Capítulo 26
Una vez más, el martillero de mi corazón golpeteaba tan fuerte que hacía eco en mi interior. Mi cabeza dolía, mis ojos hinchados y enrojecidos ardían de todo lo que había llorado en las últimas cuarenta y ocho horas.
Me sentía devastada, con ese nudo en mi pecho molesto que ni siquiera me dejaba conciliar el sueño.
¡Ayuda! Quería pedir ayuda, aunque en realidad lo único que quería era tener a mi bebé de vuelta, a mi lado.
— Mi bella dama... —— Dereck acariciaba mi espalda en suaves movimientos como si intentase calmarme, pero no podía. Era consciente que parte de mi dolor también lo sentía él, algo que compartíamos como almas gemelas. — Por favor, tienes que comer algo.
Negué con la cabeza y me acurruque aún más apretando la almohada contra mi pecho.
— Margaret, entiendo por lo que estás pasando, porque creeme que todos estamos igual de angustiados que tú. Pero estás embarazada, no puedes descuidarte de esa manera.
— No... No lo entiendes. — giré mi cuerpo para quedar cara a cara con él. —Tú no estabas allí, a ti no te llamó y gritó tu nombre, tú no vistes su carita llena de miedo... Tú no estuviste ahí.
— Lo siento tanto cariño. — me abrazó fuerte y depositó un beso en mi sien.
— Debe estar tan asustado, de seguro piensa que lo hemos abandonado y que...
— Hey. — levantó mi mentón. — Peter es un niño inteligente, sabe que nunca lo abandonarías, y que va a volver a verlos.
— Señor Annibal, la doctora ya está aquí. — anunció Rebeka.
— Hágala pasar, por favor.
Dereck se levantó de la cama y acomodó la almohada detrás de mi espalda para poder sentarme. La doctora Hill se apresuró a ponerse al tanto de todo, me regañó por mi imprudencia de ponerme en peligro sin embargo no podía culparme, hubiera hecho lo que estuviese estado a mi alcance para salvar a Pet.
— Aún sientes los dolores pélvicos.
— De vez en cuando.
— Son leves contracciones, típicas del octavo mes. Lo que significa que la niña se está colocando en la posición cefálica para el parto.
— Eso quiere decir...
— Que deberíamos internarte en la clínica Margaret, es crucial que guardes cuanto más reposo puedas, el nacimiento de tu hija podría adelantarse.
— No... Yo... No puedo. — tartamudee sintiendo que iba a recaer en una crisis nerviosa.
— Margaret tranquilizate. La doctora tiene razón tienes que guardar reposo, es muy importante que estés bien para cuando...
— Pero no puedo estarlo. — estrujé mi rostro con las palmas de mis manos, mis dedos masajeando mi piel tensa. — ¿No lo entienden? No puedo estar aquí tranquila mientras sé que él debe estar allá afuera sólo y aterrado yo no puedo.
La mano de Dereck sostenía la mía, no se había separado de mí ni un solo minuto, y agradecía enormemente tener su compañía.
— Lo vamos a resolver cariño. — besó mis nudillos.
Pude escuchar el timbre de la casa y mi corazón se aceleró, intenté ponerme de pie pero Dereck me detuvo.
— No Margaret.
— Ya llegaron, están aquí.
Él apretó los labios y muy en contra de lo que él quería. Me ayudó a levantar. La doctora Hill sabía que yo era terca y testaruda, puede que hasta un poco inconsciente y que mi hija me perdone por no estar haciendo lo correcto pero como podría, mi corazón y todo dependía de un hilo y me sentiría inútil si me quedaba de los brazos cruzados. Con ayuda de Dereck bajamos hasta el primer piso, donde mi padre, Dimitri y Lucian habían entrado, este último tenía la camisa manchada de sangre su rostro algo sucio pero no había heridas.
