XXI- Corre mientras puedas

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Ya no tenía sentido continuar. Si tenían razón, Clover estaba más muerta que viva. Quizás solo quedara un video para darle cierre, pero todos tuvieron algo por lo que quedarse.

—Corran —susurró Vasile y los tres jóvenes tomaron la delantera.

Se movieron extasiados por pasillos de la escuela levemente iluminados con sus linternas y, entre la negrura, el sonido del viento ondeando contra los árboles a lo lejos era lo único que los acompañaba. Era media noche.

—No encontraremos nada —afirmó Jade, recargada en el casillero junto al de Ardelean.

—Siempre tan negativa —bufó Mihaela.

—¿Cuál es el plan? ¿Destrozar los casilleros de Nicoleta, Clover o cualquier desaparecido o muerto? Quiero encontrarla, en serio quiero hacerlo, pero estamos perdiendo el tiempo.

Valentín continuó girando el fierro por las bisagras del casillero, ignorando cualquier cosa que Jade dijera para desanimarlo. Estar en casa mirando el techo le provocaba más ansiedad que irrumpir la escuela durante la noche.

—Trata de que sea rápido, ¿vale? —pidió Mihaela en voz baja y metió las manos en su abrigo rosa para tomar la linterna—. Iré a ver que nadie venga.

Jade suspiró.

—Vámonos, por favor. Odio esta escuela de noche. Odio esta escuela.

—¿Por qué? —cuestionó Vasile, levantando la mirada del suelo por primera vez en la noche.

—¿Tú no? —se limitó a contestar, cruzándose de brazos.

—Ocurrió aquí. —Se acercó a ella—. ¿Sabes? He pensado mucho en ello y todavía no entiendo dónde podría haber sido, pero es lógico: él estaba aquí todo el tiempo por los entrenamientos y tú castigada.

Ella mantuvo sus oscuros ojos sobre él.

—¿Este juego hace parte de tus asquerosas preferencias? —escupió. Vasile sonrió.

—Di lo que quieras. Sé que no hablas en serio, Jade. Odias sentirte así y lo entiendo, juro que lo entiendo... Yo, yo también me odio de vez...

Pero fue interrumpido por el estruendo de las bisagras cayendo al suelo junto a la puerta del casillero.

Valentín echó una mirada la interior. Tiró un par de libros, papeles y revolvió maquillaje, angustiándose todavía más al no ver nada.

—Tenías razón, fue una pérdida de tiempo —confesó con amargura.

—Valentín —lo llamó Jade agachándose—. Mira. —Extendió la mano hasta la puerta del casillero que estaba tirada en el suelo, arrancó una de las fotografías pegadas con goma de mascar desde el interior y la examinó con curiosidad.

—¡Corran! Ha llegado alguien. —Mihaela se acercó a ellos corriendo y Valentín tomó la delantera.

Al ver que Jade no reaccionaba, Vasile tiró de ella con fuerza y corrieron tras una adelantada chica de abrigo rosa.

—Vasile, era ella —gritó Jade en medio de su huida.

—Ahora no, maldita sea. —La ayudó a cruzar por un hueco en el alambrado de las rejas del patio trasero, pero cuando estuvo al otro lado, Jade le plantó la fotografía en el rostro.

—Es Clover, Vasile. Clover y Nicola eran amigas.

Vasile no reaccionó de inmediato a la imagen frente a sus ojos, como si su cerebro necesitara un momento para continuar o todo a su alrededor se hubiera detenido por unos instantes. La fotografía de dos muchachas totalmente distintas, pero sonrientes, frente al auditorio de teatro. Ambas vistiendo trajes iguales en una presentación que reconoció como la del Cascanueces. Podría haber sido solo una foto de cortesía entre dos conocidas, pero no, el abrazo que las unía... Los ojos brillantes.

Nicola no había sido escogida al azar y Clover tampoco.

—¡Vasile, corre! —Jade ya no extendía la fotografía sobre su rostro, sino que halaba de su bufanda con insistencia mientras le gritaba que alguien al otro lado del alambrado se estaba acercando.

—¿Crees que Clover está metida en esto? —alcanzó a preguntarle antes de ser tomado del hombro y halado al interior de la escuela.

—¡No! —se asustó Jade, e intentó adentrarse en el instituto, pero fue detenida por un racional Valentín que le hizo saber que no la dejaría intentarlo.

—¡Le hará daño! —rugió la pelinegra. Lágrimas de impotencia empapaban su rostro pálido y se removía entre los brazos que la sujetaban con fuerza.

—Sí, pero solo eso: le hará daño. Narcisa no lo meterá en problemas. Su fanatismo no la deja pensar en nada coherente.

Ella acabó cediendo con un sabor amargo en la garganta y una sensación de incomodidad en el estómago. Valentín tenía razón: era lo que había y, una vez más, nadie tenía el poder de cambiarlo.


N/a: ¿Algo que comentar sobre el fanatismo religioso? Hasta el próximo capítulo.

Confusa tragediaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora