XXVI. Pequeña pero gran visita

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-Ya no te quiero más.

Mamá se encuentra frente a mí, enojada y con el ceño fruncido diciéndome que ya no me ama. No sé porque me dice eso, cuando yo le he repetido cuando la amo. Es una pesadilla; jamás… Una pesadilla. ¡Estoy soñando!

-Siempre esperé un varón como hijo pero naciste tú… una niña.  – Mamá dice con asco.

Quiero despertarme. ¡No quiero ver como la mujer que me crio dice que no me quiere aunque sea un sueño! Ciento un vacío en mi interior y de repente, un enorme cíclope aparece y se lleva a mamá. Grito desesperadamente. Es el mismo cíclope que mato Johann. Agito mis brazos y grito cuanto le amo.

-¡Jamás quise hacerte daño, mamá! Grito. Ella desaparece junto al cíclope.

Abro mis ojos. Me encuentro en mi habitación… gracias a los Dioses. Estoy temblando y mi frente está bañada de sudor. Me levanto de la cama y tomo una toalla y me limpio mi rostro. Necesito aire fresco. Salgo a la terraza e inspiro profundamente, llenando mis pulmones de aire puro.

Mi mamá… necesito verla. He tenido fuertes pesadillas sobre que ella no me quiere o ya no me necesita. Quiero saber si se encuentra bien. Lo necesito. Y la verdad, es qué, no me basta con una llamada telefónica. Necesito verlo con mis propios ojos. Pero, maldición, no puedo. Estoy tan, tan lejos de ella. Sólo quiero verla, plantarle un beso en la frente y decirle que la quiero y que todo está bien. Eso es lo único que pido.  

Cierro mis ojos y dejo mi mente flotar en la oscura noche. Recuerdos invaden mi cabeza: Mi cumpleaños junto a mamá y papá –Sin peleas–, el primer día que fui a clase y me alentó diciéndome que ella me esperaría ahí, en el estacionamiento hasta que terminara el tiempo de escuela – Aunque después me di cuenta que se iba y regresaba quince minutos antes de que sonara la campana. Una vez, en mi cumpleaños, tenía que morder la tarta de chocolate que me había comprado y cuando lo mordí, enterró mi cara en la tarta. Mi cumpleaños siempre consistía en papá, mamá y yo. Ni más amigos ni más familiares; sólo nosotros.

Los recuerdos me hunden y una lágrima se desliza por mi mejía. Tan solo quiero verla… aunque sea un segundo. Siento que me vigilan y abro mis ojos, encontrándome a Johann en su ventana; me seco con la palma de mi mano mi mejía rápidamente. La verdad es que nuestras casas están enfrente y no están muy lejas así que puedo verlo claramente.

-¿Qué? – Suelto.

-No llores por mí, querida, no le tomes importancia a mí y mis amantes.

-Puf, ¿Yo llorar por ti? Por favor, madura. – Lo fulmino con la mirada.

-¿Extrañando a tú madre? – El Johann patán se ha ido, al parecer.

-La verdad… sí. Sólo… quiero verla.

Johann se queda pensativo, como  si quisiera ayudarme o no; al final, me mira fijamente.

-Yo podría llevarte.

-¿En cerio? – Chillo.

-Sí… pero no lo sé. – ¡Oh, por favor!

-Por favor, Johann.

-¿Cómo? No te escuche. – Se inclina y pone su mano en la oreja, queriendo escuchar mejor.

False InnocenceHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora