IV- Lista de sangre

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—Apiádate de mí, oh Dios, según tu gran misericordia; según tu inmensa bondad, borra mi iniquidad. Lávame más y más de mi maldad y purifícame de mis pecados... —la monja vestida con un hábito negro continuó rezando con el cordón de oración entre las manos, mientras los alumnos murmuraban en respuesta.

Valentín no se sabía los rezos de memoria debido a distintas dudas que le plantearon sus padres durante toda su vida, pero, al ver cómo sacaban a un chico de clase para darle un par de reglazos sobre las manos al notar que no rezaba junto a los demás, empezó a repetir aquellas palabras que no le interesaban en lo más mínimo, mientras sus ojos amenazaban con delatar su aburrimiento.

¿Se supone que si recito esas palabras estoy libre del dolor y absuelto de pecados? Para eso necesito estar borracho.

Sintió cómo alguien tocó su hombro, y volteó. Un chico pelirrojo le tendió una bola de papel. Lo miró, reacio, y el chico se encogió de hombros. Al voltear otra vez se fijó en que las monjas no le estuviesen mirando y lo desdobló.

Razvan Stoica, doce votos.

Cosmín Ionesco, cuatro votos.

Danielle Dust, ocho votos.

Y casi al final la vio.

Clover Funar, un voto.

Esta gente está enferma, jodidamente enferma. ¿Votaron por el que debería matar Dráck? No se supone que le sigan la corriente. Están locos.

No pudo tirar la bola de papel y mostrarse indignado. No les impedía hacer otra lista. Las personas suelen amar la sangre; los coliseos romanos fueron testigo de cuando les era indiferente matarse como animales.

Votó por Razvan, quien estaba claro que iría a la horca de una forma u otra, y si las cifras se mantenían era posible que Dráck liberara a Clover. Al terminar la clase casi le arrojó la bola de papel al pelirrojo y salió del aula.

Se encontraba jugando con su cubo rubik junto a su casillero cuando escuchó:

—¡Nuestras inscripciones ya están abiertas, únetenos! —Una chica rubia con trenzas en el cabello le sonrió con un folleto en mano.

Lo recibió poco entusiasta en comparación con la chica que se lo tendía. Ella iba a decirle algo más, pero de repente, algo, o más bien alguien, atrajo su atención. En silla de ruedas, vestida solamente con un suéter de lana y lentes demasiados grandes para su rostro, reconoció a Anthea, que entregó otro folleto y lo miró al notar que se la había quedado observando.

—Eh —la saludó sin tener intención de hacerlo. Así que si no hubiese sido por la rubia compañera con la que repartía folletos, la conversación se hubiera tornado extraña.

—¿Piensas inscribirte? —le preguntó la chica sonriente.

—Yo... —Miró el folleto que tenía inscrito en letras rojas «CLUB DE ACTUACIÓN»—. No sé si sea bueno actuando. Nunca lo he intentado.

—¡Anda! Muchos de los nuevos tampoco. ¿No es así, Anthea? Yo creo que serías un Romeo fantástico. —Volvió a sonreír.

—¿Tú actúas, Anthea? —le preguntó Valentín, sin saber si por lástima u otra cosa. Tenía grabada en su cabeza la imagen de ella rodando por las escaleras cuesta abajo.

Anthea asintió, indecisa.

—Algo.

—Bueno, estaremos ocupadas arreglando los horarios de ensayos. Nos veremos por ahí —continuó su camino con la silla de ruedas y volantes en las manos.

Valentín mantuvo la mirada en ambas hasta que se perdieron por el pasillo, y luego tomó su siguiente hora de clases con pocos ánimos: ciencias sociales. Así que se encontró tomando apuntes sobre la historia egipcia mientras escuchaba parlotear al maestro; quien lo mantenía distraído con su ridículo bigote.

—Busquen la página doce en su libro.

El muchacho abrió el compartimiento que tenía bajo su pupitre, pero se sorprendió al ver que encima de los libros yacía una libreta vieja en cuero rosa. Frunció el ceño tomando el cuaderno entre las manos. Ayer no había nada ahí. Él mismo había metido esos libros.

