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Era de madrugada cuando Desdemona se despertó, cogió la maleta que había preparado la noche anterior, dejó una carta en la mesa donde desayunaba con su madre y hermana y salió del hotel como una fugitiva. Cuando salió a la calle, era tan pronto que todavía era de noche.

El día anterior, con la luz del día y tras haber dormido un par de horas, había estado organizando todo. Preparó una maleta, escribió una carta a su familia y buscó cómo llegar a Bagdad. El camino iba a ser largo. Tomaría primero un tren a Marsella. Ahí tomaría un barco que la llevase a Constantinopla. Por último, tomaría otro tren, con destino a la India, que parase en Bagdad. Una vez que llegase a la ciudad persa, trataría de pagar a alguien para que la acompañase por el desierto y localizar Babilonia.

El plan era una locura, lo sabía. Comprendía que le esperaba un viaje largo, azaroso y peligroso. Ella, que nunca había ido a ningún lado sola, ni siquiera cuando iba a casa de sus tíos, iba a emprender un viaje que la llevaría a otro continente. A otro lugar donde estaría sola, sin la protección de sus padres. Y era esa soledad lo que le preocupaba de verdad. Eso, y la reacción de sus padres al enterarse de su fuga. Por eso había optado por coger el primer tren con destino a Marsella, antes de que nadie se despertase. Sí lograba embarcar en la ciudad portuaria antes de que la localizasen, sabía que sería imposible que siguiesen su pista más allá.

Había cogido dinero que su madre tenía guardado en un bolso de fiesta. Cuando lo hizo, se sintió la persona más miserable del mundo. Estaba robando a su madre para poder fugarse. ¿Pensarían que se había escapado por amor? Para evitarle mayores disgustos a su familia, dejó escrito en la carta que, efectivamente, se iba por amor. Contó que había conocido a un portugués durante su estancia y que, sabiendo que sus padres nunca le aceptarían por no pertenecer a la nobleza, le rechazarían. Esperaba haber sonado lo suficientemente sentimental para que la creyesen. Incluso copió alguno de los párrafos de los libros de Joyce, para dar mayor veracidad a sus falsos sentimientos. Su familia se repondría de la desgracia social de una hija fugada por amor, pero no de una hija fugada para vivir aventuras.

Con esos pensamientos en su cabeza, llegó a la estación de tren. A pesar de lo pronto que era, la estación bullía. Esta era enorme, con gente corriendo de un lado a otro. Vio a niños pidiendo algo de comer tendiendo sus manos y como elegantes señoras les miraban con desagrado, girando sus rostros en dirección contraria, mientras se agarraban con fuerza del brazo de sus acompañantes masculinos. Vio a caballeros comprando el periódico recién salido de imprenta, con las noticias de ese día. Observó como varios pilluelos se arremolinaban en la entrada a los andenes, con la esperanza de que alguien les diese una limosna.

Mientras cargaba su maleta, que se le hacía con cada paso más pesada, localizó las taquillas donde adquirir un pasaje para Marsella. Un par de empujones casi la derribaron, pero logró llegar al lugar y hacerse con un billete. Intentó preguntar al hombre que la atendió si sabía cómo llegar desde la estación de tren al puerto, pero este, con un gesto, le indicó que se apartase y dejase comprar a la siguiente persona.

Así que Desdemona, que hasta entonces había vivido en un mundo privilegiado, rodeada de lujos y atenciones, se sintió perdida. Durante unos segundos pensó en llorar, en regresar al hotel. Tal vez su madre aún no se hubiese despertado, y pudiese fingir que nada había pasado. En ese momento, cuando una lágrima asomaba por su ojo, un empujón la devolvió a la realidad.

– Tenga cuidado, señorita– dijo una voz masculina. Desdemona levantó la mirada. Esa voz era la voz del hombre que la había ayudado en la biblioteca, estaba segura. Cuando trató de localizarle, este ya había desaparecido entre la marabunta de personas. Tal vez había sido una coincidencia, o con el ruido había confundido la voz. Estaba cansada, en las últimas noches había dormido poco por los nervios, así que era comprensible que estuviese confundida.

