Grecia parecía una adolescente común, pero nada podría estar más lejos de la realidad. Entre agresiones que la marcan, secretos que la persiguen y el frío distante de su propia familia, su último año de instituto se convierte en un torbellino de emo...
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—Mira —comenzó Patrick, con la voz baja pero firme, sus manos temblando apenas de contener la preocupación—, con los chicos hemos estado reuniendo todo tipo de pruebas contra Alexandra y los malditos que te hicieron eso en la fiesta. Tenemos las cintas de video que la muestran colocando los afiches, también tenemos los propios afiches como evidencia física, y un montón de fotos de la fiesta... todo documentado. Podríamos usarlas, Grecia, podríamos llevarlos a juicio, hacer que paguen por cada segundo de lo que sufriste. —Se le quebraba la voz—. Haremos que sientan, aunque sea una mínima parte, del daño que causaron.
Yo lo miraba, temblando, sintiendo que mi garganta se me cerraba, que el nudo en el pecho me iba a reventar en cualquier momento. —No puedo volver a verles la cara —susurré—, no luego de todo lo que me hicieron pasar...
—Lo sé —dijo, dando un paso más cerca, sosteniéndome los hombros con fuerza—. Por eso estamos aquí, para que no tengas que verlos nunca más. Para que nadie más te haga daño.
Mi corazón latía desbocado y las palabras no me salían. Estaba en un caos absoluto, caminando de un lado a otro, negando con la cabeza, gritando sin emitir sonido, como si mi cuerpo quisiera liberar todo lo que la mente no podía procesar.
—Grecia... —Patrick tomó mi rostro entre sus manos, obligándome a mirarlo a los ojos—, para, por favor. Basta.
Su mirada era intensa, cargada de determinación y ternura al mismo tiempo. Había tanta fuerza en él que, aunque todavía temía lo que estaba por venir, algo dentro de mí empezó a calmarse.
—Todo estará bien, nada saldrá mal. Debes confiar en mí, nadie te hará daño. Yo y los chicos te protegeremos. Estaremos contigo en cada paso, en cada momento del proceso. —Su voz se quebraba solo un poco, pero había un hilo de hierro detrás de cada palabra—. Tienes que vivir sin miedo. No puedes permitir que estas personas te quiten tu libertad, tu paz, tu vida. Esto es ese algo que cambiará todo.
—¡Pero no entiendes! —exclamé, con el corazón al borde de estallar—. Esto pasó hace meses... ¡podrían decir que yo... yo me dejé! Y ella... ella me va a querer matar después de todo esto.
Patrick respiró hondo y me miró como si intentara grabar cada uno de mis rasgos en su memoria antes de responder.
—No será así. Tom es el mejor abogado del país. No hay caso que haya perdido, ni uno solo. Además, siempre tiene un as bajo la manga. Podremos probar que Alexandra te tenía amenazada, que estabas en peligro, que necesitabas hablar. Yo también hablaré, contaré lo que sé de ella, de lo que es capaz. Luke y Tristan también estarán ahí. No habrá dudas, Grecia. Estarás protegida.
Sentí cómo la ansiedad empezaba a ceder, aunque el miedo todavía me apretaba el pecho. Me alejé un momento, fui a prepararme un café para poder pensar, organizar mis ideas, hacer un balance mental de lo que nos esperaba. Cada sorbo era un intento de calmarme, de ordenar la marea de emociones que me embargaba.
Cuando terminé, respiré hondo y dije:
—Bien, acepto... hay que hacerlo. No quiero seguir viviendo con miedo. No más.
Patrick asintió, y por un instante, el mundo pareció estabilizarse, aunque sabíamos que lo que venía no sería fácil. Nos quedamos un rato más hablando de lo que podría suceder en los próximos días, de cómo reaccionaríamos, de la fuerza que necesitaríamos, hasta que él tuvo que marcharse.
Ahora era mi turno de hablar con mamá. Tenía que decirle todo, porque ya era mayor y podía afrontar esto, pero necesitaba que ella supiera, que estuviera conmigo. Golpeé la puerta de su cuarto con la fuerza de quien teme y espera al mismo tiempo, y luego entré. Me senté al borde de la cama, mirando su rostro, sintiendo que cada palabra sería un cuchillo y a la vez una liberación.
—Mamá... —empecé, con la voz temblando—. Tengo que decirte algo.
Ella me miró, intentando descifrar qué pasaba por mi cabeza, y yo respiré hondo antes de comenzar a narrarle todo. Cada detalle de lo que los chicos me hicieron en esa fiesta, cada abuso, cada humillación. No pude contener las lágrimas; los sollozos salían libres, mezclándose con la rabia, el miedo y la vergüenza que había acumulado durante meses.
Cuando terminé, contándole también todo el plan que Patrick y los chicos habían preparado, la vi desmoronarse. Su cuerpo temblaba, su respiración se entrecortaba y sus ojos se llenaron de lágrimas. La abracé con todas mis fuerzas, sintiendo cómo su dolor se unía al mío y cómo, al mismo tiempo, comenzaba a transformarse en un pacto silencioso de protección y amor.
—Soy una madre terrible —sollozó—, ¿cómo no me di cuenta de nada? Cuando faltaste días al instituto, cuando apenas probabas bocado... yo...
—Ya pasó —la interrumpí suavemente—. Ahora necesito que estés a mi lado. Necesito tu apoyo, solo eso. Una mirada que diga "todo estará bien".
Esa noche, dormí con ella como cuando era pequeña. La calidez de su abrazo me llenaba, me recomponía. Cada pedazo roto de mí, cada miedo, cada recuerdo doloroso, parecía encajar lentamente en su lugar. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que estaba completa, que no estaba sola, y que, con Patrick y mi madre a mi lado, finalmente podría empezar a enfrentar todo lo que había quedado pendiente.
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