CAPÍTULO 22

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Aidan tiró suavemente de las riendas de su caballo, haciéndolo detenerse. Inclinó la cabeza hacia atrás y observó el enorme edificio frente a él. Era uno de los numerosos centros de entrenamiento repartidos por toda Illya, pero a pesar de lo que pudiese implicar su magnitud, no era ni el más grande ni el más importante.

Se encontraba situado a unos cuantos kilómetros al este de la posada en la que habían pasado un par de noches. Apenas les había costado una mañana de camino llegar hasta él. Estaba algo alejado de las transitadas calles de Illya, en la que a diferencia de Luarte, todo parecía conectado. No eran pequeñas aldeas repartidas por el terreno, separados por campos, huertos y bosques, allí, incluso los pueblos más retirados, tenían cierto aire de ciudad.

La mayoría de los centros de entrenamientos se encontraban en la periferia, cerca de la muralla, en las únicas zonas que verdaderamente se podían considerar rural en Illya.

Aidan miró hacia atrás, hacia el camino por el que habían venido y observó cómo se perdía en el horizonte escoltado a ambos lados por árboles, sin otro rastro de civilización. Sonrió.

No era tan denso cómo el bosque en el que solía cazar cerca de Luarte, pero serviría.

Se bajó del caballo y le acarició el lomo. Hacía tiempo que no montaba, había tenido hacía unos años un caballo llamado Melocotón, pero Ronan le había hecho venderlo preocupado de que alguien pudiese sospechar de donde lo había sacado. Tener dinero y mantenerlo en secreto a veces era emocionante, pero en ocasiones como aquella, le irritaba tenerlo y no poder gastarlo. ¿De qué les servía entonces la pequeña fortuna que habían estado amasando?

El sol seguía alto en el cielo, pero a pesar de que le habían dejado un caballo para él solo y de que el buen tiempo solía ponerlo de buen humor, no podía estar completamente conforme. Llevaba ya unos días sintiéndose así y esa sensación iba en aumento.

Tenía que pararlo de alguna forma.

Él no estaba hecho para preocupaciones, para darle vueltas a las cosas, sino para sacar el máximo provecho de cada situación, reír cada día el máximo número de veces posible. Había descubierto, tras unos años haciendo esto, que nunca reía uno lo suficiente.

El sonido de un carro deteniéndose a sus espaldas le hizo volverse. Yoel estaba a las riendas, con un par de soldados cabalgando a cada lado. Los demás chicos comenzaron a bajar de la parte trasera, contentos de estirar las piernas. Al final del todo, montada en su reluciente caballo blanco, estaba uno de los motivos de sus preocupaciones; la teniente Alyssa Mason.

Había accedido a dejarlos entrar en el ejército, lo cual era bueno. Ella misma les entrenaría, y además les había asegurado cierta protección, lo cual era incluso mejor.

Y aun así, había algo en ella que no le gustaba nada.

Aidan era bueno distinguiendo las intenciones de la gente. Solía acercarse bastante a la hora de determinar los colores de cada persona. No obstante, Alyssa era un lienzo en blanco. No podía sentir absolutamente nada por su parte y eso era infinitamente más peligroso que si hubiese intuido que tenía malas intenciones. Por lo menos así estaría preparado.

Ronan, con su constante balanceo entre el bien y el mal ya era lo suficientemente difícil de manejar, pero Alyssa, que no parecía tener muy claro aún sus prioridades, le estaba dando el mayor dolor de cabeza de su vida, y eso que la había conocido unas cuantas horas atrás. Lo estaba amargando y él no quería ser una de esas personas gruñonas con el ceño siempre fruncido. Él necesitaba su dosis diaria de risas.

—¿Qué tal el paseo a caballo? —cuestionó la segunda de sus preocupaciones.

Ronan se posicionó junto a él y colocó una mano sobre el animal, a pesar de que sabía que no le gustaban mucho los animales. A diferencia de él, estaba de un excelente humor, lo cual le irritó aún más. Era la influencia de ese chico, Seth, y que las cosas hubiesen salido como él había planeado los causantes de su felicidad.

ASESINOS DE ALMASDonde viven las historias. Descúbrelo ahora