Era bien entrada la noche cuando Yoel se desplomó sobre una de las camas en una posada de Illya. No estaban en la ciudad, sino en un pueblo cercano a las murallas, pero era tan grande que podría haber pasado casi como la ciudad principal de Luarte.
Aunque tampoco es que le hubiese tomado por sorpresa, no era la primera vez que viajaba hasta allí.
La primera vez que puso un pie en Illya había tenido diez años. En aquella ocasión sí que le habían resultado chocante las diferencias entre la capital en la que se encontraba y la capital en la que había nacido. Mientras que gran parte de la distribución de Luarte eran bosques, granjas y pequeños pueblos, Illya era todo grandes ciudades y centros de entrenamiento. No por nada era la capital en la que se encontraba la sede del Ejército Imperial.
Aquella vez su padre le había arrastrado hasta allí para que aprendiese a pelear de los mejores, pues los Richmond debían ser capaces de proteger con sus propias manos lo que era suyo. Lo había dejado en un centro con personas que no conocía, la mayoría mayores que él, aunque también había habido niños, y le había dicho que volvería cuando fuese capaz de vencer a todos sus compañeros, incluido el soldado a cargo de su instrucción.
Tuvo claro en ese momento que jamás volvería.
Era obvio que él, un niño de apenas diez años, no iba a ser capaz de vencer a personas que le doblaban la edad, y eso su padre lo sabía muy bien. Era la forma perfecta de librarse de su molesto bastardo sin ensuciarse las manos.
No le gustaba pensar en ello, pero debía admitir que las primeras semanas habían sido francamente horribles. Era consciente de lo que su padre sentía por él, pero por aquella época seguía siendo demasiado inocente y una parte de él se había sentido dolido por el abandono. Después de todo, ni siquiera su propio padre parecía capaz de quererlo.
Más tarde se había dado cuenta de que no le servía de nada autocompadecerse, por lo que había agarrado una de las espadas de madera que le dio su instructor y había entrenado con él día y noche.
Dos años después estaba de vuelta en "casa", pese a odiar ese lugar. Casi prefería el ejército, pero ser capaz de ver la estupefacción en la cara de su padre, de pie frente a la residencia Richmond, con una carta escrita por su maestro asegurando que ya no tenía nada más que enseñarle, fue suficiente recompensa.
Le había probado que estaba equivocado, que no había nada que no pudiese conseguir si se ponía a ello. Ese sentimiento de reafirmación fue lo que hizo que Yoel empezase a creer en él mismo.
Y es que a fin de cuentas, no necesitaba nada más.
Cansado, ahogó un suspiro. Se había jurado a sí mismo que por mucho que su sangre corriese por sus venas, jamás tendría nada que ver con ese hombre, pero había terminado faltando a esa promesa. Cuando los soldados los habían rodeado, dispuestos a deshacerse de ellos, a expulsarlos ahí fuera, no había tenido más remedio que gritar su maldito nombre.
No lo había hecho por él, de una forma u otra encontraría la forma de sobrevivir, sino por esos niños cuyos padres ya no estaban en este mundo, en buena parte por culpa del suyo. Tumbado sobre las sábanas blancas, en aquella habitación diminuta, casi podía sentir la mirada de Birdwhistle ardiendo en su cuello y la incomprensión en los enormes ojos de Lieberman.
Para poder ayudarlos había tenido que admitir esa parte de él que odiaba y en un irónico giro del destino, ahora ellos lo odiaban a él. Estaba acostumbrado a que lo repudiasen, a que lo temiesen, y por supuesto a que lo detestasen, pero por algún motivo, esta vez se sentía mal por ello.
Ya mismo debía amanecer y de todas formas estaba claro que no iba a ser capaz de conciliar el sueño, por lo que pateando las sábanas, Yoel se incorporó, dispuesto a dar un paseo.
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ASESINOS DE ALMAS
FantasíaEl mundo de Jason se encuentra dividido por una cruenta guerra que inició hace miles de años y que no parece tener fin. Los Oscuros son criaturas con aspecto casi humano pero con cualidades que los hacen ciertamente peligrosos. Parecen odiar a la es...
