Capítulo 11
El llanto, el llanto de un niño puede romper corazones, puede quebrarte y a la vez ablandarte... Pero el llanto de un hombre, un hombre duro y frío, uno al que creías incapaz de sentir, y que aparenta una fortaleza inquebrantable, simplemente puede partir almas.
Me asfixiaba, sentía que estrangulaban mi garganta quitándome el habla, convirtiendo mis piernas, mi cuerpo y mí sistema en líquido, un líquido capaz de escurrirse por mis hueso hasta caer al suelo, temblaba de arriba hacia abajo y mi corazón... Oh diablos, ni siquiera era capaz de describir lo que sentía mi corazón con este arrebato de emociones.
Sus brazos se habían aferrado alrededor de mi pequeño cuerpo, y mis manos clavaban las uñas sobre la tela de su ropa descansando mi barbilla en su hombro. Llegó un sollozo, un sollozo lleno de dolor, cargado de tristeza como si todo lo que le rodeaba se derrumbaba.
Escucharlo me quemaba, petrificaba cada sentido mío, sentir la humedad de sus lágrimas sobre mi mejilla era como un escozor sobre mi piel. Inconscientemente acaricié su espalda, realizando un camino hasta su nuca, yo no podía explicar ni con palabras ni con pensamientos mis acciones, solo actuaba, actuaba sin medir nada, actuaba por instinto, como si una parte interna me dijera que debía consolarlo, que debía acurrucarlo entre mis brazos, que debía abrazarlo hasta que mis brazos dolieran.
— Lucian. — sentí la aspereza en mi voz y garganta, su cuerpo se sacudió en leve espasmos que solo hacían que se aferrara más a mí.
— No puedo... No puedo hacerlo Maggy. — repitió, mi mente era un vacío, como una luz escasa que se iba apagando con forme lo escuchaba. — No sé cómo seguir, no sé cómo ser padre, no sé cómo cuidar de Pet, no sé cómo hacer todo esto solo. — Tragó saliva y se separó levemente de mí solo para apoyar su frente sobre la mía, me permití verlo, con lágrimas secas en sus mejillas, sus ojos inyectados en sangre, perdiendo el brillo habitual en el color verde y sus labios tan resecos. — No quiero seguir, no soy tan fuerte, yo no puedo hacerlo.
— Si... Puedes. — él negó cerrando sus ojos.
— No puedo hacerlo... Sin ella.
Esperaba todo menos aquellas dos últimas palabras, tenía frente a mí a un hombre con el corazón roto, un hombre que se creía débil cuando débil solo sería si se daba por vencido por completo. Sus manos grandes tomaron el contorno de mi rostro con total delicadeza, su tacto me estremecía pero estaba tan absorta en su declaración que no pude alejarme.
— Te refieres a Joanne. — musité, como si fuera posible su rostro se acercó más al mío, tan cerca que mi respiración chocaba contra la suya.
Negó.
— Perdí al amor de mi vida. — susurró con su aliento rozando mis labios. — Sin ella soy nada... Nada.
Mis labios temblaron y la fibra sensible en mi interior se quebrantó, parpadee continuamente intentando no llorar, intentando contenerme porque no tenía lógica, no tenía sentido ponerme así, ni siquiera tenía sentido que me encontrara en esta situación. Lucian cerró los ojos y tomó una fuerte respiración.
— Maggy, yo te ne... — la puerta se abrió y por inercia ambos nos alejamos.
Los ojos grisáceos del vampiro me observaron con detenimiento y lentitud, pasaron de mi a él, mis mejillas se encendieron, comprendí perfectamente la situación en la que nos encontrábamos, tan cerca, con su rostro tan pegado al mío y solos en una habitación.
Lucian apretó los labios y se giró dándole la espalda a Dereck quien permanecía en el marco de la puerta en silencio. Lo vi limpiarse la humedad en su rostro con sutileza como si no quisiera que el otro vampiro lo notara.
