Carta XIX
... Dejaré de escribirte, porque entendí que debo dejarte ir. Dejaré de pensarte, quizás de ese modo pueda hacer las cosas más fáciles.
Pero no dejaré de amarte, porque te lo prometí y porque tu amor me hace continuar, tu amor me hace fuerte, y a tu amor es a lo único que me aferro para seguir adelante.>>>
Doblé la pequeña hoja con mis dedos, abrí el cajón de mi escritorio y lo enterré entre el montón de papeles que tenía allí dentro, quité la tinta restante de la punta de la pluma y bebí un poco del café cargado que ya se había enfriado.
El llanto de bebé me levantó los vellos de la piel, estrujé mis ojos con mis dedos y me puse de pie caminando hacia la cuna en donde mi hija estaba acostada. Cuando me acerqué a ella dejó de gritar, sus ojos quedaron enfocados en mi rostro, eran de un color verdoso oscuro y su carita era tan pequeñita que a veces me daba miedo que pudiera desgastarse de tanto verla.
— Hola mi niñita. — ella me sonrió estirando sus brazos para cargarla. Adrienna era una bebé muy despierta y muy hábil, tenía que estar vigilandola todo el tiempo porque me daba miedo que pudiera lastimarse. Lloraba mucho y siempre quería que la tuviera en brazos, solo de esa manera se calmaba. Ella colocó la palma de su mano sobre mi mejilla, la cual había afeitado para no dañarla, besé su frente y salí de la habitación. — ¿Quién es una niña buena? — ella soltó una risita cuando troné mis labios en su mano, me recordaba mucho a Joanne, en sus facciones, en su rostro y hasta en el cabello rojizo, además de querer estar siempre apegada a mí, lo cual no me molestaba, por lo contrario disfrutaba de su compañía, era un sentimiento nuevo que había descubierto, cuidar y querer proteger a alguien de esta forma tan delicada, era mi hija, y aún no me entraba en la cabeza como yo había sido capaz de ser parte de la creación de tan preciosa criatura. Joanne me había enseñado muchas cosas y habíamos sido felices, siempre le agradecería haberme dado esta dicha, la dicha de ser padre.
— ¡Papi! ¡Papi! — escuché la voz de Pet quien entraba corriendo hacia la sala. Aunque al verme con Adri se detuvo y abrió los ojos como platos. — Uh, lo siento papi. — bajó la voz porque le había enseñado que cuando estuviera cerca de la bebé debía ser cuidadoso y silencioso. — ¿Está domida?
— No pequeño, justo ahora está mirándote. — Pet me sonrió y se acercó curioso, vio a Adrienna y le regaló un beso en la mejilla.
— Es bonita.
— Lo es. — asentí.
— Y es que todos los miembros de esta familia están destinados a ser excepcionalmente bellos. — expresó Ethan acercándose a nosotros. — Que tal hermano. — levanté la cabeza notando que mi hermano se acercaba escandalosamente. — Así que, tienes mucha suerte amiguito, estás destino a ser magníficamente bello como yo. — revoloteó el cabello de Pet haciéndolo reír.
— Tío rubiu. — Ethan lo cargó, colocándolo en su cuello.
— Está decidido, abriré mi propia guardería.
— Eso sería algo útil y bien pensado Ethan, a veces me sorprendes.
— Además de ser bello soy inteligente. — puse los ojos en blanco mientras mi hija fruncía su frente y hacia una trompa con sus labios. — No me mires así pequeña, también hay amor para ti conejita.
— ¿Cómo está Bee? — pregunté puesto ya sabía que dio a luz y también sobre el lamentable hecho de la perdida de uno de sus hijos.
— Mucho mejor. La mamá de Emma se ofreció de encargarse sobre la cremación de la niña, hemos preferido que Bee se mantenga alejada de todo eso. Ella está llevándolo bien además el niño es encantador, tienes que verlo. — sacó su móvil extendiéndolo para mostrarme una foto del bebé de Bee, está durmiendo y ella lo está observando con los ojos enrojecidos de haber llorado. — El jodido Daniel sabe cómo hacer un buen trabajo.