«Si alguien encuentra esto, no leer. Propiedad de Clover Funar».

—Mierda —murmuró al leer aquello, y lo cerró sin pensarlo. Los corazones sobre las ies y la tinta brillante le dejaban claro que era de una chica.

Clover no aparecía desde ayer por la noche y él no tenía idea de quién podía haber dejado eso allí, por lo que se planteó entregárselo a la policía.

Pero su curiosidad fue mayor.

Chicos guapos, peleas en su casa o con sus amigas, un par de letras de canciones. Estaba por rendirse: el diario de Clover parecía no llevarle a algo distinto a la vida de cualquier chica adolescente, hasta que leyó «ayúdame».

«Sé todo sobre ti, Val: sé por qué te expulsaron, sé que la liberaste y comprendo lo que sienten. Ahora sólo te pido que hagas lo mismo por mí. No tengo tiempo, mucho menos pruebas a mi favor. Lo único que puedo prometerte es que solo cometí un error».

No estaba escrito con aquella tinta brillante, sino en negro y con una letra casi ilegible y apresurada. ¿Cómo había podido averiguar lo que ocultaba?

—El Rey Gilgamesh trata de convertirse en inmortal, después de la muerte de su amigo Enkidu, pero falla. Esto sigue siendo una historia conmovedora de la filosofía egipcia, ya que los seres humanos todavía se enfrentan a la pérdida, el dolor y la muerte, al igual que hizo Gilgamesh...

El sonido de una radio descompuesta, o un televisor averiado inundó los oídos de todos, irrumpiendo la lección de historia. Dráck se hacía presente una vez más.

Valentín cerró los ojos con fuerza. Eran tantos problemas a la vez.

—¿No han escuchado que las apariencias nos engañan? —La voz robotizada, empalagosa y monótona que provenía del aparato le provocó escalofríos—. Alguien, alguien muy listo, por cierto... Publicó las votaciones en el periódico escolar. Así que aquí está el primer sacrificio.

La pantalla negra se iluminó, dando lugar a un cuarto oscuro, iluminado únicamente por la escasa luz de una lámpara de aceite en algún rincón. Quejidos, adoloridos e incesantes se escuchaban de fondo, pero no se podía visualizar mucho.

—No hice nada malo —se escuchó la voz de una chica.

—Tus compañeros del instituto han votado, y yo sólo les estoy dando lo que quieren —le contestó casi con pena. Casi. Aquel tipo no debía saber lo que era eso y fue corroborado en cuanto se escuchó—: ¡Luces!

Sangre. Un piso cubierto de espejos rotos y un uniforme de porristas. Al encender la luz del oscuro cuarto se distinguió cómo Danielle se quejaba por los vidrios puntiagudos como dagas que atravesaban sus pies hinchados y sangrantes, mientras lágrimas brotaban por sus mejillas sonrojadas.

—¡Acțiune!

—¡Por favor, Dios! —suplicó la joven, mordiéndose el labio inferior con fuerza. Su delgado cuerpo temblaba de dolor y el cabello rubio se le adhería a la nuca por el sudor.

—Yo no soy tu Dios, Danielle —dijo alguien en un susurro. Una voz que nadie pudo identificar—. Tu Dios te ha abandonado.

Todos los demás temblaban y ya no sabían si debido a Danielle o por miedo de sus propias vidas.

Valentín tomó su mochila, metió los libros junto a las demás cosas con rapidez y mantuvo el diario de Clover en su mano, indeciso de lo que haría a continuación. Al levantar la mirada a su alrededor notó que eran pocos los que se habían quedado a ver el espectáculo y empezaban a largarse, como él.

—Creen que han deshecho de la equivocada, ¿o no? —escuchó a la voz robotizada mientras salía del aula.

Danielle Dust, la primera paloma en ser sacrificada, estaba muerta.



N/A: Hola, chicos, aquí otro capítulo. Creo que ha quedado algo evidente lo que se viene, y si son bastante sensibles puede que la novela no sea para ustedes, sino, denle la oportunidad a esta crítica hacia las escuelas, la hipocresía en la moral y la Iglesia. Nos leemos.

Confusa tragediaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora