Grecia parecía una adolescente común, pero nada podría estar más lejos de la realidad. Entre agresiones que la marcan, secretos que la persiguen y el frío distante de su propia familia, su último año de instituto se convierte en un torbellino de emo...
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Eran las once de la mañana y yo todavía seguía acostada. Algo rarísimo en mí... nótese el sarcasmo.
Como siempre, no tenía ganas de enfrentarme a esa realidad llamada "ir a estudiar". Entraba a las doce, no tenía demasiado tiempo, y aun así me quedé mirando el techo, intentando convencerme de que hoy sería un buen día.
Pero ¿a quién intento engañar? No lo sería.
Mi vida está llena de dramas, sí, pero no de esos que parecen sacados de una novela juvenil. Leí una hace un tiempo: la protagonista odiaba al chico popular que la molestaba, y capítulos más tarde terminaban enamorados. El típico enemigo que resulta ser el amor de su vida. Algo así como que, de pronto, el insoportable del curso se convierte en una versión latina de Harry Styles.
Eso no pasa en mi vida.
Ojalá pasara.
Tampoco se me caen los libros en el pasillo para que el amor de mi vida me ayude a recogerlos. Nada de escenas románticas en cámara lenta. Lo mío es más... caótico.
La razón por la que digo que será un mal día es simple: yo soy mi propio problema.
Vamos a enumerarlo, así queda más claro.
Uno. Tengo depresión desde hace años. Eso me impide muchas cosas, entre ellas ser feliz o, al menos, sentirme ligera. Gran parte tiene que ver con mi pasado. A veces pienso que nací así. Otras veces creo que simplemente algo en mí se rompió y nunca volvió a encajar.
Dos. Tengo problemas para hacer amigos. Siempre arruino algo. No sé cómo, pero lo hago. Tengo dos amigas —milagrosamente— y todavía no entiendo cómo logré que se quedaran.
—¡Oh no!
Miré el reloj.
Doce y media.
Genial.
Por perderme en mis pensamientos llegaba tarde. Otra vez.
Corrí por las calles como si eso pudiera arreglar algo. La gente me miraba pasar y yo solo pensaba: ¿nunca llegaron tarde a ningún lado o qué?
Al llegar al instituto me encontré con el profesor de Lengua. Sebastián.
Sí, voy a describirlo porque es necesario para la trama —o para mi estabilidad emocional—. Piel clara, ojos verdes, estatura media, cuerpo cuidado. No debe tener más de treinta y tres años.
Al verme, se acercó.
—¡Grecia! ¿Qué haces por aquí?
—Eh... vengo a clases. Es decir, tengo clases, profesor.
Sonrió. Yo probablemente también, pero en versión torpe.
—Siempre distraída, ¿no?
Algo en su tono me hizo sospechar.
—¿Por qué lo dice?
Miró su reloj.
—Tus compañeros se fueron hace treinta minutos. Al paseo.
Silencio.
—¡Carajo! Perdón... gracias por avisarme.
—Nos vemos, Grecia.
Y ahí se fue. Mi futuro esposo imaginario.
Mientras lo veía alejarse, solo podía pensar: ¿cómo me olvidé que hoy era el paseo? ¿No era el quince?
Saqué el celular.
Sí. Era quince.
No tengo idea de en qué día vivo.
Ser distraída es casi un talento. A veces ni siquiera escucho a mis amigas cuando hablan. No lo hago a propósito, simplemente mi mente se desconecta.
Me fui a la biblioteca, mi lugar seguro dentro del instituto. Le escribí a Aldana:
"Me olvidé completamente del paseo. Intentá sobrevivir sin mí."
Su respuesta llegó al instante.
"Lo sabía. Cuando llegué tuve una visión: 'No va a venir. Es Grecia, seguro se olvidó y está roncando'. Y no, ¡no puedo sobrevivir sin ti! Te necesito como el aire. Vuelveeeee."
Siempre tan dramática.
Le contesté y luego me quedé pensando en todo y en nada al mismo tiempo. Es difícil de explicar.
No podía volver a casa tan temprano. Mamá se enojaría. Últimamente olvido muchas cosas y eso no le causa ninguna gracia. Siempre encuentra la manera de recordarme lo inútil que puedo llegar a ser.
Solté una pequeña carcajada.
Qué graciosa, Grecia.
No, no da risa.
Salí del instituto y caminé hasta un parque cercano. Me senté en una banca y me quedé mirando al vacío durante varios minutos.
Entonces la vi.
Una chica, quizás dos años menor que yo. Reía, saltaba, parecía no tener peso encima. En un momento notó que la observaba. Sonrió, un poco avergonzada, y siguió jugando.
Sentí algo extraño.
Nostalgia.
Yo era así.
Alegre. Optimista. Con autoestima. Antes todo parecía más sencillo.
Pero la vida no siempre avisa cuando va a cambiarte. A veces llegan las críticas, las humillaciones, las culpas injustas... y algo se apaga.
Creo que todos tenemos un interruptor con tres posiciones.
La primera es felicidad.
La segunda, equilibrio.
La tercera, soledad y tristeza.
La mayoría vive en el medio. Yo también estaba ahí.
Hasta que un día mi interruptor se quedó atascado en la tercera opción.
Y nunca volvió a moverse.
Sé que deben preguntarse qué pasó. Por qué soy así.
Pero todavía no puedo contarlo.
No estoy lista para verlo escrito y tener que leerlo después. Bastante tengo con pensarlo cada día.
Pregunto cosas como si alguien fuera a responderme. Parezco Dora la Exploradora hablando sola frente a la cámara.
Pero no.
Aún no es el momento.
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