle dónde vas?—Por supuesto. No pienso empezar con tapujos y secretos otra vez. Voya hablar con él mañana en cuanto tenga ocasión y le dejaré claro cómoestán las cosas. Y esta vez tendrá que aceptarlo.—¿Y si no lo hace?—Te lo diré para que me busques trabajo en Barcelona. Pero de unaforma o de otra, de aquí a unos meses tú y yo estaremos viviendo juntos.Eso es lo que importa, ¿no? Da igual el lugar.—Sí... da igual el lugar.La megafonía anunció el vuelo de Susana. Esta se dirigió al torno yantes de cruzarlo, se abrazaron por última vez. Con los labios, Fran apartóel pelo del cuello de Susana y le dio un chupetón justo debajo de la oreja.—No me he podido resistir —le susurró al oído. Ella sonrió.—Veo que voy a tener que comprar algunos pañuelos y alguna ropa concuello vuelto. No estaría bien que me presentara en el juzgadoasiduamente con el cuello lleno de moretones.Se separaron.—Cuídate...—También tú.—Hasta pronto, amor.—Hasta pronto. Te llamaré esta noche.Susana cruzó el torno hacia la puerta de embarque con el calor delcuerpo de Fran todavía en los brazos y el olor penetrante a Hugo Bossinundando sus sentidos de nuevo.  

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