2:a

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Las puertas de la biblioteca estaban cerradas, por supuesto.
Otro tanto para Psico-papi, que se  había impacientado cuando le recordé que debía asegurarse de que la bibliotecaria de la escuela estuviera allí para dejarme entrar.
–No te preocupes por eso –había dicho la pasada noche–. Llamé a la escuela hace una semana. Dijeron que no había problema.

Pues parece que te equivocabas, papi.

2:b

El instituto Turing era una de esas decisiones de Psico-papi, igual que la de mudarnos a una nueva megamansión ciento cincuenta kilómetros al norte de Milwaukee tras mi estancia en el psiquiátrico. ¿O fue mi colapso nervioso? No, no era mi «pequeño episodio», expresión que usaba mi padre para referirse en mi estancia en el lugar donde los locos dan de comer a las ardillas. Siempre lo llamaba «pequeño episodio», como si mi vida fuera una telecomedia y pudiéramos limitarnos a zapear hacia el pasado.

La primera vez que sacó el tema a colación estábamos en el despacho de Rebecca. Corría el mes de marzo, y aunque por entonces yo no lo sabía, sólo iba a ver otras dos veces a mi terapeuta. Otra pieza más de la campaña de Psico-papi para hacer borrón y cuenta nueva.
–El Turing es buena idea –dijo él–. Jenna es una chica brillante y sensible. Sólo tuvo un... pequeño episodio, eso es todo. Cuando estaba en el, ah...
–¿Hospital? –le apunté.
Estaba retrepada en mi sitio habitual, un mullido sillón de cuero.
–¿Unidad?
Los labios de papá se convirtieron en una línea sobre su barbilla. Una fisura en el granito. En casa nunca le hablaba así, a menos que quisiera despertar a Psico-papi. Por supuesto,la excusa perfecta es que papá es cirujano plástico y se tira a su enfermera y tiene ataques de mal genio porque está bajo mucha presión.
Eso sin hablar de los rollos y las aventuras. Pero eso no le incumbe a nadie. Es un asunto familiar. Ya sabes de lo que hablo, Bob.

Pero el despacho de Rebecca era mi territorio. Allí papá tenía que comportarse.
Los médicos son muy sensibles con su reputación frente a otros médicos; aunque sea frente a un loquero, la forma más inferior de vida, porque todos los médicos saben que los estudiantes de medicina que se especializan en psiquiatría son, para empezar, bastante raritos, de esos que se asustan ante la visión de la sangre y las vísceras.
Y que Rebecca fuera una chica... lo demostraba.
–Sí –dijo él–. Tu profesora de allí dijo que estabas a años luz del resto de chicos.
Eso era cierto, aunque no era mucho decir. Durante los cuatro meses que permaneció hospitalizada, sólo hubo dos chicos que se quedaron lo suficiente como para necesitar, algo aparte de que les mandaran los deberes escolares.
Uno tenía once años y sufrirá crisis maníacas la mitad del tiempo; la otra mitad la pasaba en la sala de aislamiento, amenazando con volar aquel antro por los aires.
La otra chica tenía diecisiete años, se había quedado embarazada y luego había empezado a vomitar para permanecer delgada, hasta que el bebé murió de hambre y lo perdió. Sólo que entonces no pudo –o no quiso– dejar de vomitar. Creo que sólo hubo una semana en la que no la vi deambulando por la unidad con una sonda nasogástrica pegada a la nariz y un asistente psiquiátrico al alcance de la mano.

2:c

–He mantenido una larga charla con el director y el asesor del Turing –estaba diciendo papá–. Me han asegurado que están acostumbrados a tratar con chicos con... problemas.
–¿Les has hablado de mí?
Clavé los ojos en Rebecca, quien nos miraba frunciendo el ceño.
–¿Tu sabías algo de esto?
–No exactamente –contestó Rebecca–. Doctor Lord, usted no...

–No creí que fuera necesario involucrar a Becky en las etapas preliminares.
Papá nunca llamaba «doctora Savage» a Rebecca, aunque ni siquiera ella utilizaba el diminutivo «Becky».
–En cualquier caso , tampoco es una decisión que le incumba.
–Pero no me lo preguntaste a mí –protesté, creyendo como una estúpida que tal vez tantas horas de terapia familiar habían hecho mella–. No lo hemos discutido.
Mamá intervino para disculparlo:
–Tu padre no tenía intención de herirte.
–¿Por qué no puedo seguir estudiando desde casa?
–Eso es imposible –sentenció papá.
–¿Por qué?
–Porque sí. Emily está muy ocupada con la librería y yo tengo operaciones programadas todos los días, sin contar intervenciones de urgencia. Me paso seis días en el hospital, a veces siete. Ni tu madre ni yo tenemos tiempo para hacerte de canguro.

Ahogada en una grabadora (SINREVISAR)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora