59. ¿Ser o no ser?

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Por más que lo intentó, para Jane era difícil tomar una decisión tan importante. Se sentía divida entre la curiosidad y la prudencia.

Una parte de ella, la que era leal a Alec, lo extrañaba y deseaba volver con él, aunque eso significara volver a una rutina asfixiante, convivir con humanos y beber la insípida sangre animal. Volver con Alec y los Cullen era sinónimo de una inmortalidad apática y estática, y por más que lo deseara, sabía que nada iba a cambiar.

Aceptar la propuesta de Aro y Caius significaría quedarse eternamente encerrada en Volterra, sentada en un trono de oro y terciopelo rojo mientras los guardias se divertían abandonando el palacio para realizar las misiones. Sea cual sea la decisión que tome, su don sería un gran desperdicio ya que no tendría oportunidad para usarlo.

Cansada de estar encerrada en su habitación, se cambió de ropa a gran velocidad y abandonó el lugar. Tal vez recorrer el palacio y ver los cambios la haría tomar una decisión.

Sin ser consciente de ello, sus pies la llevaron hacia la sala de entrenamiento. Mucho antes de entrar pudo escuchar el sonido de cuerpos golpeándose mutuamente. Antes, cuando era la jefa de la guardia, eran escasas las ocasiones en que iba a ese lugar. Con un don tan letal como el suyo, Alec y ella no habían tenido la necesidad de entrenar como el resto de los guardias, ya que sus dones eran suficientes para defenderse.

Con curiosidad, entró a la sala de entrenamiento y se pegó a la pared para espiar a los guardias. Ninguno se percató de su presencia, o al menos fingieron no hacerlo. Jane los contempló con aburrimiento. Ella creyó que sería más interesante, pero solo eran hombres golpeándose mutuamente, tal y como Emmett y Jasper hacían.

Estaba a punto de irse cuando una puerta captó su atención. En silencio, casi como un fantasma, se deslizó hacia la puerta y la abrió, sorprendida al ver el interior.

Era una sala sencilla, realmente no había nada digno de admirar, sin embargo, lo que cautivó a Jane fue la gran cantidad de agua que formaba una gran pared, diviendose en dos para derribar con fuerza un par de maniquis que había a los costados de la habitación. El suelo se inundó, no obstante, como si tuviera vida propia, el agua se replegó hasta volver a las manos de Benjamín, quien se dedicó a hacer remolinos de aire.

Ella nunca había visto nada tan impresionante como aquello. Al ver lo que Benjamín es capaz de hacer, fue capaz de entender por qué Aro y Caius lo habían convertido en su reemplazo al nombrarlo jefe de la guardia. Sin previo aviso, él volteó e inclinó levemente su cabeza.

–¿Le agrada lo que ve, maestra?

Jane entrecerró los ojos, bastante molesta por el título. Aún no era oficial, ella no había tomado ninguna decisión. Con un suspiro, ella se esforzó por sonreír.

–Solo dime Jane –pidió con calma–. Aún no he tomado una decisión, así que podemos tratarnos como iguales, como jefe de la guardia a ex jefa de la guardia.

Benjamín asintió lentamente y sonrió con cierta timidez.

–Entonces... ¿te gustó lo que viste, Jane?

A Jane le agradó la forma en que Benjamín pronunció su nombre. Había cierta tonalidad árabe en su voz, un tono grave, masculino y viril que despertó sensaciones agradables en su interior. Desviando su mirada hacia sus manos, ella intentó recordar qué es lo que más le agrada de Benjamín. Es extraño, apenas lo conoce y ya siente la necesidad de pasar más tiempo con él.

–Lo que hiciste con el agua y el aire –ella elevó su mirada y lo contempló con un profundo respeto—, eso fue increíble. En doce siglos jamás he visto algo tan impresionante como lo que has hecho. Creo que ahora entiendo por qué Aro y Caius te dieron mi puesto –lo elogió con una sonrisa cordial.

Segunda oportunidadHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora