Grecia parecía una adolescente común, pero nada podría estar más lejos de la realidad. Entre agresiones que la marcan, secretos que la persiguen y el frío distante de su propia familia, su último año de instituto se convierte en un torbellino de emo...
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Era el día de la fiesta de graduación. Los chicos me habían regalado un hermoso vestido rojo para la ocasión. Al principio me había negado a usarlo, no me sentía lista, pero después de tanta insistencia de su parte, terminé cediendo. Ahora me encontraba en casa, con mis padres curiosamente ambos presentes. Todavía era temprano, pero sabía que tardaría en arreglarme, así que decidí comenzar con un baño largo y relajante. Llené la tina con agua tibia, perfumada, y me sumergí. Sentí cómo el calor del agua acariciaba mi piel y poco a poco se llevaba el cansancio, los miedos, los recuerdos que aún pesaban en mi pecho. Cerré los ojos y respiré profundo, permitiéndome por primera vez en mucho tiempo relajarme de verdad.
Cuando salí de la tina, envuelta en una toalla, me dirigí a mi cuarto. Me puse ropa cómoda para comenzar a secarme el cabello, disfrutando del calor del secador y de la sensación de cada mechón recuperando su forma. Entonces, mamá tocó la puerta.
—¿Puedo ayudarte? —preguntó, un poco tímida.
Asentí con una sonrisa, entregándole el permiso tácito. Sus manos se movían con delicadeza sobre mi cabello, levantando y peinando cada mechón rebelde. Cuando terminó, hizo un recogido elegante y discreto, y luego me aplicó un maquillaje suave, con tonos claros que resaltaban mis ojos y mi sonrisa. Me miré al espejo y me sorprendí de lo hermosa que me veía. Nunca había pensado que mamá tuviera estas cualidades, esta paciencia, este gusto por los detalles. Solo pude susurrarle:
—Gracias... mil veces gracias.
Ella sonrió y se marchó para darme privacidad, y allí estaba yo, frente al espejo, con un vestido rojo colgando de su bolsa correspondiente. Lo saqué con cuidado y lo estudié, maravillada por cada detalle. Era rojo opaco, ajustado a la cintura, con una falda amplia que se movía con gracia. La parte superior tenía un escote tipo corazón y mangas que caían suavemente por debajo de los hombros. Sabía que no podía esperar más: era hora de vestirme.
Me coloqué el vestido, me puse unos tacones plateados que hacían que mis piernas se vieran largas y elegantes, y me miré de nuevo al espejo. Me vi hermosa. Realmente hermosa. Una mezcla de nervios y felicidad me recorrió por completo.
Cuando salí de mi cuarto, mis padres me esperaban. Sus ojos brillaban y sus sonrisas eran cálidas. Mamá no pudo contener un par de lágrimas, y papá rápidamente sacó la cámara para tomar fotos. Me fotografiaron de todas las formas posibles: sola, con ellos, con risas y abrazos. Cada disparo me hacía sentir más segura, más lista para enfrentar la noche que se avecinaba.
No mucho después, escuchamos tocar la puerta. Papá fue a abrir, y entraron los chicos, llenos de energía, con sonrisas amplias y ojos brillantes.
—Wow, sabía que te quedaría perfecto... te ves increíble —dijo Tristan, haciendo que girara para mostrar el vestido completo.
—Gracias, Tris... tú también te ves genial —respondí, divertida.
—Concuerdo con el tonto de Tristan, te ves fabulosa —añadió Luke, chiflando ligeramente y arrancándome una sonrisa.
Me acerqué a ellos y los abracé, besando sus mejillas. Me sentí arropada, segura. Nos tomamos varias fotos antes de salir hacia el baile, riendo y bromeando mientras nos subíamos a la camioneta.
Al llegar, los chicos se colocaron a los lados de la puerta, con una precisión que me hizo reír. Patrick estaba frente a mí, y cuando nuestros ojos se cruzaron, corrí hacia él, abrazándolo con fuerza. Su sonrisa iluminó todo mi mundo en ese instante.
—Te ves perfecta... eres perfecta —susurró, y sentí que mis mejillas ardían por la emoción.
—Tú te ves increíble también —bromeé, tratando de devolverle la dulzura que me transmitía.
—Si... eres la chica más importante de mi vida —dijo, y no pude evitar sonreír y abrazarlo más fuerte.
Nos besamos, un beso lento, lleno de promesas y de todo lo que habíamos pasado juntos. Luego, tomé su brazo y nos adentramos en el salón, donde la música y las luces nos envolvían.
Bailamos, reímos, hablamos y nos movimos entre nuestros amigos. Cada canción, cada mirada, cada abrazo me recordaba que había sobrevivido, que había vencido los miedos y que estaba lista para ser feliz. Era un renacer, un momento que había esperado sin siquiera saberlo.
Porque la vida me había quitado lo que más amaba, pero me había dado nuevos motivos para seguir adelante. Y allí, rodeada de mis amigos, de Patrick, de mi familia, supe que había llegado el momento de decidir ser feliz, de vivir sin miedo y con el corazón completamente abierto.
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