Miró el billete que estaba en su mano. Su tren salía en quince minutos desde la vía cuatro. Debido a lo tarde que había comprado el billete, se tenía que haber conformado con un pasaje en tercera clase. Desdemona suspiró, el viaje duraría poco, y así ahorraba dinero. No podía permitirse el lujo de ir malgastando el dinero por ir más cómoda. Ya no era hija de un Conde. Si alguien la preguntaba, era una institutriz que se dirigía a su nueva posición, con una familia adinerada italiana. No quería revelar ni su destino ni su situación familiar real, aunque esta ya no importase. ¿Acaso alguien la tendría en especial estima por ser hija de un conde inglés? Lo dudaba. Una vez que salías del círculo aristocrático, los títulos no importaban.

Localizó el vagón en el que debía subirse. Los gritos llenaban el pequeño espacio, con gente riéndose a carcajadas, comiendo con los carrillos llenos y colocando las maletas. Al ir en tercera clase, los asientos no estaban asignados, por lo que buscó un lugar libre donde sentarse. El único sitio que quedaba era al lado de un anciano que estaba sentado al lado de la ventana, por lo que la muchacha se tuvo que sentar en el asiento que daba al pasillo. Intentó colocar su maleta en el portaequipaje sobre sus cabezas. Al no tener la fuerza suficiente, buscó con la mirada alguien que la pudiese ayudar. Unos hombres charlaban con unas muchachas unos asientos más atrás. Desdemona se acercó a ellos, que encantados le colocaron la maleta. Cuando regresaron con las jovencitas, la inglesa pudo oír como se reían de ella por su falta de fuerza. Los ingleses cada día son más débiles, comentó uno de los muchachos, mientras el resto del grupo estallaba en carcajadas.

Desdemona se acomodó en su sitio, esperando que el tren arrancase. Los nervios que sentía en ese momento eran tan fuertes, que pensaba que estaba al borde del desmayo. El corazón le latía con tanta fuerza que pensaba que se le iba a salir del pecho. Unos gritos provenientes del exterior hicieron que todos lo que se encontraban en el reducido espacio se arremolinasen en su lado del vagón.

– ¿Qué está pasando? ¿Qué son esos gritos?– preguntó una mujer que miraba sobre Desdemona– ¿Están echando a algún polizón?

– No se ve a la policía– respondió una de las muchachas del grupo.

– Cállense, que así no hay manera de enterarse de nada.– exclamó otro pasajero.

Desdemona miró por la ventana. Efectivamente, había un grupo de personas congregado en el andén. Gesticulaban y miraban en todas las direcciones. ¿La estarían buscando a ella? Tal vez su madre se había despertado antes, y al ver la nota había mandando a que alguien la buscase. La joven se hundió en el asiento. ¿Debería abandonar su plan y volver con su familia? Antes de que pudiese echarse a atrás, el tren arrancó. En ese momento, el grupo del andén se abrió y le vio a él. Al señor Liebermann. Durante unos segundos sus miradas coincidieron. El prusiano la miró con desagrado. Inmediatamente, señaló a sus secuaces el tren, para que tratasen de subir. Pero ya era demasiado tarde, pues el tren estaba abandonando la estación.

– Niña, estás muy pálida. ¿Te encuentras bien? Toma, una naranja.– la mujer que había estado observando todo el tumulto a su lado le tendió una naranja. Desdemona la tomó y rompió a llorar. Sabía que estaba en graves problemas.– No te preocupes, niña. Seguro que vuelves a verle. Y sino, pues no pasa nada. Otro mozo vendrá. Y mejor que el anterior.

Con esa frase, la mujer se retiró y se sentó en su asiento. Desdemona intentó secarse las lágrimas, pero estas eran imposibles de parar. Los nervios que tenía acumulados desde hace días salieron a la superficie.

Lentamente la gente fue quedándose dormida. Lo único que interrumpía ese silencio eran los sollozos incontrolables de Desdemona. De repente, el anciano sentado a su lado se giró hacia ella y la sonrió con dulzura. Entre lágrimas, la joven sonrió como respuesta. Poco a poco se fue calmando y ella también se quedó dormida, con la naranja que la mujer le había dado entre sus manos.

LA PUREZADonde viven las historias. Descúbrelo ahora