Los meses transcurrieron tranquilamente en la residencia de los Vultutis. Renata se había adaptado muy bien a las costumbres de los vampiros italianos. Sorprendentemente, Jane se había convertido en su aliada y amiga. La rubia se sentía feliz de tener una compañera con la cual podía hablar de temas más femeninos, algo que incomoda a su gemelo. Los guardias estaban emocionados al ver a la nueva guardia, desgraciadamente la presencia de la gemela bruja los mantenía alejados. Los maestros estaban complacidos con la maltesa, su don era fantástico, aunque jamás se compararía con los gemelos, ella era extremadamente importante.
Alec se sentía confundido con la presencia de la chica. Una parte de él estaba feliz de ver a su hermana interactuando con alguien más. Por otra parte se sentía nervioso ya que estaba empezando a sentir algo. Renata era hermosa, su cuerpo pequeño tenía curvas suaves y delicadas, su melena era negra y sus ojos poseían un brillante tono carmesí. Él sentía la necesidad de escribir cartas y poemas para la nueva guardia. Pasaba tardes encerrado en su habitación escribiendo para ella con la intención de plasmar sus sentimientos en palabras.
Jane estaba en su habitación junto a Renata cuando un guardia fue a buscarla. Ella suspiró y tomo un espejo para verse, sonriendo al ver las pequeñas trenzas que su nueva amiga le había hecho. Ella no quería estar sola y sabía que Renata tardaría en volver, por lo que decidió ir a la habitación de su hermano.
El tiempo había hecho que la confianza les permitiera entrar en la habitación del otro sin pedir permiso. Al llegar, ella encontró a su hermano sentado en la ventana, sumamente concentrado en el cuaderno que tenía entre sus brazos. Una sonrisa maliciosa se formó en los labios de la rubia mientras se acercaba silenciosamente a su hermano. Éste se asustó al sentir unos pellizcos en su espalda y volteó rápidamente para ver a la causante de su sobresalto.
–¡Jane!
–Lo siento –contestó en medio de las risas–, te ví y no pude evitarlo.
–Bruja.
–Así me quieres –sonrió y se percató de los papeles en las manos de su hermano–. ¿Qué es eso?
–Nada que te importe –Alec aferró los papeles contra su pecho y de un rápido movimiento su hermana se los quitó–. ¡Dame eso Jane!
–No lo puedo creer, son cartas de amor para Renata –ella alzó una ceja y miró a su hermano pidiendo una explicación–. Explicame que esta pasando.
–No pasa nada que te importe.
–Alec, soy tu hermana y tengo derecho a saberlo.
–No lo se, me estas dejando solo. A veces creo que no me quieres porque vives pegada a Renata.
–¿Estás celoso? Tú eras el que quería que tuviera una amiga.
–Si pero no pensé que me ibas a dejar tan solo.
–Alec –la mirada de ella se suavizó y se acercó a su hermano–, siempre te voy a querer y siempre serás lo más importante para mi. Que pase tiempo con Renata no significa que ya no te quiera. Eres mi hermano, mi otra mitad, la única persona que realmente sabe como soy y me conoce desde antes de nacer. Es imposible que deje de quererte.
–Es lo más dulce que me has dicho –Alec la miró con ternura y la abrazó–. Yo también te quiero y siempre serás importante. Jamás van a separarnos.
Los hermanos estuvieron abrazados en silencio durante algunos minutos, ambos necesitaban ese abrazo que era la confirmación de que nada ni nadie los separaria. Alec fue el primero en separarse y le enseñó las cartas y poemas que había escrito para Renata. Jane se sorprendió al ver y escuchar la devoción con la que hablaba su hermano. Luego de pensarlo, ella accedió a ayudarlo para que pudiera acercarse a su amiga. Ambos idearon un plan para que él pudiera acercarse, cuando estuvieron seguros de que el plan era infalible, salieron de la habitación para buscar a la maltesa.
Alec estaba muy entusiasmado con la idea de su hermana. En su mente se veía a él y a Renata juntos, como una pareja. Se imaginaba el salón del palacio decorado, con un altar en donde la esperaría y la vería aparecer con un hermoso vestido de novia. También pensaba en todos los lugares a los que la llevaría. Un pellizco en el brazo hizo que volviera al presente y mirara hacia delante. Todas las ilusiones que tenía se fueron al ver a Renata coqueteando con Felix. La rabia se apoderó de él y si no fuera por su hermana, habría extendido su niebla hacia ellos. Jane tomó el brazo de su hermano y lo obligó a ir a la habitación. Ni bien entraron, Alec rompió todas las cartas y se dejo caer en la cama.
–Calma...
–¿Calma? ¿Cómo quieres que me calme? –Alec la miro dolido y se puso de pie– Es obvio que ella nunca se fijara en mi, no importa cuanto lo intente, nadie se fijara en mi mientras un montón de hombres musculosos vivan con nosotros.
–No digas eso Alec, tu eres un gran chico y estoy seguro de que ninguna chica podrá resistirse a tu encanto.
–Pasaré mi eternidad solo.
–Tú nunca vas a estar solo, siempre voy a estar aquí para todo lo que necesites –ella trató de animarlo pero fue inútil. Jane sabía que cuando su hermano estaba deprimido lo mejor era dejarlo solo dado que odiaba que lo vieran en ese estado.
Cuando la rubia salió de la habitación, apretó los puños y fue a buscar a Renata. Ella podría ser su amiga pero Alec era su hermano y ella no iba a permitir que lo lastimaran. Jane se dirigió a la sala de tronos y observó confundida la escena que tenía delante de ella.
Los maestros estaban demasiado risueños con Renata. Varios guardias estaban a su alrededor riendo y Felix tenía un brazo alrededor de su cintura. Jane miró la escena asombrada y escuchó como la maltesa se burlaba de ella. De pronto, ya no solo estaba enojada porque ella daño los sentimientos de su hermano, también lo estaba a causa de ser el hazmerreír de la guardia. Sin pensarlo, utilizó su don para que ella pudiera retorcerse de dolor.
–¡Jane! Detente ahora mismo –gritó Aro y ella lo miro.
–¿Por qué debería parar? Ella es una traidora que finge ser mi amiga para luego burlarse de mi. Creí que usted me quería maestro, ¿por qué la apoya en lugar de defenderme?
–Querida –Aro la miro dulcemente–, yo te quiero de la misma forma que quiero a todos los guardias. Tu hermano y tu sois especiales, pero Renata formara parte de nuestra guardia privada y eso significa que es más importante –Jane retrocedió como si hubiera recibido un golpe muy fuerte, apenas daba credito a las palabras que el líder de los Vulturis había pronunciado.
–¿La esta eligiendo a ella antes que a mi? –preguntó dolida.
–Aceptalo niña, ¿quién querría ser tu amiga? Eres insoportable, frívola y aburrida.
La ira amenazó con volver a dominarla, sin embargo ella se controló y miro a todos los guardias apaticamente. Fijo su mirada en Aro y sonrió angelicalmente. Felix y Demetri se pusieron delante del maestro para protegerlo antes de que la joven usara su don.
–Espero que no se arrepienta de la decisión que acaba de tomar, maestro.
Ella abandonó el lugar con una falsa referencia y se dirigió a la habitación de su hermano. Éste al verla se preocupó y la interrogó con la mirada, ella se sentó en la cama y comenzó a explicarle todo lo que había pasado. Alec apretó sus puños y tomó la mano de su hermana.
–Es el momento de irnos, esta claro que ya no nos necesitan y nadie nos extrañara. Conocemos el mundo y sabemos alimentarnos, podremos vivir solos y dejar atras a estos monstruos.
–Tienes razón, no quiero quedarme si Aro va a permitir que se rían de mi.
Alec abrazó a su hermana y le dio su capa. Ambos esperaron hasta el amanecer para irse y abandonar el palacio. Sabían que Aro nunca enviaría a buscarlos durante el día, lo cual les daba bastantes horas de ventaja para escapar y esconderse.
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Segunda oportunidad
FanfictionAlec y Jane Vulturi son conocidos por ser los vampiros más jóvenes, crueles, sádicos y fríos del mundo. Fueron convertidos a la tierna y conflictiva edad de 13 años, un momento vital en donde ocurren cambios físicos y psíquicos, los deseos y necesid...
