Grecia parecía una adolescente común, pero nada podría estar más lejos de la realidad. Entre agresiones que la marcan, secretos que la persiguen y el frío distante de su propia familia, su último año de instituto se convierte en un torbellino de emo...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Hace unos años tenía un amigo. Aunque llamarlo amigo se queda corto. Era mi hermano elegido, mi refugio, la persona a la que acudía sin pensarlo cuando el mundo se volvía demasiado ruidoso. Se llamaba Dereck.
Nos conocimos de una manera casi absurda. Yo tenía trece años y caminaba distraída por el shopping cuando, en la entrada, choqué con alguien. Al levantar la vista me encontré con un chico de estatura media alta, tez clara y ojos marrones que parecían tan sorprendidos como yo. Murmuramos un "lo siento" casi al mismo tiempo y cada uno siguió su camino.
Pensé que la historia terminaba ahí.
Pero esa misma tarde, al entrar a la sala del cine, volví a chocar con alguien. Esta vez no pude evitar sonreír cuando reconocí los mismos ojos marrones. Bromeé preguntándole si me estaba acosando. Él respondió con una risa ligera y un "sí, ¿cómo lo notaste?" que todavía puedo escuchar si cierro los ojos.
Después de la función me invitó a tomar un café. Acepté sin medir demasiado las consecuencias. Fue ahí cuando supe su nombre, su edad, sus gustos. Él tenía dieciséis; yo trece. La diferencia parecía grande en números, pero entre nosotros nunca se sintió así. Conectamos de una forma que no puedo explicar sin que suene exagerada.
Desde ese día nos volvimos inseparables.
No fue algo impulsivo ni dramático. Fue lento. Natural. Empezamos hablando de cosas simples y terminamos contándonos miedos que no le decíamos a nadie más. Dereck me escuchaba de verdad. No me interrumpía. No minimizaba lo que sentía. No me trataba como una niña frágil.
Con él yo era suficiente.
No pensaba hablar de él. No porque no lo ame —lo amo con todo lo que me queda—, sino porque recordarlo me desarma. Pensarlo ya duele; escribirlo duele el doble.
Dereck era mi todo. No en el sentido romántico que muchos imaginarían, sino en ese amor limpio y profundo que se tiene por alguien que se vuelve familia sin compartir sangre. Fue el hermano que necesitaba cuando más sola me sentía.
La vida me lo puso en el camino, me permitió ser feliz por un tiempo... y yo lo arruiné para siempre.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.