Tal vez era la luz que se colaba por las ventanas que había visto la noche anterior, puede que fuese la comida, o quizás era que ya no estaba mareada, pero esa mañana, mientras desayunaba en el restaurante del barco, la joven se sentía dichosa. Podría decir que era feliz. Por fin, después de tantos días en los que había desayunado mal, Desdemona pudo hacerlo tranquila. Las tostadas con mantequilla y mermelada de cerezas que estaba comiendo le sabían deliciosas. El té con el que regaba la comida era, simplemente, exquisito. ¿Sabría la comida mejor en alta mar que en tierra? Miró a los pasajeros que estaban a su alrededor. Ninguno de ellos estaba comiendo con tanto placer como ella. A lo mejor se le había atrofiado el sentido del gusto, debido a lo poco que había comido los últimos días. Una naranja, galletas de mantequilla que había vomitado y una ensalada con pan que había comido a escondidas. Lo único que salvaba de sus últimas desastrosas comidas era la sopa que había cenado en Marsella.
El capitán anunció que llegarían al día siguiente a Constantinopla, por lo que esa noche celebrarían una pequeña fiesta a la que todos estaban invitados. Los pasajeros comenzaron a comentar sobre lo divertido que tenía que ser una fiesta en alta mar. Alguno de ellos se retiró a su camarote para planear lo que se pondría esa noche, a pesar de las horas que faltaban. Desdemona se limitó a terminar el desayuno y a salir a cubierta. Con suerte, esa mañana no se marearía y podría disfrutar de la brisa marina antes subir al tren que la llevaría hasta Bagdad.
Tumbada en la hamaca con los ojos cerrados, pensó en que, ya que iba a estar en Constantinopla, sería una lástima no visitar la ciudad. Había leído sobre las hermosas mezquitas que escondía la ciudad. Tal vez podría retrasar su viaje a Bagdad y permanecer en Constantinopla un par de días. Total, si Babilonia había permanecido cientos de años oculta, por unos días más no pasaría nada.
– Alfred, que mañana tan maravillosa. Sentémonos, como la señorita– una mujer de mediana edad ordenó a su marido, que se limitó a cumplir la orden de su esposa. Con una sonrisa, saludaron a la inglesa, que se les miraba– Disculpe si la hemos despertado, señorita. La he visto descansando tan plácidamente, que me ha dado envidia.
– Está bien– se limitó a responder con una sonrisa Desdemona. El sol brillaba con tanta fuerza, que no podía abrir del todo los ojos, aún colocándose la mano en la frente a modo de visera– Les comprendo. No tiene uno todos los días la oportunidad de descansar bajo el sol del Mediterráneo.
– ¡Oh, es usted inglesa!– la mujer cambió su francés por inglés– ¡Qué estupendo! Mi marido es francés, pero yo soy británica. A veces creo que de tanto hablar francés, se me va a olvidar mi lengua materna. Intento viajar al menos una vez al año a Londres para permanecer en contacto con mi familia y las costumbres inglesas. Mi época favorita es la de las debutantes. ¡Es tan emocionante ver a esas jovencitas! Bailando con esos vestidos que parecen nubes, con esos caballeros tan atractivos. ¡Ay, quién pudiera volver a ser una jovencita! Bailar toda la noche hasta que te duelan los pies, las citas secretas en los balcones, las miradas furtivas. Aunque te hagas vieja, te acuerdas de esas cosas, de las emociones de cuando se era joven. ¿Usted es una debutante? Mi marido, al que conocí en uno de esos eventos, ya no puede bailar. Es por su cadera, ¿sabe? En cuando da tres pasos, ya le duele. Tal vez esta noche en la fiesta bailemos un poco. ¿Qué crees Alfred? ¿Podrás bailar esta noche?
La mujer, que se había presentado como Madame Rigaud hablaba sin parar, intercambiando el francés con el inglés con una facilidad asombrosa. Tal era la velocidad con la que pasa de un tema a otro, que Desdemona fue incapaz de responder a sus preguntas, al igual que el marido, que parecía haberse resignado a la arrolladora personalidad de su esposa, y se limitaba a escuchar. O eso parecía, porque a lo mejor el hombre tenía la mente en otros temas. ¿Cómo podía una sola persona hablar durante tanto tiempo sin que nadie interviniese y que la conversación pareciese un diálogo y no un monólogo? Esa mujer tenía un don. Cuando se dio cuenta, la mujer la miraba fijamente, como esperando una respuesta. Había dejado divagar tanto a su mente, que había perdido el hilo de la conversación.
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LA PUREZA
Historical FictionLa joven Desdemona Russell tiene una sola pasión: la arqueología. ¿Quién iba a decirle que su pasión la llevaría a buscar un tesoro perdido en medio de un desierto? Lo que Desdemona desconoce es que cuanto más se acerca a su objetivo, mayor es el pe...