Grecia parecía una adolescente común, pero nada podría estar más lejos de la realidad. Entre agresiones que la marcan, secretos que la persiguen y el frío distante de su propia familia, su último año de instituto se convierte en un torbellino de emo...
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Creo que fue un martes de abril del año pasado. No estoy completamente segura de la fecha, pero recuerdo la luz entrando por las ventanas del pasillo y el frío leve que se colaba por las escaleras del segundo piso. Me gustaba sentarme allí porque casi nadie lo hacía; era un lugar intermedio, ni completamente escondido ni del todo visible. Perfecto para existir sin que te noten demasiado.
Estaba leyendo Leyenda de un amor pasado cuando lo vi pasar frente a mí. No fue una entrada dramática, no hubo música ni cámara lenta. Simplemente pasó. Pero algo me hizo levantar la vista.
Rubio. Alto. Atlético. De esos chicos que parecen hechos para ser protagonistas de algo. No del tipo que se detiene a hablar con alguien sentada sola leyendo en una escalera.
Se me quedó mirando.
Y sonrió.
No fue una sonrisa burlona. No fue condescendiente. Fue... abierta.
Se acercó con una naturalidad que me descolocó.
—Hola bonita, soy Patrick ¿tú?
Por un segundo dudé si realmente me estaba hablando a mí. Cerré el libro despacio, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper el momento.
—Hola, soy Grecia, un gusto.
Le sonreí. No sé de dónde salió esa seguridad repentina. Quizá de la sorpresa.
—¿Qué estás leyendo?
Le mostré la portada.
—Leyenda de un amor pasado.
—Oh... nunca lo leí, pero interesante supongo —rió.
Su risa no tenía filo. No había doble intención escondida. Era ligera. Y eso me desarmó.
Seguimos hablando. De libros, de profesores insoportables, de lo aburridas que podían ser algunas clases. Nada profundo, nada trascendental. Pero él me miraba cuando yo hablaba. Me hacía preguntas. Esperaba mis respuestas.
Y esa simple atención se sintió como algo enorme.
En algún punto sentí ese cosquilleo incómodo en la espalda. Esa sensación de estar siendo observada. No con curiosidad, sino con algo más pesado.
Levanté la vista y la encontré.
Alexandra.
Apoyada en la baranda del piso inferior. Brazos cruzados. Mirándonos como si lo que estaba viendo fuera una traición personal.
Su mirada no era solo enojo. Era posesión.
—Patrick... —murmuré—, ¿por qué Alexandra nos mira así?
Él siguió la dirección de mi mirada y suspiró.
—Es mi ex novia.
La palabra ex quedó flotando un segundo en el aire.
—Y no le gusta que me acerque a nadie. Aunque tú... bueno, tú no le caes nada bien.
Lo miré con una mezcla de confusión y risa nerviosa.
—¿Cómo sabe que no le caigo bien si tú ni siquiera me conocías?
Se encogió de hombros.
—No te conocía. Pero ella me habló de una tal Grecia. Cuando dijiste tu nombre... todo encajó.
Sentí algo apretarse en mi pecho.
No era nuevo que Alexandra me odiara. Siempre había existido esa tensión inexplicable. Pero en ese momento entendí que no era solo una cuestión de popularidad o jerarquías invisibles.
Era él.
Él siguió hablando conmigo como si nada. Como si la mirada incendiaria no existiera. Y sin quererlo, eso fue suficiente para que el odio tuviera un motivo claro.
Antes de irse, sacó su celular.
—Me tengo que ir. Fue un gusto, Grecia.
—Igualmente.
—Toma mi número. Si quieres, escríbeme.
Anoté los números en la última página de mi libro, justo debajo de una frase subrayada que hablaba de amores imposibles. Me pareció irónico.
Cuando levanté la vista, Alexandra seguía allí. No disimulaba. No apartaba la mirada. Si las miradas mataran, yo habría caído por esas mismas escaleras.
Patrick se fue sin notar del todo la guerra silenciosa que acababa de iniciar. O quizá sí lo notó y eligió ignorarla.
Nunca le escribí.
Nunca volvió a acercarse después de ese día.
Al poco tiempo dejó de aparecer en el instituto. No sé si se cambió o si simplemente desapareció como desaparecen algunas cosas buenas antes de que puedas acostumbrarte a ellas.
Siempre quise creer que era un buen chico. Porque nunca se burló de mí. Nunca lo vi reírse cuando los demás lo hacían. Nunca participó en nada.
Pero tampoco se quedó.
Y en este lugar, irse a veces es otra forma de abandono.
Alexandra me odia por eso. No porque yo hiciera algo concreto. No porque yo buscara su atención.
Sino porque, durante unos minutos en una escalera cualquiera, alguien que ella consideraba suyo me miró como si yo fuera suficiente.
Y en su mundo, eso es imperdonable.
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